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Edición 620

Historia

Cuando Coahuila se volvió obregonista

El maderismo y su llegada al poder dieron pauta para que las reglas del viejo régimen entraran en desuso, y con ello el caos que dio margen para que la toma de decisiones durante el resto de la década lo asumiera el más fuerte

Lucas Martínez Sánchez

El ascenso al poder del movimiento constitucionalista que surgió en Coahuila, donde tomó forma el pie veterano del actual ejército nacional, dirigido por el gobernador Venustiano Carranza desde Saltillo los últimos días del mes de febrero de 1913, tuvo un desarrollo intenso de acuerdos y desacuerdos entre partes beligerantes a las que unió la vuelta a la legalidad tras la usurpación del general Victoriano Huerta.

Fueron entonces los caminos de Coahuila, cuya columna vertebral era la vía del Ferrocarril Internacional Mexicano y sus conexiones con las vías principales Juárez a México que tocaba la ciudad de Torreón, y la Laredo a México que pasaba por la ciudad de Saltillo, pero fue fundamentalmente la red de estaciones entre Saltillo, Monclova y Piedras Negras, donde transitaron los primeros movimientos del gobernador rebelde.

Apenas una escaramuza en la hacienda de Anhelo, la fallida toma de la ciudad de Saltillo y el primer triunfo armado del incipiente carrancismo en la villa de Candela, defendida por las tres armas del ejército federal. Sumado a ello dos acontecimientos de orden político que fueron fundamentales, no solo en la formación constitucionalista, sino en las repercusiones que tuvieron fuera de los límites coahuilenses, el Plan de Guadalupe firmado en la hacienda de don Marcelino Garza, en el valle de Anacapa, y los convenios de la antigua estación de Monclova, hoy Ciudad Frontera, en las instalaciones del Hotel Internacional, lamentablemente destruido por un incendio hace algunos años —lo que no le hizo la década revolucionaria, se lo hizo el olvido—.

Todos y cada uno de los acontecimientos señalados fueron el corto pero duro inicio de la revolución de Carranza, camino que la historia nacional registró de la pluma de contemporáneos y posteriores autores hasta nuestros días, al que se añadieron y continúan estudiando los momentos cumbre del proyecto político del coahuilense Carranza: la convocatoria al constituyente y su triunfo electoral que lo llevo a la presidencia de la república, hasta el vencimiento de su periodo en 1920, año de conclusión y año trágico.

En un país donde las reglas electorales que armó el porfiriato en sus distintas etapas y que en el norte se vieron consolidadas por el trabajo del general Bernardo Reyes

—el «cancerbero de la frontera», como lo llamara el investigador nuevoleonés Artemio Benavides Hinojosa—, Reyes fue entonces el celoso vigilante de la elección municipal del ayuntamiento más modesto en buena parte del territorio que le fue encomendado por el general Porfirio Díaz. Pero el maderismo y su llegada al poder dieron pauta para que las reglas del viejo régimen entraran en desuso, cayeran y, con ello llegó el caos que dio margen para que la toma de decisiones durante el resto de la década, lo asumiera el más fuerte, el que más mando de tropa y habilidad táctica tuviera. Carranza le dio una buena lectura conforme tuvo que decidir sobre circunstancias de un país en guerra y una generación que apenas estaba experimentando los estragos revolucionarios. Salió airoso y tuvo la oportunidad de maniobrar con dotes de estadista.

Sin embargo, la sucesión presidencial de camino a 1920 se le fue de las manos. Aquí es conveniente dar un repaso al grupo político-revolucionario que el cieneguense fue integrando desde sus días de maderista hasta el cenit de su carrera, Jesús Carranza, Pablo González, Cesáreo Castro, Francisco Murguía, Lucio Blanco, Jacinto B. Treviño y Manuel Pérez Treviño, por citar solo algunos, fueron uno a uno experimentando las vicisitudes de un equipo político surgido de los caminos llenos de calor y polvo de Coahuila. Todos, cuando menos hasta 1915, conservaron en torno al primer jefe una cohesión, fruto de la presión de la guerra más que de un ejercicio político.

A partir de ahí, tres ejemplos nos puede ilustrar las relaciones del Varón de Cuatro Ciénegas, con lo que podemos llamar su grupo primigenio. Lucio Blanco terminó en el banquillo de los acusados, frente a un tribunal militar y, después de salvar la vida gracias al general Murguía, se exilió en Laredo, Texas. El propio Murguía, que tantas dotes de estratega militar demostró en los duros momentos de subida y triunfo del carrancismo, se retiró a su recién adquirida hacienda de Majoma, en la soledad del norte zacatecano. Ambos regresaron al primer círculo del presidente cuando poco o nada se podía hacer. Carranza volteó la mirada a sus leales del primer momento. Caso distinto, pero en cierta medida similar, fue el del médico Luis G. Cervantes, a quien la candidatura del ingeniero Bonillas sacó del ánimo del presidente y aún de sus relaciones de amistad, de cuando menos tres décadas atrás.

Carranza encontró nuevos correligionarios —entre ellos el poblano Luis Cabrera— que terminaron, todo así lo indica, influyendo en sus decisiones como primer jefe y luego como presidente. De este modo, la sucesión presidencial, que ha sido en la historia de la nación mexicana desde su complicado nacimiento uno de los momentos de mayor crisis, fuera de los largos periodos dictatoriales de Santa Ana y Díaz, a los que debemos sumar los concurrentes periodos de excepción, como fue el de Juárez, fue para Carranza —el hombre que había leído la historia nacional— un momento de difícil tratamiento de la nominación de una candidatura a todas luces débil, motivo de desavenencias entre los generales aspirantes, Obregón y González, provocando con ello una especie de dispersión y debilitamiento del grupo primigenio que lo había acompañado desde Coahuila. No era para menos. No sabemos a ciencia cierta las motivaciones de Carranza, pero sí sus efectos.

En Coahuila, las cosas estaban lejanas a la realidad nacional. Las lealtades se debatían entre Carranza y Obregón, pues la candidatura de Pablo González —que requiere un buen estudio— parece no haber tenido mayores efectos en su tierra adoptiva. Pero la situación política coahuilense venía de años atrás, cuando Carranza empujó la candidatura de su antiguo secretario, el joven abogado Gustavo Espinoza Mireles, quien derrotó electoralmente a un grupo que desarrolló con paciencia una estrategia compacta. Éste estaba encabezado por el general Luis Gutiérrez, a quien derrotó Espinoza, de tal forma que el grupo citado veló armas y esperó el desenlace de la crisis carrancista.

Aquel 21 de mayo de 1920, la plaza de armas de la ciudad de Saltillo fue testigo de uno de los acontecimientos poco conocido: reunidos Luis Gutiérrez, Eulalio Gutiérrez, Antonio I. Villarreal y el jefe de la plaza de Saltillo, el también general Porfirio Cadena, en presencia de sus seguidores, que los tenían, se adhirieron al Plan de Agua Prieta y de momento designaron, según el plan, como gobernador al general Cadena, asunto que semanas después resolvió el congreso local en favor del general Luis Gutiérrez, cabeza visible del movimiento Aguaprietista en la entidad. Lejos estaba el gobernador Gustavo Espinoza Mireles, quien por aquellos días había obtenido permiso para ausentarse, apenas sí logró acercarse a la estación de Ramos Arizpe, donde volvió sobre sus pasos hasta la frontera. Todo había cambiado. Una década quedaba atrás, del maderismo al carrancismo y el movimiento convencionista que nos dio dos presidentes en la coyuntura. El panorama se volvió obregonista, surgía entonces y se perfilaba en ciernes un prolongado tiempo de dominio a cargo del jefe del estado mayor del general Obregón. Aquel 21 de mayo fue la víspera del pereztreviñismo coahuilense. E4

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