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Edición 615

Imaginario colectivo

El mundo es precioso

Friedensreich Hundertwasser propone conseguir que se pueda respirar de nuevo el aire del bosque en la ciudad. “La relación entre el hombre y el árbol tiene que adquirir proporciones religiosas”, señala

Renata Chapa
Twitter: @RenataChapa
Email: centrosimago@yahoo.com.mx

A mi padre y a mi madre, hoy y siempre,

con todos los colores vivos del árbol

que plantaron en mi degradable corazón

Mientras unos insisten en «estar hasta la madre» de lo que les toca vivir a diario, y con razones de sobrada justificación, otros buscan y encuentran belleza en medio de la negrura, con argumentos también válidos. Siento que es bastante saludable conocer ambos tipos de pensamientos; rondar con interlocutores de los dos grupos; pero, en lo personal, encuentro que luego de dialogar con quienes, pese al dolor y opresión logran transmitir sensaciones de paz y reconciliación, es menos imbricado el camino por delante. Incluso si físicamente ya no están presentes, las personas propositivas, decididas a no claudicar a la primera y a construir en medio de cualquier cantidad de sacudidas emocionales, al menos pueden sembrar ciertas dudas aún en el más escéptico o algo de caridad en el de radical mezquindad.

Una de esas historias es la de un soñador activo remitido a los hechos. La de un hombre que, literalmente, puso sus manos y sensibilidad a la obra. O mejor dicho, a las miles de producciones donde pudo materializar su modelo ideal de civilización global. Fueron cuarenta años de producción incesante para manifestar su devoción al árbol, a la tierra, a la vegetación, al agua, además de su profunda vergüenza por el hombre devastador, ególatra y vacuo.

El pensamiento y obrar de Friedensreich Hundertwasser (Viena, 1928-2000) son narrados por Harry Rand en el libro Hundertwasser (Colonia, Alemania, 2007) publicado por la casa editorial Taschen la cual, por cierto, merece mención aparte no sólo por el impecable trabajo de diseño y edición de éste y tantos libros más que circulan con su sello alrededor del mundo, sino por la historia de tenacidad empresarial que existe detrás de su dueño, Benedikt Taschen, quien, sin saberlo, comenzó a construir su emporio editorial gracias a la primera ocurrencia que tuvo como vendedor de textos: ofreció al mejor postor su fabulosa colección de comics (www.taschen.com). Desde entonces hasta ahora, Taschen no ha dejado de sumar éxitos. Friedensreich Hundertwasser (FH) experimentó una carrera muy similar.

“Hundertwasser” es un término de origen eslavo que puede traducirse como “cien aguas” y que entraña uno de los símbolos más socorridos y admirados por el pintor, arquitecto y emotivo redactor vienés. Los días lluviosos, el mar, los buques, los peces y, por supuesto, las lágrimas son motivos que inspiraron a FH para pintar diversas obras pletóricas de colores. Al respecto, FH, en el libro Hundertwasser comentó en diversos momentos de la entrevista realizada por Rand y entreverada a lo largo de las casi doscientas cuartillas que conforman la obra, lo que representaba para él un cuadro: «son como puertas por las que, por suerte, puedo irrumpir en un mundo cercano y distante al mismo tiempo (…) y ese mundo es el paraíso» (p. 29). Para FH, en efecto, como lo manifiesta obra tras obra, «el mundo, tal como es, sin adornos, es precioso».

Una de las exquisiteces de FH fue su amor por diseñar sellos postales. Fue en su explicación del porqué hasta un sello puede ser portador de todo un estallamiento cromático, bellamente diseñado, donde FH deja en evidencia su impresionante sentido de percepción y de cuidado de aquello que para muchos es absolutamente intrascendente. Dice así: «El sello es un objeto importante. Aunque tiene un formato pequeño, lleva un mensaje. Los sellos son la medida de la cultura de un país. Este trocito rectangular de papel une los corazones del remitente y del destinatario. Es un puente entre los pueblos y las naciones. El sello no conoce fronteras. Llega a nosotros hasta las cárceles, los asilos y los hospitales, y a cualquier parte de la tierra donde nos encontremos. Los sellos deberían ser embajadores del arte y de la vida y no simplemente pruebas inanimadas de que se ha pagado el franqueo. El sello debe vivir su destino. El sello debe cumplir su propósito de nuevo, lo cual significa que debe estar al servicio de las cartas. Un verdadero sello debe sentir como la lengua del remitente humedece su goma. Un sello debe ir pegado a una carta. Un sello debe experimentar la oscura profundidad del buzón. Un sello tiene que soportar ser franqueado. Un sello tiene que sentir la mano del cartero cuando entrega la carta al destinatario. Un sello que no se utiliza para franquear una carta, no es un sello. Nunca ha vivido. Es un fraude. Es como un pez que nunca ha nadado, como un pájaro que nunca ha volado. Un sello tiene que haber vivido como tal. El sello es la única obra de arte que cualquiera puede poseer, jóvenes y ancianos, ricos y pobres, sanos y enfermos, cultos e ignorantes, libres o privados de libertad. Esta valiosa obra de arte llega a todos como un regalo que viene de lejos. El sello debe ser un testimonio de la cultura, la belleza y el espíritu creativo de la humanidad. Febrero de 1990» (p. 141).

Es de destacar uno de los aspectos que, desde mi perspectiva, fortifica las raíces del pintor y arquitecto austriaco Friedensreich Hundertwasser (FH) en la memoria universal: el ser y estar siempre en vida incluso después de la muerte. Leer su propuesta sobre los entierros ecológicos (sin féretros ni lápidas; a dos metros bajo tierra y plantando un árbol sobre ese espacio); reflexionar sobre su concepto del Homo Humus vinculado tanto a la tierra como a las visiones de la humildad y humanitas; admirar su óleo «El jardín de los muertos felices» (1953) y constatar su congruente defensa de la frase, «el mundo, tal como es, sin adornos, es precios», presenta la sensibilidad fuera de lo ordinario de un hombre que amó precisamente eso, ser un humano pletórico de vida acompañado y agradecido siempre con la naturaleza.

La visión de FH conduce al tema de la moral. El artista ofrece respuestas memorables a las preguntas lanzadas por el autor del libro Hundertwasser.

H.R.: ¿Ser artista significa tener una moral concreta?

F.H.: Creo que sí, pero quizás no todos los artistas conciben esa moral de la misma forma. En algunas sociedades los artistas representan un peligro para los que están en el poder porque no encajan en el sistema. El artista da ejemplo de cómo hacer frente a la vida. El artista está completamente fuera de la jerarquía. El artista no es rico ni pobre; se siente a gusto con todo tipo de personas. El artista está a gusto con los pobres, los mendigos, los campesinos, los trabajadores y las clases dirigentes, le da lo mismo. Puede actuar como lo hace normalmente, vestirse como siempre, conservar la mentalidad de siempre; puede ir y sentarse con los mendigos o los vagabundos y, una hora más tarde, estar invitado en casa de los Rothschild y comer en su mesa, y después volver de nuevo con los vagabundos; está fuera del sistema tanto del de los ricos como del de los pobres. El verdadero artista ni siquiera tiene que pintar. Conozco muchos artistas que no pintan.

H.R. :¿Son artistas realmente?

F.H.: Sí, son artistas, artistas de la vida.

H.R.: ¿Los artistas hacen el bien?

F.H.: Hacen el bien sólo si muestran un camino. Si enseñan una forma factible de creatividad. Por ejemplo, si nuestra sociedad es pesimista, los artistas tienen la obligación de dar esperanza y de mostrar caminos viables y hermosos. El arte debe hacer el bien. Yo quiero enseñar a la gente, por medio de la pintura, un paraíso que esté al alcance de todo el mundo, con sólo desearlo y esto lo hago instintivamente. El paraíso está aquí, pero lo destruimos. Quiero demostrar lo sencillo que es, en principio, encontrar el paraíso en la tierra. Hay que vivir como si estuviéramos en guerra y estuviera todo racionado. El ser humano tiene que ser cuidadoso, tiene que pensar por sí mismo, ser ahorrador, no un derrochador (pp.155-157).

Por último, a manera de reiteración a la lectura de Hundertwasser, un libro joya en más de una decena de sentidos, comparto el manifiesto escrito por FH sobre dos de sus radicales pasiones, ambas expresadas a través de las diferentes construcciones con «vegetación inquilina» que se encuentran en diversas entidades europeas:

«Tu derecho a la ventana-Tu deber hacia el árbol. El que vive en una casa debe tener derecho a asomarse a su ventana y a diseñar como le apetezca todo el trozo de muro exterior que pueda alcanzar con el brazo. Así será evidente para todo el mundo desde la lejanía que allí vive una persona. Nos asfixiamos en las ciudades a causa de la contaminación atmosférica y la falta de oxígeno. La vegetación que nos permite vivir y respirar está siendo destruida sistemáticamente. Nuestra existencia está perdiendo dignidad. Pasamos por delante de fachadas grises y estériles, sin darnos cuenta que estamos condenados a vivir en celdas de cárcel. Si queremos sobrevivir tenemos que actuar. Cada uno de nosotros debe diseñar su propio ambiente. No puedes quedarte esperando a que las autoridades te concedan el permiso. Los muros exteriores te pertenecen tanto como tu ropa y el interior de tu casa. (…) Es tu deber ayudar a la vegetación a conseguir sus derechos con todos los medios a tu alcance. La naturaleza debe crecer libremente donde cae la lluvia y la nieve; lo que está blanco en invierno, debe ser verde en verano. Todo lo que se extiende en horizontal bajo el cielo, pertenece a la naturaleza. En las carreteras y los tejados deben plantarse árboles. Hay que conseguir que se pueda respirar de nuevo el aire del bosque en la ciudad. La relación entre el hombre y el árbol tiene que adquirir proporciones religiosas. Así, la gente entenderá por fin la frase: la línea recta es atea. FH, Düsseldorf, 27 de febrero de 1972» (p. 146).

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