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Edición 613

Historia

La Batalla de La Angostura

Mucho se ha hablado acerca de la traición de Santa Anna a la República Mexicana, lo que da una explicación a la casi ganada Batalla de la Angostura, al sur de Saltillo

Luis García Valdez

Parte II

En cuanto a la Batalla de la Angostura se manejaron varias excusas para tratar de justificar algo que no tiene justificación. Por ejemplo, se habla de un levantamiento en la capital en contra del gobierno, que ahora sabemos que también fue preparado por el gobierno americano por medio de su representante oficial en la ciudad de México. Otra excusa fue la falta de artículos alimenticios para sostener al ejército.

El General Francisco Pérez dijo que el «aseguraba que el espíritu de la tropa era mejor para batir a un enemigo que acababa de ser derrotado; que él se comprometía a conducirla al combate, pero no habiendo con qué mantenerla opinaba que se cambiara de posición». En parecidos términos opinaban los demás generales. Santa Anna ordenó la contramarcha «cuando el ejército mexicano presentaba como trofeos de su victoria las posiciones quitadas al enemigo, así como tres cañones, cuatro carros de parque, una fragua y varios prisioneros».

Todo lo que podía hacerle falta lo encontraría el ejército mexicano del campo de Taylor. La situación de los americanos era insostenible. Sin embargo, Santa Anna ordena regresar a través del desierto hasta San Luis Potosí, en busca de víveres, y todavía tuvo la generosidad de enviarle al enemigo 400 prisioneros.

El Coronel Manuel Balbotín refiere (la invasión norteamericana): «no se puede negar que los americanos combatieron brillantemente, ni que su General maniobró con habilidad, pero a pesar de sus esfuerzos tenía perdida la batalla desde el momento en que nuestras tropas rebasaron la izquierda de sus líneas. Sin las faltas cometidas por nuestros generales, sin la carencia y dirección que se notó desde aquel momento crítico, la posición del ejército americano era insostenible». Así sin duda lo juzgó el general Taylor, comenzando a preparar su retirada por el camino de Saltillo. El general Taylor estaba encerrado en una garganta cuyas salidas ocupaba el ejército mexicano.

Santa Anna cumplía sus compromisos secretos de La Habana. En cambio, los yanquis después de haber recorrido el innoble expediente del cohecho y la corrupción, traicionaron a su cómplice dando a conocer en sus periódicos, impúdicamente, el arreglo infamante para uno y otro de los pactantes.

Don José Fernando Ramírez, amigo de Santa Anna, refiere: «ha caído como un rayo en almacén de pólvora la noticia que trae El Heraldo de Nueva York y que ha circulado muy de secreto. Ahí se dice bajo la fe de una carta escrita en esta ciudad, que Santa Anna ha celebrado un tratado secreto con los EU por el cual se obligó abandonarles los estados invadidos o parte de ellos, disponiendo las cosas de manera que nuestras tropas opongan débiles resistencias a fin de que después de varios reveses la nación se preste a celebrar la paz de cualquier manera. En premio de esto los EU garantizan a Santa Anna la presidencia por 10 años, durante los cuales se dispondrán también las divisiones territoriales de manera que fácilmente vayan agregándose a la confederación americana hasta que su pabellón domine todo el continente».

Otro periódico americano se encargó, algunos años después, de exhibir a los triunfadores de La Angostura. The Sunday Chronicle, de San Francisco, California, publicó el 5 de enero de 1890, la siguiente información:

«Refiriéndose a un aserto recientemente hecho de que el general Zacarías Taylor ganó la Batalla de Buenavista (La Angostura) con dinero y no peleando, el señor James Rabb, banquero muy conocido en Vincenes, le dijo al corresponsal de The Sun of New York en Indianápolis: “el presidente Polk le dio al general Taylor cuatro millones del fondo secreto y le dijo que si se veía apurado con Santa Anna lo comprara. Respecto a esto, el Capitán Blood, de Louisville, me dijo que el día de la batalla y como a las tres de la tarde, el General Taylor estaba completamente derrotado y me mandó con otros dos a llevar una proposición escrita sobre que si no atacaba mucho más aquella tarde y dispersaba su ejército en aquella noche le daría cuatro millones. Aceptó en el acto y en el acto recibió el dinero”».

El periódico mexicano que reprodujo en esa época la nota de The Sunday Chronicle comenta: «que el día 23 de febrero de 1847 Taylor fue derrotado es un hecho muy conocido y por todos confesado, y que esa misma noche a la luz de una brillantísima luna se retiró el ejército mexicano en mal orden a Agua Nueva, así como el general Santa Anna salió esa noche en posta para la capital de la República».

Conocíamos a nuestros vecinos como compradores de territorios al por mayor, como traficantes en soberanías y libertades humanas, con ciencias y honras, pero no sabíamos que fueran también compradores de batallas, de gloria y de heroísmo. Y conste que no somos nosotros los ofendidos, sino ellos los que lo afirman.

Don Valentín Gómez Farías había insistido infructuosamente acerca de la iglesia para obtener un préstamo con que sostener la guerra patriótica. El clero negó sistemáticamente su ayuda.

Don Valentín entonces envió al Congreso un proyecto de ley cuya esencia era la siguiente: «se autoriza al gobierno para proporcionarse hasta 15 millones de pesos a fin de continuar la guerra con los Estados Unidos, hipotecando y vendiendo en subasta pública bienes de manos muertas, al efecto indicado».

Después de una serie de tormentosas discusiones, el Congreso aprobó el proyecto de Don Valentín. El 22 de febrero, el mismo día que se iniciaba la Batalla de la Angostura y que se tuvo la noticia del desembarco de Scott en Veracruz, una parte de la guardia nacional, integrada por jóvenes de las privilegiadas, —«Los Polkos»— se reveló contra el gobierno en la capital de la República y en otros lugares.

La rebelión de Los Polkos, auspiciada por el clero bajo la intriga de Beach, distrajo la actividad de cinco mil hombres de todas las armas y consumió municiones y recursos de todo género durante 23 días impidiendo el gobierno toda posibilidad de auxiliar a Veracruz o fortificar a ciertos puntos claves en el camino de la costa a la capital.

No había armas ni recurso por infame que fuese que no estuviera dispuesto a emplear el gobierno yanqui para lograr sus propósitos. Para ello siempre ha contado en México con la complicidad de la Iglesia y de los vende patrias de la carta de Santa Anna.

Con tales aliados y con tales métodos de lucha, los ejércitos invasores no tuvieron grandes dificultades para llegar a la ciudad de México. En esa cadena de vergonzosas derrotas y victorias compradas, hubo sin embargo dos acciones en las que no participó Santa Anna por supuesto, que salvan el honor del pueblo mexicano: Chapultepec y Churubusco.

Quisiera también hacer recalcar la reacción del pueblo a la llegada de los invasores a la ciudad de México.

El 20 de septiembre de 1847 aparecía en la ciudad de México el primer número de American Star (Estrella Americana), periódico bilingüe editado por las fuerzas invasoras. En la orden del día no. 284 el General Scott hacía saber «con el favor de Dios y valor del ejército después de muchas gloriosas victorias han sido izados los colores de nuestra patria en la capital de México, sobre el Palacio de su gobierno».

En el mismo número de la Estrella Americana informaba de haber sido colgados 16 norteamericanos que tomaron las armas a favor de México; 10 o 12 habían sido azotados y marcados con fuego en una mejilla con la letra «D» (desertor) .

Este mismo periódico tratando de halagar a la mujer mexicana publicó una nota que decía así: «no hay duda que las divinas mujeres mexicanas han sido favorecidas por la naturaleza más que ningunas otras mujeres en el mundo, a su rara hermosura reúnen un no sé que de amable gracioso y agradable que atrae desde luego nuestra atención».

En el Águila Americana, en octubre 5 del 1847, otro periódico que se publicaba por esos días, las mexicanas contestaron:

«Señores editores de la Estrella Americana: suplicamos a VV no se tomen las molestias de adularnos, pues en lugar de agradarnos lo vemos como un insulto que nos hacen los enemigos de nuestra patria».

Don Guillermo Prieto relata algunas de las escenas de la ocupación de la capital de los americanos y la reacción del pueblo a la llegada de los invasores.

«Estos demonios de cabellos encendidos, no rubios sino casi rojos, caras sabotajadas, narices como ascuas, marchaban como manada, corriendo, atropellándose y llevando sus fusiles como les daba la gana. Ala retaguardia caminaba una especie de galeras con ruedas con abovedados techos de lona, llenos de víveres y soldaderas ebrias, lo más repugnante del mundo.

«Un motivo o pretexto cualquiera... encendió los ánimos, cundió el fuego de la rebelión y en momentos invadió, quemó y arrolló cuanto se encontraba a su paso, desbordándose el motín con todo su tempestuoso acompañamiento de destrucción… llovían piedras y ladrillazos de las azoteas, los léperos animaban a los que se les acercaban, en las bocacalles provocaban y atraían a los soldados que se dispersaban… se calculan 15 mil hombres los que, sin armas, desordenados y frenéticos se lanzaron contra los invasores.

«Los yanqui vagaban como manadas; hacían fuego donde primero querían su manera de comer es increíble. Cuecen perones en el café, untan a la sandía mantequilla y revuelven jitomates, granos de maíz y miel, mascando y sonando las quijadas como unos animales. Abiertas las iglesias, los yanquis se metían en ellas con los sombreros puestos y elegían de preferencia los confesionarios para dormir y roncar como unos lirones.

«Estos yanquis ocuparon México, como aduar de salvajes comiendo y haciendo sus necesidades en las calles convirtiéndolas en caballerizas y haciendo fogatas contra las paredes lo mismo del interior de palacio que de los templos.

«Al yanqui que quiso izar la bandera el día de la entrada de los americanos le mataron de un balazo, pero por más esfuerzo que hizo la policía no pudo averiguar quién fue el matador».

«Mientras que en otros países se habla raramente de un hombre que no sepa leer y escribir, aquí es igualmente raro el hallar uno que sepa hacerlo», (The North American, 5 de febrero de 1848).

México no había sido derrotado. Había sido vendido y traicionado vilmente. Los mismos invasores lo reconocían, dijo The North American el 26 de noviembre de 1847. «La traición de Santa Anna y de los que componían su gobierno será trasmitida a la posteridad como la maquinación más infame con que jamás se vendió a un pueblo y arruinó a un estado. El epitafio que se pondrá sobre él en otros tiempos escudo de México dirá: sucumbió esta nación porque sus hijos fueron desleales a su patria y al resto del mundo».

Los tratados que sancionaban el despojo fueron suscritos el 2 de febrero 1848 en la villa de Guadalupe Hidalgo.

Para terminar quisiera decir que en aquellos tiempos, como ya hemos visto, había un descontento general contra los soldados americanos y el pueblo quería hacerles saber en su idioma que no los querían en la ciudad. Vieron que el uniforme de los soldados era de color verde y también supieron que verde en inglés es la palabra green y go significa vete, entonces el pueblo empezó a decirles green-go, o sea verde vete, descendiendo de esta historia la palabra gringo para identificar a los americanos en la actualidad.

*El autor es cronista de Abasolo, Coahuila.

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