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Edición 624

Imaginario colectivo

Segundo cerebro, a la carta

Una alimentación eficiente no sólo está relacionada con el tema de los valores nutrimentales. Comer, en el amplio y gozoso sentido de la palabra, implica conocer qué fuerzas se unen detrás de cada bocado, de cada sorbo nuestros.

Renata Chapa
Twitter: @RenataChapa
Email: centrosimago@yahoo.com.mx

Saber de neurociencias hoy se ha vuelto imperativo. Casi entra el 2020 y el vaticinio de la Organización Mundial de la Salud está por cumplirse. La diada depresión-ansiedad estará en la cúspide de la lista de enfermedades con el mayor número de afectados alrededor del globo. Y detrás de ese par de afectaciones mentales es la obesidad la que se aparece como férrea acompañante.

Los médicos, especialistas e investigadores del cerebro y sus tantos malestares —en su afán por una divulgación científica cada vez más clara y diseminada— optan por las metáforas. Los qués y los cómos del órgano rector, el que va protegido por el cráneo, ameritan ser recordados con facilidad.

Ellos sostienen, para empezar, que existen más neuronas en el cerebro que estrellas en la vía láctea. La acción e inacción de un ser humano son el reflejo de billones de conexiones neuronales en permanente funcionamiento tanto arriba como en el centro del cuerpo. ¿A qué se refieren los neurocientíficos con estas dos coordenadas biológicas? A que no sólo contamos con esa impresionante cantidad de neuronas vinculadas dentro de la cabeza. También aparece como un valioso protagonista el mejor conocido como «segundo cerebro»: el estómago y los intestinos.

De los dos cerebros, colmados de neuronas e interconectados, vale precisar que el segundo, a diferencia de los dedos de la mano, una pierna o el cuello, no responde a órdenes directas del cerebro. Tiene independencia para llevar a cabo los procesos digestivos. Sin embargo, cuando, por ejemplo, lo que comemos o dejamos de comer es el resultado del momento histórico que vivimos, de los paradójicos «usos y costumbres» de la sociedad del conocimiento, caracterizada por la desinformación, la minusvaloración, el estrés, la confrontación, la angustia, la dejadez y otras tantas violentaciones, el acto del comer se vuelve una actividad más bien rústica, para saciar el «sentir hambre» o «tener antojos», casi por mero impulso.

Una alimentación eficiente no sólo está relacionada con el tema de los valores nutrimentales. Comer, en el amplio y gozoso sentido de la palabra, implica conocer qué fuerzas se unen detrás de cada bocado, de cada sorbo nuestros. Humanizar la práctica gastronómica es darle un significado completamente distinto a los alimentos y bebidas y, en esa medida, estimular en positivo a los cerebros uno y dos. La motivación, las emociones, los sentimientos, las reminiscencias y cada uno de los cinco sentidos son los auténticos condimentos para volver del desayuno, comida y cena una fiesta de tres tiempos, las 24 horas de los 365 días del año.

Uno de los tantos caminos —sumamente grato, por cierto— para darle rostro, nombre y apellido a lo que viaja de las papilas gustativas hasta la última de nuestras neuronas es aprender de quien cuenta con un bagaje culinario teórico, práctico y la afabilidad para compartirlo. De vivencia en vivencia, aquéllos que han optado por la cocina como su hogar, su asidero, su escenario, su escuela, su confesionario, provocan que nuestro entramado neuronal, otrora conectado de manera sencilla, hierva a cien grados y resignifique el verbo «Comer». Luego de dialogar con ellos, de leerlos, de cocinar con su guía, como sentencia aquel divino bolero cubano de César Portillo, «ya todo parece distinto».

Un fruto, un merengue; un té, un mezcal; una leguminosa, un caldillo. La sal, el comino. La servilleta, el afilador. Las experiencias culinarias, en voz de sus principales actores, son rico alimento neuronal. A la carta y a la mano.

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