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Edición 626

Patrimonio

Artimañas para apropiarse del arte

actualmente casi en cualquier ámbito, pero sobre todo en el arte, permanentemente aparecen referencias étnico-culturales en la obra de creativos que intentan hacerlas pasar como innovación, como reinterpretación o, en el mejor de los casos, como homenaje, discursos a través de los cuales intentan justificar lo que se ha dado en llamar «apropiación cultural»

Javier Mariscal

En los cimientos del patrimonio de las comunidades originarias, al margen de lo inmaterial como pueden ser el lenguaje, la música y la danza, las prácticas tradicionales de su día a día y sus festividades llevadas al plano material de las artesanías son elementos que las definen y arraigan su cariz cultural al pasado que las engendró, pero que también las vincula al presente que aún las moldea y las hace evolucionar.

Incluso hoy en día, bajo términos de la globalización, en la mentalidad de cualquiera con al menos un poco de consciencia cultural, las palabras maya, huichol, inca, apache suelen remitir a imágenes de personas con cierta indumentaria, o a paisajes y hasta entornos habitacionales; imágenes que son consideradas expresión viva de un pueblo. Frente a ello, si bien no hay duda de que el arte es inspiración que se nutre de la influencia de otros, la frontera de la imitación puede ser tan delgada que no es difícil rebasar el límite y caer en plagio.

Aprovechar la posibilidad del escudriño vía internet para «descubrir» y observar a colectivos étnicos y tradiciones de las que «nadie» tiene referencia, o que de las fotos de viaje del verano podemos «tomar» directamente lo retratado y transferirlo después de un supuesto proceso creativo a obra personal ya topa con el muro de los derechos de autor, y eso varios artistas y consorcios internacionales lo han comprobado. Aun así, actualmente casi en cualquier ámbito, pero sobre todo en el arte, permanentemente aparecen referencias étnico-culturales en la obra de creativos que intentan hacerlas pasar como innovación, como reinterpretación o, en el mejor de los casos, como homenaje, discursos a través de los cuales intentan justificar lo que se ha dado en llamar «apropiación cultural».

Uno de los ejemplos más claros de eso se ha manifestado en la industria textil, situación que literalmente «tensa el hilo» de los intereses socioculturales. Entre los referentes más cercanos que han sido foco de atención mediática se encuentra, por ejemplo, una colección de ropa en la que la diseñadora Carolina Herrera utilizó la colorimetría y diseños típicos del sarape de Saltillo.

Del mismo modo sucedió cuando la diseñadora francesa Isabel Marant plagió el patrón de blusas y bordados de la comunidad mixe Santa María Tlahuitoltepec, ubicado en la sierra norte de Oaxaca, y otro caso es el de la juguetera trasnacional Mattel, la cual ha presentado un modelo de su ultrafamosa muñeca Barbie con maquillaje y atuendo de la tradicional «catrina» mexicana.

El reclamo social apunta hacia el hecho de que los multimillonarios consorcios se están apropiando y lucran con obra de ancestral reconocimiento sin que sus creadores originales reciban beneficio alguno, ni siquiera el crédito de la autoría, puesto que no se les menciona como tal cuando dichos productos son presentados al mercado global.

De acuerdo con la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Inmaterial Cultural de la Humanidad de la Unesco, celebrado en octubre de 2003: «todo patrimonio que entre en la categoría de lo inmaterial, prácticas y expresiones vivas —rituales, tradiciones orales, festividades, artes escénicas o técnicas aplicadas a artesanías tradicionales— que resultan universalmente reconocibles de una comunidad concreta y definen su identidad quedan protegidos».

Para acotar aún más dicha salvaguarda, en el artículo 31 de la Declaración de Derechos de los Pueblos Indígenas de la ONU de 2007 se recogió el derecho a «mantener, controlar, proteger y desarrollar la propiedad intelectual de su patrimonio cultural, sus conocimientos tradicionales y sus expresiones culturales tradicionales». Por lo tanto, el artículo obliga necesariamente a que estos derechos de autor tengan como mínimo una consulta y consentimiento por parte de los grupos o colectivos implicados, además de que ambas partes, industria y comunidades, compartan beneficios.

Actualmente, como consumidores estamos cada vez más informados de la procedencia de los productos que consumimos y adquirimos en el mercado, de modo que podemos ejercer nuestro poder sobre las empresas productoras eligiendo y adquiriendo bienes y servicios que han seguido todas las garantías, como los productos de Comercio Justo, en cuanto al reconocimiento de las comunidades de origen y sus condiciones laborales y salariales, la ausencia de explotación infantil, la igualdad entre hombres y mujeres y el respeto al medio ambiente.

En la batalla de la apropiación cultural habrá quienes defiendan que el arte y su inspiración encuentra legitimidad en basarse sin problemas en otras corrientes, y que ejercerlo así ayuda a darle difusión a un elemento muestra «elevándolo hacia su trascendencia», pero eso no debe confundirse al grado de saltar hacia la usurpación o sacar de contexto la identidad de las comunidades.

Al final, el hecho es que el mundo posee un rico y diverso patrimonio que se debe cuidar y respetar para preservarlo como legado histórico y cultural de civilizaciones aún existentes o ya perdidas, a las cuales una manera de mostrarles respeto y enaltecer su dignidad es retribuirles monetaria o con real reconocimiento su calidad artística. E4

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