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Edición 609

Imaginario colectivo

Quién planea el PLANEA

Humanizar una prueba le da contexto necesario y útil, pues no hay que olvidar que la consciente o inconsciente y siempre presente, falibilidad humana tendrá un porcentaje de presencia

Renata Chapa
Twitter: @RenataChapa
Email: centrosimago@yahoo.com.mx

Tiene cáncer. ¿Quién lo dice? La prueba de laboratorio.

Le fallan las bujías. ¿Cómo sabes? Por la prueba de la computadora.

Es culpable. ¿En qué te basas? En el detector de mentiras.

Está reprobado. ¿Según quién? La prueba del PLANEA.

Ni en todos los casos y ni en todas las circunstancias: quienes creen que una «prueba», por el mero hecho de serla, es verdad acabada, andan errados.

Es cierto que al escuchar las palabras «prueba», «evaluación» o «examen» damos un voto de credibilidad casi en automático. No sólo por lo que sicológicamente implica el hecho de ser examinado por un tercero que, además, suponemos experto y profesional, sino por el sinnúmero de veces que hemos tenido contacto con pruebas y sus resultados han sido fidedignos, confiables y determinantes en la historia de nuestra cotidianidad.

Volvamos a los cuatro ejemplos anteriores para responder a nuevas preguntas que cierran cada frase.

Tiene cáncer. ¿Quién lo dice? La prueba de laboratorio. ¿Cuántos casos conoce de personas que recibieron la noticia de estar enfermas de cáncer y, luego del viacrucis emocional y económico que esto representa, se enteran que los exámenes arrojaron datos equivocados? Vea el documental Health en Netflix y acertará.

Le fallan las bujías. ¿Cómo sabes? Por la prueba de la computadora.

¿Cuántas experiencias amargas lleva en sus estados de cuenta con motivo de un diagnóstico mecánico equivocado, pero sustentado con los datos que aparecieron en una caja negra, la «computadora», que conectan al motor del auto? Consulte en la Profeco la cantidad de demandas interpuestas contra talleres mecánicos y acertará.

Es culpable. ¿En qué te basas? En el detector de mentiras. ¿De cuántos relatos de injusticia penal se ha enterado usted? ¿Cuántos seres humanos han sido destazados en vida por los resultados de un polígrafo que, como suele suceder con la tecnología, tiene limitaciones mecánicas, o está a cargo de personal no necesariamente competente y que, al igual que el examinado, también depende de condiciones variables, a veces inesperadas? ¿Cuántos culpables, cuántos inocentes? Busque en la red el artículo de Morton Travel, «“El detector de mentiras”: gran ejemplo de ciencia chatarra», y acertará.

Está reprobado. ¿Según quién? La prueba PLANEA. ¿Y qué significa PLANEA, quiénes son examinados, con qué frecuencia es aplicada, de cuántos y de qué tipo de contenidos son sus reactivos, cómo calculan e interpretan los resultados y, algo fundamental, quiénes planean el PLANEA?

«Humanizar» una prueba le da contexto necesario y útil. Cierto es que resulta imposible conocer a detalle los perfiles de quiénes crean cada instrumento de evaluación que nos arroja datos de interés. Pero al recordar que en el origen de un examen de laboratorio, de un «scanner» automotriz, de un detector de mentiras o de una evaluación escolar, está, la consciente o inconsciente y siempre presente, falibilidad humana, entregar nuestro voto de confianza a ojos cerrados es un riesgo caro que seguimos corriendo.

Regresemos a la prueba PLANEA. Ésa que estremece más a los directivos y profesores de nivel primaria en México que a los alumnos; esa bomba de los sistemas educativos públicos y privados; ésa proveedora de datos angustiantes para los medios de comunicación locales, nacionales e internacionales; ésa tan llevada y tan traída en lectura y matemáticas. Una mirada crítica al sitio planea.sep.gob.mx/ba/, luego de lo sostenido hasta aquí, muy probablemente nos llevará a comprobar que millones de mexicanos desconocemos autores, entorno y características de una prueba que, por cierto, pagamos con nuestros impuestos.

Cierro con una breve anécdota. Hace algunos años, fui convocada a ser parte de un equipo de catedráticos de distintas partes de la República, pertenecientes a un sistema educativo privado a niveles medio, medio superior y superior. Nuestra misión era elaborar un nuevo instrumento de evaluación para conocer las competencias en lectoescritura de los aspirantes a las diferentes carreras ofertadas por aquella universidad. Volé a Guadalajara para reunirme con una veintena de maestros. Hombres y mujeres. Distintas edades. Diferentes grados académicos y especialidades. Diversos años de experiencia. Unos más amables; otros furibundos. Unos de corte inglés; otros de estilo «hippie». Casados, solteros, divorciados. Practicantes de la lectura en grados más o en grados menos. Redactores de tiempo completo o parcial. ¿Punto en común? Todos laborábamos para la misma empresa educativa y a todos nos ofrecieron un ingreso extra por trabajar en aquel proyecto de evaluación.

Fuimos citados a las ocho de la mañana, hora a la que más o menos la mitad del grupo llegó. De ahí pasamos a las ocho y media con unos cuantos maestros aún sin presentarse. El banderazo fue dado por ahí del cuarto para las nueve, es decir, con tres cuartos de hora de rezago y con algunas caras ya enfadadas, no del todo dispuestas a colaborar.

De las 8:45 a.m. a las 11:30 a.m. la discusión giró en torno al ¡primer reactivo! Unos opinaban de cierta manera, otros contradecían; varios seguían en silencio, simulando participación; algunos entraban y salían, perdiendo el hilo conductor del debate. Por ahí alguien sugirió un descanso y le tomamos la palabra.

De regreso a las 12:10 p.m., volvimos al caso del reactivo uno. No cesaba el análisis. Y cuando parecía que las voces líderes habían concluido que ésa era ya, por fin, la redacción final del reactivo, y que eran las dos de la tarde y el hambre apretaba, aún me acuerdo el desfile de gestos de desconcierto, de enojo, de cuestionamiento, de indiferencia, cuando levanté la mano para opinar: «Me parece que la redacción del reactivo es anfibológica». «¿“Anfi” qué?», dijeron por ahí. Me paré para explicar las otras interpretaciones que un estudiante podía dar tanto a la pregunta como a las cinco opciones de respuesta. Del silencio optamos por irnos a comer y desconectarnos del ya famoso reactivo uno.

Teníamos la encomienda de terminar un instrumento de 50 reactivos en dos días y medio. Lo logramos, sí, pero con un resultado de locos. De redactores hasta enemistados. De maestros con ganas de seguir construyendo conocimiento de frente a la indiferencia de otros. Tuvimos que cerrar los debates y, como dicen, dar nuestra pluma a torcer. El instrumento de evaluación de lectoescritura quedó como quedó. Fue aceptado e impreso por cientos y cientos para su distribución en los distintos campus. La fecha de ingreso a clases estaba próxima y a quién sabe quién se le ocurrió quitar el anterior instrumento de examinación (que nunca conocimos, vaya decirlo) y crear otro desde cero.

Con ese examen fueron aceptados o rechazados, en lo correspondiente a lectoescritura, puños de aspirantes a licenciaturas o ingenierías. Si aprobaban, eran inscritos en lo que podría ser llamado «Español I»; si reprobaban, tenían que cursar un remedial de español y, obviamente, pagarlo. ¿Alguno de ellos o sus padres u otros colegas refunfuñaron con la forma y contenido de nuestro examen? O mejor dicho, ¿hubo algún interés en examinar al examen mismo? Ninguno. Fue firmada su validez. Era una herramienta de evaluación incuestionable.

Tiene cáncer. ¿Quién lo dice? La prueba de laboratorio. Comprobémoslo.

Le fallan las bujías. ¿Cómo sabes? Por la prueba de la computadora. Revisémosla.

Es culpable. ¿En qué te basas? En el detector de mentiras. Reevaluémoslo.

Está reprobado. ¿Según quién? La prueba del PLANEA. Involucrémonos.

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