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Edición 611

Crónica

De cómo las apariencias engañan

De pronto, frente a mí, se encontraba aquel hombre; gritando al frente del público, como victorioso, levantando su mano derecha, como un gran líder, después de ganada una batalla

Fernando H. García

Suelo hacer fotografía de calle; urbana, si se le quiere llamar así. Me gusta salir con algún objetivo y cámara en mano, o simplemente con el celular, y hacer fotografía de todo aquello que me llame la atención. Así conocí a este personaje, de quien les cuento ahora un poco.

Aunque en primera instancia no sabía su nombre, ni siquiera sabía si era capaz de pronunciar palabra alguna, consciente o inconsciente, sabiendo que, o estaba mal de sus facultades mentales, o era un drogadicto más de la plaza.

Me refiero a la plaza Benjamín Canales en la hermosa ciudad de Acuña, al norte de Coahuila. Y es que ahí existe un foro para eventos artísticos y culturales de toda índole. Es hermoso porque es al aire libre, le flanquean árboles y al fondo a la derecha, la iglesia del pueblo dedicada a la Virgen María; por cierto, ahí se filmaron un par de escenas de la película Érase una vez en México, segunda parte de El Mariachi, con el buen Antonio Banderas.

El primer encuentro con este personaje de quien les hablo hoy, fue un día que daba un taller de fotografía de calle, ahí, justamente en esa plaza. Me pareció extraño ver un hombre acostado en el piso, dormido, descansando y a su vera, un perro pequeño, peludo y negro, atado a una gran cadena, vigilando el sueño de su dueño, cual fiel escudero.

Me había parecido verle en tiempos pasados pues ya había llamado mi atención la forma de traer a ese animal con cadena al cuello, aunque nunca se le veía forzado. No me había llamado la atención fotografiarle. Esa tarde, como un impulso natural, la cámara llegó a mi ojo, de ahí el lente apuntaba hacia aquel hombre dormido, o hacia aquel animal, guardián de sueños, gendarme de su amo.

Esa tarde le tomé las primeras fotografías, aunque no me quedaba claro para qué tomarle fotos a una persona dormida en la plaza; y es que, en realidad, no me gusta mucho exponer este tipo de eventos, ni a las personas; menos de esta manera.

Un par de semanas después fui contratado para documentar un evento de folclor en aquel monumental escenario. Por lo general, procuro llegar con tiempo a mis compromisos, más tratándose de eventos al aire libre, pues logro capturar rostros e imágenes de emociones entre la gente que va asistiendo a tal o cual evento, además de acomodar mi equipo de trabajo estratégicamente.

Para mi sorpresa, ahí estaba él, con su perro en brazos. La plaza estaba llena, había sillas para que el público pudiera sentarse y deleitar de una manera más cómoda el evento. Faltaban algunos minutos para iniciar. Esa noche se presentaba un ballet folclórico local, pero dentro de un festival internacional.

De pronto, frente a mí, se encontraba aquel hombre; gritando al frente del público, como victorioso, levantando su mano derecha, como un gran líder, después de ganada una batalla. Volví a tomar mi cámara, le fotografié de nueva cuenta; victorioso, feliz, rebosante de energía.

Para mi sorpresa, al verme, se fue directo a su perro, lo cargo y empezó a posar con aquel animal, justo para mí, para nadie más; yo no sabía qué hacer. Fue tal el impacto, que no podía creer lo que tenía frente a mis ojos. Aquel hombre, que aún no sé si estaba borracho, drogado, o sabe Dios poseído por qué tipo de demonio, estaba frente a mi cámara, tal cual modelo de revista, él y su perro, como si me hubieran contratado para la ocasión.

Reaccioné de mi shock, tomé la cámara y solté algunos disparos; no sabía siquiera si estaba enfocada o no, si tenía la exposición correcta o no, solamente disparaba fotos. Aquel hombre no dejaba de sorprenderme, se movía de un lado para otro, sabía muy bien lo que hacía, así, hasta que inició el evento.

Al llegar a casa, quise ver rápido aquellas imágenes, las revelé en mi laptop, pero no sabía qué hacer con ellas. No quería subirlas a mis redes sociales, pensé que tal vez me podrían servir para algún concurso o simplemente debería guardarlas para alguna ocasión; no podía con aquella emoción.

Y es que ver a aquel personaje, cargando a su perro, posando, sonriendo, haciendo caras, acomodándose ante mis ojos, era algo que realmente nunca esperaba ver.

A casi un año de aquellas fotos, hace un par de días acudí nuevamente a dar taller de calle a aquel maravilloso foro; ese era el punto de encuentro con mis alumnos. Me sorprendí al ir acercándome, que ahí estaba aquel buen hombre; comiéndose unos nachos, que alguna buena alma caritativa le había obsequiado.

Mi primer instinto fue el de no acercarme; nunca se sabe cómo va a reaccionar un personaje como éste. Pero al ir llegando, me volteó a ver; su mirada era fuerte, como enojado, y al acercarme, me preguntó en perfecto español —¿Nos conocemos, somos amigos?

Esto me dio pie para entablar una buena conversación con él.

Claro, —le contesté con tanta seguridad, que hasta yo mismo me asusté— Somos amigos y hasta tengo unas fotos tuyas y de tu perro, —le dije—. Vi cómo me miraba, con extrañeza, con incredulidad, sin saber si le decía la verdad o me lo estaba cotorreando.

Mira, —le dije sacando de mi celular sus fotografías—. Las llevaba guardadas en una carpeta compartida, por si se daba la ocasión de usarlas. Al verlas, su rostro cambió, una gran sonrisa salió entonces; su mirada se transformó en dulzura, así como la de un niño al ver un juguete nuevo.

Aquel tipo de tez dura, ahora era manejable, estaba consciente dentro de su locura, claro está. Le llamó al perro, su aún fiel compañero, para que viera aquellas fotos también. ¿Cómo se llama el perro?, —pregunté al instante—. Johnny —me respondió— Y tú, ¿Cómo te llamas?, le lancé la segunda pregunta. Johnny, —me contestó— Ahora el que no sabía quién cotorreaba a quién, era yo.

Entendí que ambos se llamaban Johnny, de ahí que lo he venido mencionando con constancia, para que nunca se me olvide. Pero, ¿Quién era en realidad Johnny? Una pregunta muy compleja, llena de misticismo del más puro, porque, dentro de aquella realidad, su realidad, yo no podía comprender cuál era mi realidad ante él.

El muy tremendo Johnny se puso a jugar con su perro, le hacía hacer malabares frente a mí, ‘ora le decía que moviera la cola, ‘ora le decía que le diera un beso; la idea, era que yo viera que no era un perro común y corriente y que aquel animal le obedecía sin reclamo alguno. No cabe duda, que por eso dicen que el perro es el mejor amigo del hombre.

En un momento de lucidez, le pregunte que dónde vivía; sus ojos me voltearon a ver, con tanta intensidad, que sentía que me atravesaba los ojos. Me comentó que vivía en el cielo entre ángeles que le dejaban bajar a la tierra, a vivir como humano, a ser feliz en su irreal mundo.

Cuando le pregunté si tenía familia, su respuesta fue un poco más cautelosa, sus ojos cambiaron, fue como haber tocado una parte muy emocional en él. Se acercó lentamente a mis oídos. Por un momento me asusté un poco, pensé si me mordería y quedaría yo en plan Van Gogh. Sus palabras fueron tan serias, tan lentas, tan suaves: «mi esposa me dejó, me engañó con muchos hombres». Así de cruel, así de honesto y rápido su enojo ante la vida. Sus ojos eran más pequeños, con lágrimas saliendo de ellos, nunca pensé llegar a tanto con un personaje como él.

En ese momento una señora se acercó a darle un pedazo de pan, él le dijo que yo era fotógrafo, que posara también para mi lente. La señora amablemente accedió y se acercó a Johnny, como si se conocieran de tiempo atrás, posaron para mi lente, como si fuera yo contratado para ellos.

No he vuelto a saber de él desde aquel día. No me he dado la vuelta por aquella plaza para ver a mi amigo Johnny, para tomarle más fotos, para ser felices los tres, por lo menos un momento de esta vida loca. E4

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