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Edición 628

Imaginario colectivo

Versículos, versos y voracidades

En el libro La Biblia en el Quijote el marroquí Juan Manuel Monroy busca motivar al lector al presentarle diferentes episodios de la obra de Cervantes relacionados, explícita e implícitamente, con distintos versículos de la Biblia; esta obra condensa lo que bien puede dar pie a paralelismos exhaustivos y polémicos entre un texto y el otro

Renata Chapa
Twitter: @RenataChapa
Email: centrosimago@yahoo.com.mx

Cuando falleció el polémico cantautor mexicano —aquel oriundo de Michoacán, pero formado en Ciudad Juárez, Chihuahua—, Alberto Aguilera Valadez, muchos concluyeron que, en nuestro país, tres eran las canciones que «todo mexicano» sabía entonar: el Himno Nacional, Las Mañanitas y cualquiera de Juan Gabriel.

Un tanto en juego, y un mucho en serio, la lógica detrás de la aceptación del «Divo de Juárez» se debe a una mezcla estratégica de versos y música de fácil comprensión y anclaje en las fibras sensibles a la primera. «Juanga» era un mago para la construcción de estrofas y tonos cómodos. Letras de amor y desamor memorizables y, desde la perspectiva de la cultura de masas, memorables. Son millones de gargantas las que avalan lo aquí sentenciado. Usted que aquí me lee lo puede valorar. Porque, ¿qué mexicano no sabría completar versos como «Tú eres la tristeza de mis ojos… que lloran en silencio por tu amor? ¿O «Si nosotros nos hubiéramos casado… aquel día en que yo te lo propuse»? ¿Y qué tal «Todas las mañanas entra por mi ventana el señor sol… Doy gracias a Dios por otro día más»?

Toda proporción guardada, y ya que ha aparecido el tema espiritual en la mención juangabrielina de «Dios» —como igualmente sucede en otros puños de versos cantados por José Alfredo, Negrete, Infante, Solís como en los recién fallecidos Camilo Sesto y José José— aquí cabe una atrevida comparación.

Si de la música migramos al ámbito de la literatura, de los libros, de la lectura, no discreparíamos al considerar que la Biblia y el Quijote son los dos títulos más posicionados, como dicen los mercadólogos, en el planeta. Transcurren los siglos, giran los continentes, y la sola mención de la Biblia y el Quijote evocan lo magnánimo, lo ejemplar. Y, por tanto, también, un particular estatus. De distintas maneras, de diferentes características, pero un estatus, al fin. Y estatus es poder, aun y cuando ni la Biblia ni el Quijote hayan sido leídas por quien las menciona con aire de mayor o menor suficiencia.

Juan Manuel Monroy es el autor del libro La Biblia en el Quijote. Nació en Rabat, Marruecos, de padre francés y madre española. Es periodista y escritor. Doctor Honoris Causa por el Defenders Theological Seminary de Puerto Rico, por la Universidad Pepperdine de Los Ángeles, California, y por la Universidad de Abilene, en Texas. En mayo del 2012 la misma Universidad de California le entregó ante tres mil personas una placa como reconocimiento a 50 años de intensa labor literaria. Ha fundado y dirigido cinco publicaciones, ha escrito 57 libros y más de tres mil 500 artículos. Ha sido conferenciante en universidades y centros culturales en más de treinta países de América Latina, Europa y en 36 estados de la Unión Norteamericana. Ha viajado por 83 países y publicado tres libros de viajes. Monroy figura en la tercera edición del anuario Quien es quién en las Letras Españolas del Instituto Nacional del Libro Español y en el Who´s who in Western Europe, de la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Habla francés, inglés, árabe y español.

En La Biblia en el Quijote el doctor Monroy busca motivar al lector al presentarle diferentes episodios de la obra de Cervantes relacionados, explícita e implícitamente, con distintos versículos de la Biblia. La tarea hermenéutica, en este sentido, revela la inspiración cristiana que sostiene al clásico de clásicos en la literatura mundial. A lo largo de seis capítulos y 220 páginas, el investigador marroquí condensa lo que bien puede dar pie a paralelismos exhaustivos y polémicos entre un texto y el otro. Leer el trabajo analítico en La Biblia en el Quijote pudiera ser un primer acercamiento para aquellos que ni uno ni otro libros figuran en sus experiencias lectoras, pero sí, quizá, en sus referentes verbales para presentarse como conocedores religiosos, como conocedores literarios e intentar ser congruentes.

Es cierto que parecen alejadísimos e inalcanzables los contextos históricos en los que fueron escritos ambos libros. Es cierto que un lector asiduo al «Face» o al «Twitter» o al «Instagram» del ya casi bienvenido 2020 muy probablemente ni siquiera reparará en darle un vistazo a sendas obras. Sin embargo, la labor de Juan Manuel Monroy en 2005, año en que fue editado La Biblia en el Quijote, es la de traducir algunas de las más significativas relaciones entre los contenidos de los tan famosos libros, pero cada vez menos visitados.

De frente al desolador estado de analfabetismo funcional en nuestro país. De frente a las violencias cada vez más diseminadas. De frente al extravío espiritual personal y colectivo. De frente al cada vez más anquilosado ejercicio analítico-crítico propositivo nuestro. De frente al obtuso autoritarismo. De frente a la Ley del menor esfuerzo. Así, de frente, con valentía, ¿por qué no revisitar los contenidos «misteriosos» de la Biblia y del Quijote? No se necesita tener frente demasiado amplia para corroborar que las bondades de ambos textos siguen siendo diamante para unos cuantos y un mero referente hueco para las mayorías. Juan Antonio Monroy tiende su mano a la nuestra para invitarnos a recorrer un camino alternativo a través de versículos de la Biblia y de versos del Quijote en medio de las tantas voracidades que nos caracterizan.

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