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Edición 648

Medios

Cartonlandia digital

Comenzaron las clases y millones de estudiantes, docentes y padres tuvieron que encender los canales que habían dejado de consumir ¿Beneficio de unos cuantos a costa del desarrollo de millones?

Renata Chapa
Twitter: @RenataChapa
Email: centrosimago@yahoo.com.mx

Era el tiempo del presidente José López Portillo cuando una moda apareció en los techos de miles de casas. Desde una perspectiva aérea, era posible distinguir círculos blancos en algunas viviendas de colonias residenciales. Desde el suelo, la instalación de esas enormes cazuelas era un símbolo de estatus para familias ochenteras que podían presumir que ya tenían antena parabólica.

Sobre el televisor a color era colocada una caja negra que indicaba los grados a los que estaba dirigida la parábola. Con un control remoto y desde la comodidad de su cama, cualquier usuario podía mover semejante armatoste tecnológico con tal de encaminarlo a la señal de algún satélite y poder disfrutar un mensaje televisivo muy alejado de las programaciones locales y nacional. ¿Qué fue Televisa ante HBO, FOX, ESPN, NBC, MTV y otras tantas fuentes de ensoñación global en el monitor de casa?

Ya con Miguel de la Madrid, fue tal el boom que no solo fueron rediseñadas con un diámetro cada vez menor, sino que su precio bajó tanto que devinieron casi en un servicio básico. De ahí en adelante, la interconectividad mundial comenzó a echar sus cables a tierra mexicana. La pedagogía del ciberentretenimiento era, en aquel entonces, la nueva realidad.

Qué habrá sido de todas esas antenas de dimensiones mayúsculas. Cómo transformaron sus empresas tanto proveedores como instaladores. ¿Quebraron, subsistieron, mutaron?

Sin embargo, en distintos tipos de techos, aún es posible ver otras parabólicas estilizadas. Algunas tienen escrita la palabra SKY o SKY HD. Es decir, uno de los nombres de las ramas empresariales del Grupo Televisa dedicada al servicio de transmisión satelital.

La fortaleza empresarial que ostenta Televisa le permitió tropicalizar ciertas innovaciones del mundo de las telecomunicaciones para mantenerse erguida en el mercado, a pesar de las competencias agresivas globales en pantallas, computadoras y celulares. El otrora público cautivo del Canal de las Estrellas, ahora tiene el poder, tan sólo con oprimir un par de veces su celular, de disfrutar una abrumadora diversidad de telecontenidos.

No es requerida una investigación doctoral para saber que, por ejemplo, el tiempo dedicado a Netflix o a YouTube, o bien, a las redes sociales, como es el caso de Facebook, en las actuales generaciones, está muy alejado de lo que podrían destinar al consumo de información de un noticiario, de una telenovela o de un programa de revista musical de Televisa.

Canastas digitales

Llegó la pandemia, el último jalón del ciclo escolar 2019-2020 y la locura en materia de alfabetidad digital. Por Zoom, por Teams, por Google Meet, por FaceTime, por videollamada eran opciones encontradas por directivos, docentes, padres de familia y alumnos para lograr una comunicación a distancia, cara a cara y a través de la Internet. Urgía emular la dinámica de los procesos de enseñanza-aprendizaje interrumpidos por la peligrosidad de la COVID-19. Como nunca antes, irrumpió el concepto de la Educación Remota de Emergencia.

Otra vez, las metaconectividades fueron protagonistas en un planeta regido por el aislamiento. Hablarse y verse a través de pantalla también comenzó a tomar sus tintes de moda e identidad cultural. En algo había que creer y el ciberespacio sigue siendo, incluso, un punto de convergencia emocional.

Unos con total facilidad, otros en completa nulidad. De nuevo, quedó subrayada la inequidad en materia de infraestructura computacional, de Internet y de conocimientos para poder transitar el mundo del conocimiento a través de la digitalidad.

Aunque forzados, usuarios de distintas edades, géneros, nacionalidades, grados escolares, condiciones económicas, tuvieron que buscar sus armas tecnológicas para no quedarse fuera de la jugada. Caso por caso. Casa por casa. Las historias han derivado en contrariedades insostenibles, a ratos; pero, en otros, en aprendizajes muy reveladores.

Hoy, existen millones de nuevas canastas intelectuales y emocionales que fueron construidas para dar respuesta a las necesidades de comunicación. Y esas canastas, cada vez, están más altas, conforme a la proporción de la usuaria o del usuario. Ahora, tal y como sucedió con lo in de las antenas parabólicas, es el ciberlenguaje y su incorporación a los imaginarios posmodernos y pandémicos un comportamiento cohesor.

A clases gracias a Televisa

Cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador, presentó al brevísimo grupo de hombres, líderes y dueños de las empresas de televisión más poderosas en México, ahí estaba la voz y el voto de Televisa. Fue explicado que, para regresar al ciclo escolar 2020-2021, las comunidades de los sistemas de enseñanza públicos, darían seguimiento a los contenidos programáticos a través de distintos canales de televisión.

Por bizarra que fuera la imagen, en una resemantización de la doble cara discursiva, AMLO y una parte toral de sus más criticados directivos de medios de comunicación nacionales, firmaron el documento que los comprometió a producir programas educativos que serían transmitidos por televisión. La idea, también, era llegar hasta los sitios en los que no alcanza la potencia de una señal de Internet.

El punto es que el 24 de agosto comenzaron las clases y millones de estudiantes, docentes y padres de familia tuvieron que encender ciertos canales para tomar clases. O, en otras palabras, consumir otro tipo de información, pero en esas señales que habían dejado de ser tan frecuentados, tan consumidos.

Es cierto que no a todos los inscritos en el sistema de educación pública les corresponde ver canales de Televisa. Unos buscan su canal en TV Azteca; otros, en Grupo Imagen; varios más, en Multimedios Estrellas de Oro. Pero, debido a las circunstancias históricas, en el caso de las clases de jardín de niños, primaria, secundaria y prepas, son millones de mexicanas y mexicanos, de distintas generaciones, los que están de regreso a clases gracias a Televisa y a otros corporativos más. Y, por cierto, estas sesiones escolares también pueden ser sintonizadas por el sistema SKY a través de sus antenas parabólicas.

«Diosito, llévame»

Con esta expresión aparece el rostro en pantalla de un maestro de escuela pública que ingresa a una reunión con colegas. Es jefe de grupos de profesoras y profesores de una de las zonas más precarias de La Laguna conocida como «Cartonlandia». Esa pincelada idiomática le sirve para definir lo que ha tenido que navegar ahora, junto con su equipo de colegas, al volver a explicar, por ejemplo, operaciones matemáticas de diversos grados de dificultad a sus alumnos, luego de ver los programas de TV que abordan estos contenidos.

«La tele dice una cosa; el libro de texto, otra; el profe, la suya; mi mamá, sabe y no sabe», podrá ser un posible relato que, en silencio, se construye un alumno de esta otra nueva realidad con las clases transmitidas por canales de empresas televisivas mexicanas, complementados con las intervenciones remotas de los profes con los alumnos vía Whatsapp. (…) De la comprensión y la construcción del conocimiento, ni hablar, por lo pronto; de calificaciones, menos. Al parecer, lo emergente y valioso es salvar el ciclo escolar, por un lado. Y, por el otro, por el de la alianza gubernamental-medios de comunicación televisivos, las connotaciones dan para más.

A parar las antenas, pues, ante las reconstrucciones de los entornos de los medios de comunicación televisivos y digitales. No sería improbable que la nueva moda, en la educación formal, fuera de «pura pantalla», con el beneficio de unos cuantos a costa del desarrollo de millones. E4

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