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Edición 617

Sociedad

Algo relacionado con Así habló Zaratustra

Cuando se dice que el príncipe propone y el tendero dispone, se entiende que en cierta manera el poder económico está sobre el poder político, y eso es exactamente lo que está pasando en la actualidad.

Luis García Valdez

Friedrich Nietzsche fue un filósofo, poeta, músico y filólogo alemán del siglo 19, considerado uno de los más importantes de la filosofía occidental, cuya obra ha ejercido una profunda influencia tanto en la historia como en la cultura occidental.

Nació en 1844 en Alemania y murió en 1900. Su obra más importante se llama Así habló Zaratustra, de la cual se extrajeron los siguientes párrafos y que según parece siguen siendo muy actuales y que pueden aplicarse a lo que está pasando en nuestros días, entendiendo que donde se menciona al tendero se refiere al comerciante o al empresario actual, y al hablar del príncipe se refiere a lo que en nuestros días sería una autoridad, ya sea estatal o federal.

Cuando se dice que el príncipe propone y el tendero dispone, se entiende que en cierta manera el poder económico está sobre el poder político, y eso es exactamente lo que está pasando en la actualidad.

Así, atravesando con lentitud muchas ciudades y pueblos, volvía Zaratustra dando rodeos a sus montañas y cavernas.

Y he aquí que llegó también inopinadamente ante la puerta de la gran ciudad: mas allí salió a su encuentro un loco cubierto de espumarajos y que con los brazos extendidos le cerró el paso. Era el mismo loco a quien el pueblo llamaba el mono de Zaratustra, pues imitaba el tono y los giros de sus discursos, y además gustaba de explotar igualmente los tesoros de su saber. Tal loco habló de esta suerte.

«¡Oh, Zaratustra, aquí está la gran ciudad, en la que nada se te ha perdido, y en la que, en cambio, puedes perderlo todo! ¿A qué vienes a ensuciarte los pies en este lodazal? ¡Apiádate de tu piel! ¡Más vale que escupas a las puertas de la gran ciudad, y des media vuelta! ¡Esto es un infierno para los pensamientos solitarios! Aquí los grandes pensamientos se cuecen vivos y se reducen a papilla. Aquí se corrompen todos los grandes sentimientos. Aquí no llega a oírse sino el chasquido de los sentimientos flacos y mezquinos.

«¿No percibes ya el olor de los mataderos y de los bodegones del espíritu? ¿No exhala esta ciudad el vaho del espíritu inmolado en el matadero? ¿No ves acaso las almas colgantes, como pingajos desmadejados y sucios? ¡Y de tales pingajos hasta componen los periódicos! ¿No oyes cómo se trueca aquí el espíritu en un juego de palabras? ¡Un repugnante juego de palabras vomita el espíritu y con esa agua sucia, del lavadero, componen periódicos!

«Se provocan unos a otros, sin saber bien a qué. Se acaloran unos con otros, sin saber para qué. Cencerrean con sus hojalatas y tintinean con su oro.

«Son fríos y buscan valor en las bebidas fuertes. Se acaloran y buscan frescor en espíritus congelados. Todos ellos padecen la peste de la opinión pública.

«Todos los placeres y todos los vicios hayan aquí su asiento.

«Pero también hay aquí virtuosos, mucha virtud asalariada, mucha virtud obsequiosa, con dedos de pendolista y traseros encallecidos a fuerza de aguardar.

«Mucha virtud consagrada con pequeñas cruces para el pecho, y con hijos disecados de paja y faltos de culo.

«Aquí también hay mucha devoción, mucho crédulo servilismo, mucho pasteleo adulador ante el dios de los ejércitos.

«La luna posee su corte. Y la corte sus imbéciles; mas a cuanto procede de tal corte vienen a rendir culto el pueblo pordiosero y toda obsequiosa virtud de pordioseros.

«Yo sirvo, tú sirves, y nosotros servimos, así reza al príncipe toda virtud obsequiosa. ¡Para que la merecida cruz se prenda al final escuálido pecho!

«Mas así como la luna gira en torno a todo lo terreno, así también gira el príncipe en torno a lo máximamente terreno, a saber el oro de los tenderos.

«El dios de los ejércitos no es el dios de las barras de oro: el príncipe propone, pero el tendero dispone.

«Yo te conjuro oh Zaratustra, por todo lo que es en ti luz y fuerza, y bondad. ¡Escupe a esta ciudad de tenderos, y date la vuelta!

«Aquí toda la sangre circula perezosa, floja, espumeante. Escupe a la gran ciudad, el gran vertedero donde fermenta junto todo detritus.

«Escupe a la gran ciudad de las almas deprimidas y de los pechos escuálidos, de los ojos febriles y de los dedos viscosos, a la ciudad de los importunos, de los insolentes, de los escritorzuelos, de los vocingleros, de los ambiciosos desenfrenados, donde abunda todo lo podrido, desacreditado, lascivo, sombrío, carcomido, ulcerado y supurante, ¡escupe la gran ciudad y date la vuelta!

«A mi también me produce náusea esa gran ciudad y no solo al loco. Ni en una ni en otro hay nada por mejorar ni por empeorar.

«Yo amo el bosque. En las ciudades se vive mal. Abundan demasiado los lascivos.

«¿Acaso no es preferible caer en manos de un asesino que entre los ensueños de una mujer lasciva?

«Contempla a esos hombres: sus ojos lo dicen, no conocen nada mejor sobre la faz de la tierra que el acostarse con una mujer.

«Cieno es lo hondo de su alma. ¡Ay si ese cieno tiene además espíritu! ¡Si cuando menos fuerais bestias perfectas! Mas, para ser bestias se requiere inocencia.

«¿Los exhorto acaso a que matéis vuestros sentidos? Lo que aconsejo es la inocencia de esos sentidos.

«¡Hay de esta gran ciudad! Yo quisiera ver ya la columna de fuego que la reducirá a cenizas.

«Mas tales columnas de fuego deben preceder al gran mediodía. Mas este tiene señalado su momento y su propio destino». E4

*El autor es cronista de Abasolo, Coahuila.

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