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Edición 613

Imaginario colectivo

La dichosa defensa de la palabra

En sus libros Enredados y Funderelele, Laura García Arroyo aborda el uso del lenguaje en el mundo de las redes sociales

Renata Chapa
Twitter: @RenataChapa
Email: centrosimago@yahoo.com.mx

¿Qué significa la palabra “lexicógrafa”? Laura García Arroyo, la única mujer en la mesa de conductores del conocido programa de televisión “La dichosa palabra” (Canal 22), es la viva definición del término.

Trabajó en Madrid, España, para una reconocida casa editora, elaborando diccionarios. Es decir, como lexicógrafa. Años después fue invitada a dirigir el departamento de lexicografía de la misma editorial, pero en México. Desde entonces, su presencia en medios impresos, electrónicos y virtuales revela el motor de su apostolado vocacional: ser harto dichosa al defender la palabra.

Dos libros dan cuenta, también, de la relación del idioma español con la licenciada en traducción e interpretación, egresada de las Universidades Pontificia Comillas (Madrid) y de Marsella (Francia): Enredados (Ediciones SM, 2015) y Funderelele (Planeta, 2018). Sobre ambos textos, así como de su labor como activista a favor de la lectura, Laura García toma la palabra sobre la ídem.

Aun con los hondos y variados desafíos que representa la publicación de un libro en México, decidiste traer a la luz a Enredados y a Funderelele. ¿Cuáles fueron los motivos que te llevaron a dar el sí a ambos proyectos editoriales?

Yo trabajé en Ediciones SM durante 10 años confeccionando diccionarios. Luego estuve en el área de libros de texto. Dejé la editorial para «freelancear» y llevar a cabo otros proyectos. Al cabo de un tiempo, ellos me buscaron. En una Feria del Libro se acercaron por mi labor en «La dichosa palabra». Habían visto que, en ese programa televisivo, yo hablaba mucho de los jóvenes porque estaba muy metida en el tema de las redes sociales. Me encargaron un texto qué explicara lo que estaba pasando con el uso del idioma en las redes. Querían saber si era verdad que los muchachos estaban perjudicando el español o si eran las redes sociales las que alteraban la evolución de nuestra lengua. Ése fue el encargo inicial.

Yo me dediqué a investigar un poco —más bien a espiar— cómo se comunicaban los jóvenes en las redes. Vi en el camino que había un montón de fenómenos que tenían que ver con la promoción de la lectura y la escritura. Inconscientemente esta manera de comunicarse en la virtualidad había sido algo que ellos habían hecho desde sus necesidades, sus gustos, su manera de entender y de compartir. Me di cuenta de que había todo un mundo que los adultos no estábamos atendiendo.

Enredados se convirtió, entonces, en un libro con un abordaje cercano al reportaje y al ensayo sobre las diferentes experiencias relacionadas con el uso de las redes sociales por parte de los chavos. Me di cuenta que casi nadie hablaba de la parte positiva de estas prácticas. Algo que nació en un principio para la juventud lectora se convirtió en un libro de apoyo para los docentes. Enredados funcionó porque, además, cuenta, por ejemplo, con un capítulo relacionado con el origen de la palabra y otro sobre la terminología que nació en la red.

En lugar de lamentarnos por el uso que le damos a las redes, ¿por qué no pensar en lo que yo llamo la Twitteratura, las minificciones, los minicuentos? ¿Por qué no detenernos en las muchas cuentas relacionadas con el buen uso de la lengua o con la detección de lo contrario? ¿Por qué no reparar en la manera de promover la escritura a través de las redes? Dentro de todo ese mundo virtual, existen personas que escriben bien y otras que escriben mal. Siempre han sido más los que escriben mal, nada más que ahora están más visibles. Ésa fue mi conclusión.

Los muchachos tienen unos códigos —como todos los tuvimos cuando tuvimos esa edad— y con ellos de lo que se trata es de trasgredir, de ser diferente a los adultos. Nosotros lo hacíamos de forma oral y esta generación, la actual, lo lleva a cabo por escrito y a la vista de cualquiera. Por eso nos alteramos más. Los chavos ahora están escribiendo y leyendo más que nunca, a diferencia de nosotros cuando teníamos su edad. Ponen por escrito su manera de hablar y eso es novedoso. Ahí creo que está la responsabilidad de los mayores: entender que existen códigos diferentes para hablar entre y con ellos, que es una jerga, una situación lingüística más coloquial que debe quedarse ahí. Porque en el momento que ellos salen de ese contexto y tienen que escribir un examen, una carta, un ensayo, una solicitud de trabajo, un discurso público, ahí es donde ellos necesitan tener conciencia que así no pueden escribir. Que existe otros códigos de escritura.

Enredados se sigue vendiendo a pesar de que han surgido nuevos fenómenos en las redes durante los tres años que lleva publicado. Su base de contenidos sigue siendo útil y le da a los maestros atajos innovadores para que encuentren sus propios caminos pedagógicos y de comunicación con sus alumnos. El libro puede lograr una conciliación entre las nuevas tecnologías y la enseñanza formal.

Funderelele también fue un encargo. Nació en redes sociales. Yo compartía palabras que me iba encontrando con un hashtag en mi cuenta de Twitter (@Lauentuiter ) porque me parecía increíble que algunas cosas que nosotros teníamos alrededor tuvieran nombre y nadie lo conociera. Y a mí que siempre estoy rodeada de palabras y siempre estoy leyendo, se me antojó compartir cada vez que descubría objetos y acciones de las que desconocía los nombres con los que habían sido bautizados. La editorial Planeta se fijó en ese hashtag y su aceptación entre el público y decidió que lo convirtiéramos en un libro.

Entre la editora y yo fuimos viendo la manera de no convertirlo en un diccionario. Terminó siendo un libro de anécdotas que ahora puedo decir, hace casi un año de publicado, que son mis historias de amor con esas palabras: cómo las conocí, cómo llegaron a mi vida, cómo las adopté y cómo me han acompañado durante años. Quiero invitar al público con los ejemplos en Funderelele a que busquen sus propias historias con estas palabras y con otras. Trato de llamar la atención ante el vocabulario que nos rodea. Nuestro idioma es muy rico y en lugar de recurrir a frases para definir un objeto podemos usar la palabra que lo define. Funderelele es una invitación a observar las palabras. A ponerles más atención. A hacer ese recuento de las historias que todos tenemos con ellas. Me dedico a contagiar mi pasión por las palabras.

Enredados y Funderelele son dos proyectos que tienen como fin hacer una llamada atención sobre nuestro vasto y hermoso vocabulario. Ambos van encaminados a que no pase de largo el idioma español. Todos mis proyectos en la televisión, en la radio canciones y medios van dirigidos al mismo fin.

Conocemos de tu activismo a favor de la lectura a través del «Librotón». ¿Cómo nació esta iniciativa?

El proyecto del «Librotón» nació en 2011 cuando me invitaron al Festival de Palabras en Santiago de Anaya, un municipio del Valle del Mezquital en Hidalgo, como una hora y cacho de Pachuca. En aquel festival yo conté cómo me hice lectora y los libros que me habían acompañado desde mis inicios hasta ahora. La jornada también incluyó la inauguración de una biblioteca que se había abierto en la Secundaria Técnica 17 y a la que le dieron mi nombre.

Estando en ese espacio, me di cuenta de que el acervo literario era muy escaso, y puesto que yo tenía mucho contacto con editoriales, y me mandaban muchos libros, decidí que tenía la oportunidad de mandar ejemplares —una o dos cajas, más o menos— cada vez que los reuniera en mi casa.

Con el tiempo vi que había mucha gente que estaba dispuesta a compartir sus libros y a unirse a la causa. Fueron dándome cajas y más cajas. Tengo muchos amigos que se dedican a difundir las letras y todos me dieron libros. Fui acumulándolos en casa hasta que se me ocurrió utilizar mi exposición en medios para hacer un llamamiento a cualquiera que quisiera donar libros. Aquello se terminó convirtiendo en un día al año, el «Librotón» en el que junto amigos músicos y escritores comenzamos a leer poemas y distintos tipos de textos y a tocar canciones con el pretexto de ir a donar libros.

Venancio Norten, la persona que coordina todo esto desde el Valle del Mezquital, viene a la Ciudad de México con un camión. Lo llenamos de libros y se regresa para hacer una distribución según los lugares beneficiados. Porque, por cierto, ahora ya son nueve espacios que reciben estos libros. Librerías comunitarias, bibliotecas escolares, bibliotecas municipales. Él va haciendo una distribución de libros porque nos llega de todo. Provienen de editoriales que tienen lotes de libros en bodega. A veces son ejemplares de algunas revistas que tienen que ver con las palabras y a veces son enciclopedias que la gente tiene en casa.

El «Librotón» ha pasado por diferentes etapas. Hemos ido mejorando siempre con el reto de mantener todos nuestros esfuerzos altruistas. Nadie recibe ni un solo peso. Es más, todo nos cuesta porque pues también les invitamos de repente unas pizzas el día que nos reunimos o es necesario pagar los transportes, por decir. Sin embargo, todos los músicos vienen a tocar gratis, y todos los escritores vienen a donar su tiempo.

El año pasado no pudimos realizar la reunión anual. Yo me encontraba en una situación personal un poco delicada que me impidió tener la estabilidad para organizarlo. Pero este 2019, aunque todavía no tenemos fecha, esperamos organizarlo y poder seguir mandando libros al Valle del Mezquital.

Para anunciar el «Librotón» solemos hacer una convocatoria anual con carteles que difundimos en redes sociales para todos aquellos que quieran ir revisando sus libros que no van a volver a leer y que tienen en las estanterías. Los invitamos a darles un uso que extienda su lectura y a heredar ese tipo de lectura para hacer un mundo mejor. Creemos firmemente en la voluntad de la gente en querer ayudar y darle muchas vidas a un mismo texto.

El portal de Internet «Sopitas» ha sido un gran aliado en todo este tiempo para el «Librotón». Ellos elaboraron un reportaje cuando fuimos a donar libros y en él cuenta un poco cómo es la vida en Santiago Anaya. Gracias a su difusión y apoyo, han puesto en marcha a gente para ayudarnos a pedir libros, a cargarlos, a trasladarlos. Francisco Alanís, al frente de Sopitas, ha sido clave al igual que Cinthia Remolina en comunicación y apoyo logístico. Venancio Norten y la gente de Santiago Anaya también se han volcado en este proyecto, al igual que editoriales, amigos y público en general. Para ser parte del «Librotón», la invitación está permanentemente abierta.

Frase:

«En lugar de lamentarnos por el uso que le damos a las redes, ¿por qué no pensar en lo que yo llamo la Twitteratura, las minificciones, los minicuentos? ¿Por qué no detenernos en las muchas cuentas relacionadas con el buen uso de la lengua o con la detección de lo contrario? ¿Por qué no reparar en la manera de promover la escritura a través de las redes? Dentro de todo ese mundo virtual, existen personas que escriben bien y otras que escriben mal. Siempre han sido más los que escriben mal, nada más que ahora están más visibles».

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