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Edición 624

Aniversario

El olvidado pueblo tlaxcalteca

Fue el 13 de septiembre 1591 cuando un grupo de indígenas que vinieron para defender a los españoles y ayudar en la domesticación de los chichimecas, se establecería a un costado de la villa del Saltillo

Javier Mariscal

Víctimas del acoso de los «terribles» indios del entorno, las familias de colonos españoles que fundaron la Villa de Santiago del Saltillo (1577) estuvieron, en varios momentos, a punto de abandonar la zona. Como última estrategia para sostener el asentamiento, fue desde la oficina del virrey Luis de Velasco que se planea la fundación de un poblado de indios tlaxcaltecas a un costado de Saltillo, hecho que se consuma el 13 de septiembre de 1591, hace 428 años. El militar a cargo de esta fundación fue Francisco de Urdiñola.

Por catorce años, los ataques indios y las respuestas españolas a éstos se sucedieron casi de forma ininterrumpida contra los llamados chichimecas. Fueron años en los que la política virreinal se orientó a la lucha frontal con miras a someter a los nativos.

Al final, de cara a ello, básicamente la misión de los tlaxcaltecas en esta zona fue, por un lado, servir de «escudo» al ayudar a los españoles a defenderse contra esos bárbaros; por otro, servir de ejemplo para que los nativos —que acostumbraban a vivir como nómadas— vieran cómo era posible cultivar la tierra y las ventajas que ofrecía la vida sedentaria con menos penurias.

En las concesiones que el virrey hizo a los tlaxcaltecas incluyó mercedes y «privilegios de conquistador español».

Por su rectitud, diligencia y habilidades, fue a Urdiñola a quien se le encomendó organizar la fundación. Fue él quien redistribuyó manantiales y repartió tierras para configurar la fundadación del que sería San Esteban de la Nueva Tlaxcala, pueblo de indios tlaxcaltecas que vinieron a reforzar a la precaria villa de Santiago del Saltillo, donde vivían solo españoles. La actual calle Allende era antiguamente la frontera entre ambas comunidades.

Fue la estrategia de avecindar indios tlaxcaltecas con villas de españoles la que dio paso en la Nueva España a una segunda etapa en la guerra de conquista y colonización norteña.

No obstante, el interés prioritario era fortalecer la presencia española como grupo étnico y social, el cual no dejó de desarrollar cotos de poder a través de la consolidación de proyectos familiares —apellidos— para seguir apoderándose de tierras y aguas, formando haciendas, algunas de las cuales se convirtieron en poblados y dejaron edificaciones que incluso hoy en día se localizan en el entorno.

En un principio el centro de la villa del Saltillo fue así, circundado por cascos de haciendas, ranchos, labores y estancias, con las cuales se llegó a conformar un gran número de pequeñas propiedades productoras de trigo, maíz, verduras y una gran variedad de frutas para el mercado pues, según observadores de la época, la presencia de cientos de ojos de agua en la región, y algunas de las propiedades más grandes con represas y canales de riego fortalecieron la agricultura.

No obstante, aunque al final la estrategia logró el cometido de someter a los chichimecas, las que en un principio llegaron a ser grandes entidades agrícolas y ganaderas, con molino y textileras, para la segunda mitad del siglo XVIII ya se habían dispersado a través de herencias o ventas, lo cual dio origen a una proliferación de propiedades de menores dimensiones.

Desagradecidos españoles

De acuerdo con lo que narra el historiador Rodolfo Esparza Cárdenas, para el caso del Pueblo de San Esteban, su dependencia jurídica y política del Reino de la Nueva España, de la Audiencia de México —y cuando así les convino, de la Audiencia de Guadalajara— y del propio virrey, fue generalmente efectivo para evitar o mediatizar el abuso de los del Saltillo, o de las autoridades ante quienes acudían.

Cuando el régimen de protección que se les ofreció para que vinieran a ayudar a los de Saltillo desapareció, por efectos del nuevo régimen político, el ayuntamiento instrumentó el despojo y ejecutó un proceso de negación de una historia y de un conglomerado humano que fue básico para su supervivencia.

Saltillo terminó por engullir a San Esteban gracias a referentes político-jurídicos engendrados ex profeso, aunque los tlaxcaltecas intentaban defenderse sorteando con impotencia las promociones de la contraparte, dada una sordera política que agotó toda posibilidad equilibrada de interlocución.

El proceso se desarrolló, paradójicamente, en un marco «justificado» por el progreso, la nueva justicia y también un orden de sesgo reparador para los mexicanos, sobre todo indígenas.

Este hecho se consigna en la historiografía regional generalmente de manera escueta, pero fue complejo y prolongado, atravesado por varios asuntos, los cuales convergieron al punto en que se decretó la unificación de las dos comunidades.

Frente a ello, persistía la resistencia y lucha de un pueblo de indios por mantener vivos los privilegios originales legítimamente conseguidos y que eran baluarte de su identidad, pero el nuevo orden político se los negó reiterativamente por más de cuarenta años, tiempo que, al parecer, tardó en cobrar vigencia cabal el decreto publicado el 4 de marzo de 1834 a través de un instrumento jurídico efectivo que canceló la existencia del pueblo de San Esteban fusionándolo a Saltillo, villa que se apropió de todo, hasta de sus costumbres y artesanías, incluido el crédito indígena de ser los creadores del sarape.

Se imponen los vencedores

Al final, desde el control territorial que en las primeras décadas del siglo XVII abarcó la región donde hoy se enclava Saltillo, un pequeño grupo de españoles y portugueses que no pasaba de unas 20 familias empezó a reconcentrar tierras y aguas que apuntaban hacia lo que hoy es Monterrey.

Los líderes seguían siendo militares como Alberto del Canto —fundador de Saltillo—, Diego de Montemayor —fundador de Monterrey— y Francisco de Urdiñola —fundador de San Esteban de la Nueva Tlaxcala—, quienes hicieron de Saltillo su centro de operaciones para extender la colonización.

Olvidando a los tlaxcaltecas, hay historiadores que hablan de los fundadores de Saltillo como hombres de ánimos magnánimos que, por su capacidad, el territorio original les resultaba corto, por lo cual, desde esta villa, ya desde finales del siglo XVI, una línea de movimientos fundacionales con tendencia hacia el norte y el este ampliarían horizontes que localmente eran estrechos.

Fue así como el noreste de México tuvo origen primero en el sureste de lo que hoy es Coahuila, y después desde lo que hoy es Nuevo León.

Según dicta la historia escrita que toma partido con los vencedores, fue por tan animoso empuje recibido desde el momento de su fundación, que no es de extrañar el hecho de que el Saltillo actual siga la ruta que sus fundadores le predestinaron y en la cual se mantiene hasta hoy en día: convertirse en otra de las grandes capitales que engrandezcan el orgullo nacional. E4

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