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Edición 620

Patrimonio

Saltillo, la ciudad que pierde el rostro

Ubicada en la esquina de Purcell y Ramos Arizpe, en pleno centro histórico de Saltillo, su construcción a base de adobe, madera y ladrillo era de un acabado en estilo chalet francés pintada en un tono por el cual recibía el mote de «la casa roja».

Javier Mariscal

En vísperas de su aniversario de fundación, la tragedia saludó a la capital de Coahuila. «Casa Alameda», recinto que en años recientes había enfocado esfuerzos a eventos diversos de difusión artística y cultural, fue consumida por las llamas originadas a partir de un cortocircuito.

Ubicada en la esquina de Purcell y Ramos Arizpe, en pleno centro histórico de Saltillo, su construcción a base de adobe, madera y ladrillo era de un acabado en estilo chalet francés pintada en un tono por el cual recibía el mote de «la casa roja».

Construida en el siglo XIX, fue un tiempo habitada por el exgobernador Ignacio Cepeda Dávila y guardaba el negro recuerdo de su suicidio ocurrido el 22 de junio de 1947, respecto al cual, aunque nunca se aclararon los motivos que lo empujaron a tal decisión, perdura la idea de que sus diferencias políticas con el entonces presidente Miguel Alemán habrían tenido algo qué ver, pues el fatídico hecho tuvo lugar seis días después de haber discutido con el mandatario federal.

Más recientemente, entre 1990 y 1994, fungió como sede de la Escuela de Música de la UAdeC, y en la actualidad era sometida a un constante proceso de rehabilitación al tiempo en que sus ocupantes la mantenían abierta desde 2016 como recinto cultural y cafetería en el interés de convertirla en canal de difusión de artistas locales de ámbitos tan diversos como la ópera, la música, pintura, fotografía, teatro y moda, entre otros.

Aunque su construcción se encontraba en el catálogo de Bienes Inmuebles Históricos de Coahuila, por ser de propiedad privada no contaba con el seguro de bienes nacionales, y por ello no se le puede apoyar con recursos para su reconstrucción, según dijo Francisco Aguilar, delegado del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), quien consideró trágico que el fuego haya arrancado tan intempestivamente otro de los elementos que daban identidad a la capital de Coahuila.

Aguilar comentó que su condición de ser propiedad privada impide aplicar sanciones por parte de ninguna autoridad. Recalcó que en el caso de que buscaran recuperarla se tendría que ver el dictamen que emita la Dirección de Protección Civil y la oficina de Centro Histórico para conocer la situación de sus muros, los daños que se registraron y las condiciones en que quedó.

Con el dictamen lo que se buscaría es determinar las posibilidades de recuperación del edificio. Si las paredes no están craqueladas o riesgosamente inclinadas, entonces pudiera ser que eso evitara su demolición, pero eso deberá determinarlo un perito.

En cuanto a demandas o denuncias por el incidente sería otra instancia la que defina y entregue pruebas a los propietarios para que actúen en consecuencia; no obstante, ya personal de bomberos había anticipado que el haber colocado líneas de focos adicionales para adornar el patio y el interior del edificio pudo ser la causa de que se hubiera sobrecargado parte del antiguo cableado que no había sido sustituido, y eso habría generado el chispazo que detonó el incendio.

Centro histórico

Aunque en apariencia fue creada para tramitar y canalizar recursos con los cuales ayudar a conservar y dar mantenimiento a la infraestructura y bienes inmuebles de carácter histórico en la zona centro de Saltillo, la opinión de propietarios de casas, edificios y terrenos en ese punto de la ciudad suele coincidir en una cosa: «la oficina de Centro Histórico del Ayuntamiento de Saltillo no es más que un parapeto creado para recaudar dinero del cual no se sabe a ciencia cierta en qué se aplica».

En un principio, según se dijo, Centro Histórico municipal tendría la función de conseguir fondos presupuestales con los diferentes niveles de Gobierno, instituciones y organizaciones nacionales e internacionales, para ayudar a la conservación del primer cuadro de la ciudad.

Lo primero fue crear un inventario del área e inmuebles a contemplar bajo ese proyecto. Se dijo que abarcaría 198 manzanas; pasado el tiempo esa cifra se redujo a 56 bajo el argumento de que el estar construidas con adobe no era elemento suficiente para considerar que una casa debería ser catalogada como «histórica».

La intención era que el INAH otorgara la certificación de Centro Histórico. Se afirmó que ese paso era de suma importancia para tramitar presupuesto con el cual realizar obras y restauración de edificios. En el ámbito internacional, algunos de los organismos a los que se dijo que se podría recurrir eran La Unesco, el Banco Interamericano de Desarrollo o el Banco Mundial; a nivel nacional se veía posibilidad de apoyo a través de algunos programas que tenía la otrora Secretaría de Desarrollo Social; o la Secretaría de Turismo y el Fondo Nacional para el Desarrollo de las Artesanías y Desarrollo Urbano; al final, todo se redujo a aplicar impuestos locales a través de derechos vehiculares o el Predial, entre otros canales.

Ante ello, el problema es que la población que no vive en la zona centro considera injusto subsidiar a una parte de la ciudad en la que, al paso de los años, no ven ni grandes mejoras ni una real conservación de los inmuebles representativos de la ciudad, sino todo lo contrario.

Por otro lado, quienes viven en esta área consideran que Centro Histórico es un ente que «ni hace ni deja hacer, y solo se la pasa a la expectativa para impedir mejoras a sus propiedades o aplicar multas a quienes realizan obras sin pedir permiso».

Casa Alameda también fue víctima de eso. Sus propietarios la rentaban a un equipo de jóvenes que no recibían apoyo e intentaban mantener el inmueble al día y bajo restauración supervisada aplicando el lento flujo de recursos que conseguían a través de los eventos que ahí se realizaban; mientras otros inmuebles de la zona o bien ya se han perdido o fueron transformados y luego maquillados dándoles un malogrado «carácter de época» como el que solían tener.

Al indolente paso del tiempo se suma el desinterés —si no es que el interés malsano— de autoridades cuyos nombres ni la pena vale mencionar. El actual gobernador del Estado prometió devolver a Saltillo el favor de haber sido la ciudad que más votos aportó para su elección y, entre otras cosas, ahí está el regalo: un «torreón» que los saltillenses no quieren, hecho de «latón» y plástico y que por ahora está a medio terminar e iluminado de mientras con colores que ya ni los tugurios usan, obra cuya construcción alteró el antiguo mirador —Fortín de los Americanos—, intentando aportarle a la ciudad un «cierto aire de modernidad», mismo discurso que ha servido para justificar la destrucción de otros puntos de tanta o mayor tradición que ese, así la antigua estación del tren, el Cine Palacio o la demolición del Edificio Coahuila para hacer una plaza, por citar los más recientes.

A pregunta expresa, el maestro historiador Carlos Manuel Valdés ha mencionado varias razones por las cuales no se conservan los edificios de mayor antigüedad en la capital coahuilense: «la ignorancia supina de los ricos saltillenses que son incapaces de gastar un centavo en algo a lo que no le vean provecho en pesos —recuerde la destrucción del Hotel Coahuila que firmaron los cuatro hombres más ricos de Saltillo y su abogado—… la barbarie de los políticos de hoy y de antes… la incuria «saltillera» que sueña con ser Atenas cuando no llega a pueblo», y tiene razón, de tanto «maquillar el centro histórico» a Saltillo se le está cambiando el rostro, y los funcionarios del ente público que debiera procurar la conservación de aquello que le da identidad a la ciudad, mientras nadie toque sus salarios, ahí seguirán, como si no pasara nada. E4

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