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Edición 611

Imaginario colectivo

Los hampones llegaron a La Laguna

En nombre de VISA, Sanborns y Galerías, una agencia de viajes obtiene datos personales de los residentes de Torreón, Gómez Palacio y Lerdo con la falsa promesa de regalarles una estadía en lujosos hoteles de algún paraíso tropical

Renata Chapa
Twitter: @RenataChapa
Email: centrosimago@yahoo.com.mx

Era un número desconocido. ¿Por qué contestarlo? Es que a veces así de lánguida es la cotidianidad y así de abrupto es el cerebro reptil que Dios nos dio desde tiempos cavernarios. Al primer salpicar de adrenalina, la tentación suele ser irresistible.

— Buen día. ¿Con Renata Adriana Chapa González?

— Sí. Dígame.

—Gracias, señorita Chapa. Le hablo del área de tarjetas de crédito VISA. Hemos revisado su historial crediticio y nos dimos cuenta que no ha sido notificada del obsequio al que usted se hizo acreedora por el cumplimiento de sus pagos. ¿Alguien le había avisado de esto vía telefónica o por correo electrónico?.

—No, joven. Es la primera noticia que tengo sobre el tema.

—Siendo así, reciba una disculpa por parte de VISA y permítanos entregarle su regalo. Estamos muy apenados de que esto haya sucedido y más siendo usted una clienta cumplida. Tenemos para usted una cortesía de tres días y dos noches en un hotel de cuatro a cinco estrellas en el interior de la República Mexicana.

—Muchas gracias. Suena bien. Pues usted dirá.

—¿Tiene con qué anotar? Le voy a dictar una clave y el nombre del ejecutivo de VISA que le hará entrega de su premio.

—De acuerdo, joven. Supongo que él me recibirá en la sucursal de Santander donde me expidieron mi tarjeta de crédito VISA.

—No, señorita Chapa. En esta ocasión no haremos las entregas de las cortesías de hotel en las sucursales bancarias. Le vamos a suplicar que por favor acuda al restaurante, ubicado al interior del complejo comercial, Galerías Laguna, en Torreón, Coahuila, entre cinco de la tarde y diez de la noche. A la hora que se le facilite. Sólo lleve una identificación oficial, muestre su plástico VISA, no será necesario que lo entregue ni que dé otro tipo de información. Sólo con la clave, identificación y tarjeta VISA usted podrá recoger su cortesía.

Anoté. Confirmé. Agradecí. Colgué. Puse mi recordatorio fluorescente en la puerta-agenda del refri. Un tanto en broma, un tanto en serio, pero ahí planté esa semilla.

Algo no terminaba de cuadrarme. Dar un regalo por parte de VISA no me extrañaría, pero, ¿preocuparse así para dármelo? ¿Corroborar si ya me habían buscado para hacer la entrega? ¿Dos noches en un hotel de cuatro o cinco estrellas? Caray. Una deferencia, en verdad, inusual. Pero hasta cierto punto creíble porque se trataba... ¡de VISA! ¡de Sanborns! ¡de Galerías Laguna! ¿Cómo iban a prestar sus nombres esas tres firmas en la intentona de engañar a clientes? ¿O sería que el anzuelo telefónico tenía que ver con algo más grave, de mayor peligro, maquillado con el renombre comercial? Sólo podía enterarme si me presentaba a la cita. Otra vez apareció la necesidad —ahora hasta morbosa— de colorear una hoja más del almanaque.

El encuentro

Al llegar el día pactado, a media mañana recibí otro cortés mensaje:

—Señorita Chapa, qué tal. Le llamamos de nuevo por parte de VISA para recordarle su cita de esta tarde y confirmar su presencia en el restaurante Sanborns de Galerías Laguna.

La historia se seguía escribiendo sola. Yo estaba lista.

A las cinco y treinta de la tarde, 11 personas hacíamos fila en la entrada del restaurante, afamado desde antaño por sus enchiladas suizas.

—Disculpa, ¿vienes a lo del premio?

—Éste, pues…, sí. ¿El de VISA?

—Sí, aquí es. Aquí va la fila.

En la entrada del restaurante, una señorita iba anotando nuestros datos: nombre completo, edad, celular y correo electrónico. Es decir, información que, en teoría, VISA ya conocía a través de su base de datos. En ningún momento me solicitó la identificación oficial ni la tarjeta de crédito, pero sí me solicitó la fecha de vencimiento del plástico. Unos y otros fuimos recibidos —de manera personalizada— por sonrientes caballeros de pantalón satinado, camisas blancas y pelo engominado.

—¿Señorita Renata Adriana Chapa González?

—Soy yo.

—Mucho gusto, señorita Renata. ¿Ya le tomaron por aquí sus datos?

—Sí, joven.

—Excelente. Acompáñeme, por favor, para entregarle su cortesía y que me firme de recibido.

Aquel hombre con pinta de treintañero y yo comenzamos a caminar rumbo al nivel superior del restaurante, al lado del área de juegos para niños. Al llegar, vi cómo estaban otros entusiastas hostess, unos quince hombres y mujeres, cada quien en su mesa, atendiendo a los ganadores. Los vi de reojo y me pareció extraño, primero, tantas personas destinadas a la atención a los usuarios de la tarjeta VISA; segundo, la comunicación no verbal de los encorvados y serios clientes de VISA y visitantes de Sanborns en Galerías Laguna. Qué raro: nosotros sólo íbamos por nuestro pase a algún hotel lindo de México y punto.

— Tome asiento, señorita Chapa. Bienvenida. Qué bueno que nos acompaña en esta tarde. Voy a completar esta forma antes de darle su cortesía por dos noches en un hotel de cuatro o cinco estrellas en alguna de nuestras hermosas playas mexicanas. ¿Qué belleza de regalo, no? Oiga, y sobre todo, merecidísimo después de tantos gastos que usted realiza a través de su tarjeta de crédito y que, hablando con la verdad, señorita Renata, sólo le dan a ganar al banco. ¡Ya era hora que usted recibiera una recompensa! Porque eso de que sólo los ricos saquen ganancias, pues, no, eso no está bien, ni tampoco que no le hayan avisado que usted se había ganado este premio. Pero, bueno, dígame, señorita Chapa, qué playas le gustan más, ¿Acapulco, Cancún, Puerto Vallarta, Los Cabos? ¿A dónde se va a ir a disfrutar su regalo? Porque seguramente usted ha viajado a alguna de ellas y sabe que son un verdadero paraíso. A ver dígame, señorita Renata, cuándo fue la última vez que viajó y a qué parte fue. Más o menos recordará también cómo cuánto gastó en esas vacaciones. ¿Y cómo cuánto gana usted al mes? Le pregunto estos datos porque nuestra agencia de viajes es de alto prestigio internacional y con su perfil como tarjetahabiente sabemos que aprovechará al máximo las noches de hotel que estamos por entregarle. Se ve que usted tiene muy buen gusto y sabrá elegir con clase. Y precisamente por eso, porque se ve una mujer decidida, libre, segura, quiero preguntarle su profesión, señorita Chapa. Disculpe, ¿a qué se dedica usted?

—Soy periodista desde hace casi veinte años ya. Me encanta conocer historias de éxito como la que hoy me toca vivir con usted y con sus colegas, para luego poderlas compartir a detalle con mis lectores de los diferentes medios de comunicación en los que colaboro. Sobre todo, estoy segura que esta vivencia será un trancazo en las redes sociales. ¿Doble premio el que entonces me llevo, no cree?

—¡Pero por supuesto, señorita Renata! Qué bueno que le guste tanto su carrera y ayude a la gente. La felicito mucho y en estos momentos procedo a terminar mi entrevista con usted para entregar forma completa con sus datos a mis compañeros de la mesa de atrás. Ellos serán los encargados de revisar su perfil en nuestros archivos. Mientras tanto, también le comento que tenemos otros regalos para ustedes como son botellas de vino tinto de cosechas finas y aparatos de tecnología computacional que a través del sistema MP3 le posibilitarán un mejor manejo de sus datos, señorita. No me tardo. Permítame que verifiquen su información y regreso en unos segundos. No tardo.

El engaño

Marañas y más marañas. Patrañas y más patrañas. Incomodísimo momento. Qué espeluznante manera de tener que sobrellevar un discurso a todas luces hipócrita. Tanto por parte del emisor como por mí. Acababa de escuchar casi una réplica de la narrativa de los vendedores de cobertores San Marcos y tinas de plástico que se colocan en las ferias, con su micrófono colgado al cuello, para luego aventar por aquí y por allá sus verbos y productos.

Y en ese mismo tenor estaban los vecinos de mesas, con sus ráfagas de preguntas, de opiniones, de explicaciones. Yo seguía viéndolos con una mezcla de curiosidad y enojo, ésa que me nubla el lóbulo frontal y no me deja maniobrar como de verdad quisiera: con la inteligente frialdad matona de Marlon Brando en El Padrino; con la sagacidad desvergonzada de los camarógrafos del programa «Cheaters»; y con la alharaca al grito de guerra de “¡Que pasen los desgraciados!” de Laura Bozo.

—Listo, señorita Chapa. Ya regresé. Entregué la forma y le agradecemos mucho haber atendido a nuestra cita. Consultamos en nuestros archivos (?) y es acreedora a uno de nuestros regalos. Se lo entrego aquí, esperando que tenga la mejor de las tardes. Un gusto conocerla.

—Muchas gracias, joven. ¿Y esto qué es?.

—Como le decía, señorita Renata, en nuestra agencia de viajes tenemos distintos regalos por compartirles. Y en su caso, según la información que tenemos registrada y la que nos proporcionó, le corresponde este premio.

Aún sin entender bien a bien en qué me había metido ni de dónde habían salido esos engañadores profesionales que tenían tomado por asalto —rentado, evidentemente— una considerable área del Sanborns de Galerías Laguna, ni tampoco cómo ofrecían y aceptaban un trabajo con ese alto nivel de cinismo, mi informador y yo comenzamos a caminar rumbo a la puerta de salida del restaurante. Y casi por salir, no me iba a quedar con la duda. Necesitaba la corroboración del engaño y el cierre del proceso de fraude destinado a obtener datos de personas residentes en La Laguna para quién sabe qué fines.

—Joven, disculpe, tengo un par de dudas. ¿Y el personal de VISA dónde está?

—Desconozco, señorita Renata. Yo trabajo para la agencia de viajes.

—¿Y mi cortesía por las dos noches en un hotel de cuatro o cinco estrellas en cualquier punto del país?

—Es como ya le expliqué, señorita. Sus datos en nuestros registros arrojaron un perfil que ameritó el regalo que le acabo de dar. Ni las botellas de vino ni las noches de hotel las pudo acreditar dado su nivel de gastos a crédito.

—Pero a mí me dijeron por el teléfono que me llamaban por parte de VISA, que viniera por mi cortesía de hotel, que mostrara una identificación y mi tarjeta de crédito VISA. Que no me iban a pedir más datos. Y nada de eso sucedió. ¿Entonces, qué procede, joven?

—Desconozco, señorita. Lo que le hayan dicho por teléfono no es mi responsabilidad.

El coraje

Con un aparato MP3 color lila en mi mano, a todas luces «Made in China», tan fraudulento como toda la experiencia vivida, salí asombrada y asqueada del Sanborns de Galerías Laguna.

Paso número uno, no enojarme conmigo misma porque había sido mi decisión acudir a la inusual cita, salir de dudas y seguir las indicaciones de extraños bajo mi creencia que representaban a VISA y no a una equis agencia de viajes fantasma, sin duda, inexistente en el mercado. No podía molestarme porque perdería el foco y, además, estaría en riesgo personal si me regresaba a escandalizar, dada la información que ellos ya tenían sobre mí y operaban con total autonomía.

Paso número dos, enojarme e indignarme, ahora sí, por los otros incautos que, como yo, también habían desperdiciado su tiempo, que habían dado sus datos y puesto, así, en peligro su seguridad.

Paso número tres, contactar de inmediato a colegas reporteros de El Siglo de Torreón, de Milenio, de Megacable, para informarles lo que sucedía en esos momentos en el Sanborns de Galerías Laguna para que fueran a tomaran nota in situ.

Paso número cuatro, preguntarme qué harían las marcas VISA, Sanborns y Galerías al conocer lo sucedido en este medio de comunicación. ¿Sentirían el mismo desconcierto que los engañados? ¿Tendrían el profesionalismo de dar seguimiento a lo que pasó? ¿Podrían considerar medidas de seguridad congruentes con la confianza que sus clientes hemos depositado en sus servicios? ¿Darían la cara para informar el resultado de sus investigaciones, en caso de llevarlas a cabo?

El caso es que un grupo de hábiles hampones opera en nuestro país para obtener información de residentes en Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, y con certeza, andan por otras partes de la República, explotando la credibilidad que VISA, Sanborns y Galerías han construido en el imaginario mexicano.

¿Para qué quieren esos datos? ¿De dónde viene la inversión para subsidiar los salarios y viáticos de su ejército de mentirosos? ¿Qué pasa por la mente de cada uno de ellos cuando aplica para estos puestos en donde son pagados por engañar? ¿Quiénes son sus jefes? ¿Tendrán que ver con ellos las tres empresas mencionadas?

El caso aquí queda abierto, con los riesgos y responsabilidades que amerita. Está a disposición de quien guste quedarse con el MP3. Ni mis hijas lo quisieron

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