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Edición 609

Cine

Roma: espejo de una realidad en la que no deseamos vernos

Sin estridencias y en la forma en que se desarrollan las tragedias griegas en cinco actos, la multipremiada cinta nos describe como una nación de familias sin padres y de gobiernos apátridas

Lilia Ovalle

Semi autobiográfica, la película Roma, escrita, dirigida, fotografiada y producida por el cineasta Alfonso Cuarón, ha roto varios esquemas insertándose en el mercado global a través de un drama sin súper estrellas y hecho en México. Más aún, hablada en español y mixteco y hermosamente filmada en blanco y negro, para acentuar la atmósfera y volver la mirada a la década de los setenta.

Después de los retos enfrentados en cuanto a su producción, incluida la agresión de Ricardo Monreal como delegado de Cuauhtémoc, arrasó con los grandes premios del cine internacional.

¿En dónde está el truco dentro del entramado de Roma? Es el mismo Cuarón quien para una entrevista en México precisó: «El tabú es lo que sucede en la película y suena más o menos así: “Cleo, te amamos, nos salvaste la vida y queremos ir a conocer tu pueblo, pero tráete unos gansitos, un licuado y vete a lavar la ropa”».

Tabú. Todo México ante la mirada connacional es un tabú, producto de la ignorancia o el desconocimiento común. No resulta novedoso pues para el mexicano que el territorio se perciba dual pero sin alto contraste.

El sur mítico, histórico, indígena, hermoso, culto, lleno de colores, aromas y sabores de ambrosía, pero vergonzosamente pobre. «Sí México no tuviera que cargar con Guerrero, Oaxaca y Chiapas, sería un país en desarrollo medio y potencia emergente», twitteó un político mediocre que cobró notoriedad luego de acercarse a la líder sindical más siniestra y ladrona del país.

En la dualidad, se ve un norte pragmático, terrateniente, moderno, con visión de nuevo rico, viviendo siempre con prisas y de food trucks que venden basura a precios de restaurante cinco estrellas. Es el escenario de un modelo que bajo la idea del progreso y con el eslogan «Vencimos al desierto», depreda y coloca al pobre en una situación de riesgo extremo al explotar los recursos naturales, utilizar la tierra para instalar fábricas tóxicas y obligar al desplazamiento.

México está fragmentado y su población disociada, sobreviviendo la miseria que a fuerza de violencia, el Estado mexicano y la clase dominante introyectan para sacar la mayor ganancia posible.

En medio de un estado de deterioro imparable, de un terror implantado que se aprovecha para impulsar las políticas públicas más salvajes, el pobre no reclama y fantasea con la vida después de la muerte, o con que el mundo dé un vuelco y en un momento de suerte su vida gire 180 grados y lo coloque en el lado de los que lo han oprimido; de ahí que telenovelas que reseñan la vida de una mujer pobre e ignorante, que trabaja y se supera, resulten tan exitosas.

Pero sólo en México, el personaje de una indígena, paradójico, debía ser interpretado durante décadas, por actrices caucásicas, modelo que acaba de romper Roma y que ha exacerbado el odio de quienes sin lograr una sola actuación memorable, vilipendian a la actriz Yalitza Aparicio, cuestionando un trabajo sin duda alejado del cliché forjado.

Si las actrices mexicanas piden el veto para impedir que se lleve una estatuilla de la crítica local, la opinión pública se ha volcado en los calificativos peyorativos más desaseados, mismos que resumió Sergio Goyri con el insulto más alcohólico y rebuznado: que ella, pese a su probada competencia, no merece la notoriedad por ser una «pinche india».

País de telenovela

Lejos de ser un instrumento al servicio de la difusión cultural, la televisión abierta en México y su cine nacional, adoctrinan a los habitantes con el mito del esfuerzo individual, escupiendo al rostro historias de éxito personal donde se omite que el 90% de los pobres morirá pobres, por inteligentes y trabajadores que sean, en tanto el 90% de los que nacen ricos moriría en esa condición, por idiotas y haraganes que resulten.

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía fue quien estableció que bajo esa fórmula se deduce que el mérito no tiene ningún valor, y que generaliza la percepción de que las carencias, producto de una violencia estructural, tienen raíz en las acciones individuales de las personas pobres.

La telenovela ha sido vehículo para inmovilizar a los habitantes expuestos a un producto decadente, mientras que a la hora de la cena la constante queja fue y sigue siendo entre las familias mexicanas el abuso del poder, las raterías del PRI. Después de la dictadura perfecta y de la inalternancia del PAN, se desea en México un gobierno más decisivo, plural e incluyente; más transparente y más ciudadano. Menos corrupto.

Es aún poco tiempo para ofrecer una panorámica sobre las acciones del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, pero de entrada, y en el terreno de renunciar a la meritocracia que establece el poder, no habitó la mansión en Los Pinos, que hoy se vuelve sitio de visita para constatar los excesos de los presidentes y sus familias, donde se establecerá un centro cultural nacional y en donde en gesto casi de realismo mágico se proyectó Roma.

El caso de Yalitza Aparicio rompe la norma y aunque pareciera que cae en ese estereotipo de la mujer pobre que estudia, se prepara y se supera, ella no ha sido aceptada por una sociedad que condena el gen indígena. Ella no debe ser reconocida como actriz, no porque no actúe sino porque no tiene piel blanca y el personaje asumido en la pantalla es el de «una simple sirvienta».

Mirar por el retrovisor

Roma ha dividido opiniones. Algunos perciben que su discurso romantiza a la pobreza y a la esclavitud moderna, o por el contrario, que es feminista porque, aseguran, existe un discurso solidario «de la patrona hacia la empleada» al afirmar que todas las mujeres están solas.

La película sin duda es el resultado de un análisis profundo y doloroso. Haciendo a un lado los aspectos técnicos y simbólicos, se suscribe a un periodo de tiempo concreto (1971) que nos permite tener un espejo retrovisor y darnos cuenta de que en menos de 50 años, o en casi medio siglo, como quiera verse, no hemos cambiado como sociedad. Así continuamos utilizando como moneda de cambio antivalores como el clasismo, el racismo, el sexismo y el machismo.

No se trata de una historia que refiera los años maravillosos de este país, menos aún si exhibe la preparación de un ejército de pobres entrenados como halcones para perpetrar la Matanza del Jueves de Corpus, y tampoco puede partir de un discurso de género puesto que éste no puede florecer sin que camine junto a la abolición de clase.

En un tono de honestidad, la película nos recuerda lo que hemos sido y lo poco que hemos cambiado. Es valiente, porque el director se arriesgó a construir una historia reflejo de la desigualdad social y de su propia familia. De su casa a nuestra casa como mexicanos y a la aldea global, porque los países dominantes siguen aniquilando a los pueblos originales, expropiando la tierra y quejándose de los desplazamientos y las migraciones.

Los pobres no son bienvenidos en ninguna parte porque no aportan, y enseguida se piensa que hay que inmovilizarlos, quitarles el deseo, la esperanza, el impulso. En construir un muro más alto, impenetrable, que asegure la distancia. Dividir y vencer. La meritocracia se coloca de nueva cuenta como una aplanadora.

El enemigo común

Sin estridencias y en la forma en que se desarrollan las tragedias griegas en cinco actos, Roma arroja luz al colocar al enemigo común dentro de la propia casa. México como un territorio donde el hombre permuta la crianza por lo que representa una nueva aventura o experiencia sexual. Una nación de familias sin padres y de gobiernos apátridas.

La película se convierte en una espiral donde Cleo se forma sin padre; Fermín renuncia a la paternidad de un no nacido bajo amenazas de muerte, vilipendiando a su amante; cinta en la cual «don Antonio», es un esposo ausente para Sofía. Curiosidad el hecho de ver al doctor, hombre civilizado y culto que se sujeta al Juramento Hipocrático, que incluso renuncia a apoyar a Cleo en el alumbramiento bajo el argumento de tener muchas cosas que hacer.

Si bien funciona para los mexicanos la idea de un enemigo omnipresente, priista, representado en las acciones ilegales del propio Estado al poner en riesgo de muerte a la población en general y en particular a los jóvenes que exigían cambios, la película funciona como un espejo global donde la inseguridad familiar y social arrojan los rostros más decadentes y siniestros simultáneamente, multiplicando la dialéctica del amo y el esclavo.

Condensada la realidad en lo que llamamos historia universal, Roma hace énfasis en la relación desigual entre los seres humanos; entre hombres y mujeres; entre patrones y sirvientes en sus más claras contradicciones, exhibiendo el desastre hasta el punto donde una empleada doméstica apenas es comparable con los perros de caza que al morir, decoran la pared de sus amos. E4

El imperio de Roma y sus premios

León de Oro

Mejor Director

Premio del Cine Independiente Británico

Mejor película independiente extranjera

Globo de Oro

Mejor director

Mejor película extranjera

Premio Goya

Mejor película iberoamericana

Premio BAFTA

Mejor película

Mejor película de habla no Inglesa

Mejor fotografía

Premio del Sindicato

de Directores

Mejor director

Independent Spirit Award

Mejor película extranjera

Critics’ Choice Movie Awards

Mejor película

Mejor dirección

Mejor fotografía

Premio Satellite

Mejor director

Película extranjera

Mejor guión original

Mejor edición

National Society of Film Critics Award

Mejor fotografía

Mejor director

Mejor película extranjera

ACCTA International Award

Mejor película

Mejor director

New York Film Critics Circle Awards

Mejor director

Mejor película

Mejor película extranjera

Academy Award «Oscar»

Mejor director

Película extranjera

Mejor fotografía

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