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Edición 642

Política

El poder y los medios: relaciones tormentosas

Del culto al presidente y de un trato basado en los privilegios y en el disimulo en los gobiernos del PRI y el PAN, se pasó, en el de López Obrador, a la confrontación. El líder de la 4T aprovecha la debilidad de los grupos mediáticos y paga con la misma moneda a quienes boicotearon sus campañas

Gerardo Hernández G.

Los medios de comunicación independientes desempeñaron un papel crucial en la alternancia por exhibir los abusos del poder y abanderar las demandas sociales de justicia y democracia. El triunfo del empresario panista Vicente Fox selló el final de siete décadas de hegemonía del PRI. El 1 de diciembre de 2000, mientras Joaquín López-Dóriga moderaba una mesa de análisis con Diego Fernández de Cevallos, Gilberto Rincón Gallardo y Jaime Sánchez Susarrey sobre la transición política, el diputado priista Eduardo Andrade, en evidente estado de ebriedad, irrumpió en el estudio para «pedir la palabra, como en el Congreso, (…) porque los medios nos han cerrado las puertas».

Mientras Andrade forcejeaba con personal de producción en el plató, López-Dóriga ordenó: «¡Déjenlo!... ¡déjenlo!», y lo encaró: «Traes aliento alcohólico». Andrade, encolerizado, descargó el índice derecho sobre el hombro y el tórax del periodista, quien advirtió de la agresión ante las cámaras. Sánchez, analista político, observaba atónito la escena. Fernández, entre sorprendido y serio, esbozaba una sonrisa, y Rincón, excandidato presidencial del Partido Social Demócrata en las elecciones de ese año, parecía no dar crédito al atropello.

Como si el culto al presidente no hubiera sido piedra angular del sistema dominante, Andrade —ya en la mesa— recriminó al entonces conductor estrella de Televisa: «No puedes dar todo el espacio al endiosamiento que hoy han dado los medios a un presidente electo formalmente que violó la Constitución (…). Al momento mismo de hacer su protesta fue a arrodillarse a una sola de las profesiones religiosas —antes de asumir, Fox hizo una visita al santuario de Guadalupe—, respetables todas, pero insultó a quienes no son republicanos, a quienes no son guadalupanos; insultó a los judíos, a los protestantes, a los que tienen otras religiones…».

Menos exaltado, Andrade se quiso lavar la cara: «Pude haber cometido un error, pero impulsado por la necesidad de abrir espacios para mi partido. Discúlpame (Joaquín) si cometí un error contigo». López-Dóriga replicó con una ironía: «Esta no era una mesa de partidos políticos, sino de “personalidades”». Vociferante y con el rostro embotado, Andrade —excomentarista deportivo de Televisa— representaba la imagen de un régimen herido de muerte cuya agenda había impuesto a la mayoría de los medios de comunicación durante 70 años. El episodio fue uno de los más penosos, justo cuando el país daba el primer salto a la democracia.

Contrario a la condición sine qua non del exlíder cetemista Fidel Velázquez según la cual si el PRI había obtenido el poder por las armas, solo «a balazos, y no con votos, podría perderlo», la alternancia resultó pacífica. Tras múltiples elecciones fraudulentas para imponer a los candidatos del partido fundado por Calles en 1929, el cambio lo decidieron casi 16 millones de mexicanos cuyo sufragio favoreció a Fox (PAN). Sin embargo, la lucha por la democracia, ardua y fatigosa, no inició ni terminó en 2000.

Una de las sucesiones más controvertidas y violentas ocurrió en 1988. Francisco Javier Ovando y Román Gil Heráldez, operadores políticos de Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del Frente Democrático Nacional (FDN), fueron asesinados cuatro días antes de las elecciones. Mientras el país ardía en protestas por las denuncias de fraude, el líder del PRI, Jorge de la Vega, declaraba «contundente, legal e inobjetable» la victoria de Carlos Salinas de Gortari. El PRD —precedente del FDN— registró en ese sexenio la muerte violenta de al menos 400 militantes.

De soldado a general

Entre los factores que posibilitaron la primera y la tercera alternancia en México resaltan: el agotamiento del sistema, corroído por la corrupción; el deseo ciudadano de un cambio real; el papel de los medios de comunicación; y, destacadamente, el compromiso del presidente Ernesto Zedillo con la democracia. El compromiso de establecer una sana distancia con el PRI y de impulsar una «reforma electoral definitiva» los cumplió. Candidato por accidente —debido al asesinato de Luis Donaldo Colosio—, Zedillo se convirtió «en garante de una transición pacífica» (El País, 03.07.20).

Zedillo plantó cara a su poderoso predecesor Carlos Salinas, quien se exilió en Irlanda tras una huelga de hambre por el encarcelamiento de su hermano Raúl bajo cargos de corrupción y la autoría intelectual del asesinato del secretario general del PRI Francisco Ruiz Massieu. Los magnates de la prensa aliados del PRI, antes intocables, pusieron sus barbas a remojar cuando la policía federal detuvo al dueño de El Universal, Juan Francisco Ealy Ortiz, el 12 de febrero de 1996, acusado de evasión fiscal por 5.4 millones de dólares.

«Tras una noche de tensión, Ealy se presentó ayer por la mañana con su abogado, el penalista Juan Velázquez [el mismo al que recurrieron en su día las familias Colosio y Salinas en sus respectivos casos], ante las oficinas de la Procuraduría General de la República [PGR], donde, tras presentar una breve declaración, fue trasladado en condición de detenido ante un juez penitenciario, quien decidió más tarde su libertad bajo fianza», publicó El País al día siguiente. Zedillo respetó la institución presidencial y es, entre quienes ocuparon el cargo, el mejor calificado.

Los medios de comunicación, salvo honrosas excepciones, casi siempre se habían alineado a los gobiernos de turno sin importar su ideología, su desempeño ni cómo se hicieron con el poder. No le cerraron las puertas al partido tricolor incluso cuando perdió por primera vez la presidencia. En el apogeo del monopolio de Televisa, su entonces propietario Emilio Azcárraga se declaró «soldado del PRI». Dos décadas después, el imperio televisivo fabricó la candidatura de Enrique Peña Nieto y su matrimonio con la actriz Angélica Rivera, el cual terminó junto el sexenio.

Entrevistado por Forbes México (24.08.16) cuando el gobierno de Peña Nieto hacía agua por todas partes, el actual presidente de Televisa, Emilio Azcárraga Jean, calificó de «leyendas urbanas» la telecandidatura y la militancia priista del consorcio. Sin embargo, para The Guardian no lo eran. Previo a las elecciones de 2012, el diario británico publicó un reportaje sobre una supuesta alianza entre Televisa y Peña Nieto para apoyar su campaña. Según documentos revisados por el rotativo, la cadena habría vendido «a importantes políticos un tratamiento informativo favorable en sus noticieros y shows principales y usó los mismos programas para desacreditar a un líder de izquierda».

Los archivos incluyen: «Una estrategia de medios detallada y explícitamente diseñada para elevar el perfil de Peña Nieto a escala nacional cuando éste era gobernador del Estado de México»; y otra «para torpedear la anterior candidatura a la Presidencia del candidato de izquierda Andrés Manuel López Obrador, que es el rival más próximo a Peña Nieto» (Aristegui Noticias, 08.02.12). La campaña del cachorro de la cleptocracia costó más de cuatro mil 500 millones de pesos —14 veces por encima del tope legal de 336 millones—, de acuerdo con el informe de una comisión legislativa presentado en 2014. La elección debió anularse, pero la mayoría de los medios miró para otro lado. Peña pagaría el favor con creces.

Simbiosis de poderes

La actitud indiferente u hostil del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) hacia a los gobernadores —según la circunstancia—, la asume también con los medios de comunicación y los columnistas, a quienes no debe nada. Por convicción o por consigna, la mayoría de ellos lo atacó en tres campañas consecutivas, no obstante lo cual ganó con la votación más abultada de la historia. En el siglo pasado imperó la táctica de «la zanahoria y el garrote», pero a medida que el partido dominante (PRI) y sus gobiernos perdían legitimidad, la prensa ganó influencia política y devino soporte de presidentes y gobernadores.

La simbiosis resultó provechosa para ambas partes, mas no para la sociedad y menos para la democracia. Dueños de medios de comunicación se convirtieron en políticos y éstos adquirieron, con dinero del erario y por medio de prestanombres, estaciones de radio, televisión y periódicos. Parte de la megadueda de Coahuila se utilizó en esas operaciones. Así, los responsables del quebranto pueden cuidar sus intereses, permanecer impunes y presionar políticamente al gobierno de turno. A escala nacional, el capitalismo de compadres le permitió a Ricardo Salinas Pliego —hoy consejero de AMLO— adquirir TV Azteca con un préstamo de Raúl Salinas de Gortari, hermano del entonces presidente.

AMLO conoce esas historias y sabe que la mayoría de los grupos mediáticos y líderes de opinión perdieron respaldo social e incluso credibilidad debido a su adosamiento al poder político y económico; de otro modo, jamás habría ganado la presidencia. Esa situación le permite enfrentarse a los medios de comunicación —con Reforma y El Universal la ojeriza es mutua—, descalificar a sus críticos e ignorar olímpicamente a sus detractores.

Luis Echeverría orquestó el golpe contra Excélsior para deponer a Julio Scherer; López Portillo boicoteó a Proceso bajo el argumento de no pagar para ser golpeado; y a Peña Nieto se le atribuyó el despido de Carmen Aristegui de MVS Radio por la investigación de la casa blanca, adquirida por su esposa a un contratista del gobierno. Sin embargo, ningún presidente se había confrontado abierta y sistemáticamente con los medios de comunicación. Tenían, sí, predilección por ciertas empresas, periodistas y columnistas e incluso listas negras, pero raras veces hacían públicas su fobias.

Peña explotó en una ocasión contra sus críticos por expresar sospechas sobre la detención de los exgobernadores Tomás Yarrington (Tamaulipas) y Javier Duarte (Veracruz), en Italia y Guatemala, por lavado de dinero y otros delitos: «No hay chile que les embone. Si no los agarramos, porque no los agarramos; si los agarramos, porque los agarramos». Otra vez reprochó a la fuente de la presidencia por no aplaudir en sus eventos. AMLO también quiere ser ovacionado por la prensa. La réplica de los periodistas fue la misma: «nuestro trabajo es informar, no aplaudir». Sin embargo, hay a quienes batir palmas se les da muy bien.

La prensa internacional se ocupaba eventualmente de los presidentes de México. En una visita de Miguel de la Madrid a Estados Unidos, The Washington Post lo recibió con una columna de Jack Anderson donde lo acusaba de haber transferido más de 100 millones de dólares a bancos extranjeros. The Economist criticó a Peña Nieto por no entender que el problema de su gobierno era la corrupción. Pero ninguno había recibido una andanada conjunta de algunos de los principales diarios del mundo —The New York Times, The Washington Post, The Financial Times y El País—, por el manejo de la pandemia de coronavirus. AMLO no tuvo empacho en llamarlos mentirosos y faltos de ética. E4



Pulso entre el presidente y la comentocracia

Pocos presidentes tuvieron tan mala prensa desde el principio de su mandato como Andrés Manuel López Obrador. En parte, porque ninguno la refutó ni desinfló el presupuesto para publicidad e imagen y menos aun abrió la información sobre el pago a periodistas por concepto de divulgación y «otros servicios», como lo ha hecho el gobierno de la Cuarta Transformación. La costumbre establecía condescender con los medios de comunicación y tratar bien a los columnistas, así fueran pícaros o barbajanes.

En el fondo se trataba de valores entendidos. La mayoría de los presidentes había ganado en elecciones fraudulentas y buscaba legitimidad y consensos, no ahondar más los conflictos. De esa manera se acorazaban frente a escándalos de corrupción y de otro tipo. En esa relación, empresarios mediáticos devinieron contratistas del gobierno y muñidores: colocaban a incondicionales en puestos de la administración, promovían candidaturas y sentaban en sus mesas a procuradores, magistrados y funcionarios de alto perfil. El modelo se reprodujo en los estados.

«…el Gobierno en turno solía afrontar algunas plumas críticas, pero el aparato publicitario (…) terminaba por conseguir una cobertura favorable o comprensiva con el soberano. (…) Hoy el panorama se ha invertido. La mayoría de los periodistas estelares (…) tunden al presidente».

Jorge Zepeda Patterson
Periodista

Empero, Peña Nieto excedió todos los límites. Además de torpe, ha sido uno de los presidentes más corruptos junto con Miguel Alemán y Carlos Salinas, cuya relación con algunos mass media, en especial con la televisión, fue más allá del simple intercambio de favores. Heredero de la cultura de Atlacomulco según la cual el dinero lo compra todo, Peña gastó en su sexenio más de 60 mil millones de pesos en medios de comunicación afines y desdeñó a los adversos.

De nada valió, pues terminó como el presidente peor calificado.

Lo anterior permite extraer una lección: los medios y periodistas que más aplauden y siguen a pie juntillas los dictados y consignas del poder no son los mejores puentes entre sociedades cada vez más críticas y gobiernos cada vez menos creíbles. Para el «telepresidente» Peña las cosas marcharon al principio más o menos bien. Ovacionado por la oligarquía, en febrero de 2014 apareció en la portada de la revista Time como el «salvador de México». Las reformas pactadas con el PRI, PAN y PRD eran su carta de presentación en las ligas mayores. La educativa y la energética ya fueron revertidas.

Diez meses después, el pedestal se convirtió en paredón. El 9 de noviembre, Aristegui Noticias presentó un reportaje sobre la compra de una mansión de siete millones de dólares a Grupo Higa, contratista del gobierno, por parte de la primera dama Angélica Rivera. El escándalo dio la vuelta al mundo, la imagen de Peña Nieto se pulverizó y sirvió a López Obrador la presidencia en bandeja de plata. Indefendible, la cleptocracia se hundió en su propia inmundicia y, de alguna manera, arrastró a los medios y periodistas que hicieron la vista gorda o fueron indulgentes.

Impugnado por la mayoría de los medios y líderes de opinión en sus tres candidaturas presidenciales, López Obrador dio la vuelta a la tortilla. El periodista Jorge Zepeda Patterson, cuya posición enfurece a los antagonistas de AMLO, escribió al respecto: «El pulso entre el presidente y la llamada comentocracia es inédito en el país. Por lo general el Gobierno en turno solía afrontar algunas plumas críticas, pero el aparato publicitario y de comunicación terminaba por conseguir una cobertura favorable o comprensiva con el soberano, por más que hubiera excepciones. Hoy el panorama se ha invertido. La mayoría de los periodistas estelares, los que cuentan con cientos de miles o millones de seguidores en redes sociales, tunden al presidente».

¿Y qué ha pasado? Hasta ahora, nada. E4



Recorte de 9,175 mdp en gastos de imagen

El presidente Andrés Manuel López Obrador redujo en 9,175 millones de pesos el gasto en publicidad e imagen durante el primer año de su gobierno. Un ahorro de 85% con respecto a los 10,725 millones de pesos ejercidos por Enrique Peña Nieto en ese rubro en los 12 últimos meses de su administración. Los contratos con periodistas y empresas asociadas, a quienes se pagaron 1,081 millones de pesos por concepto de «comunicación social y otros servicios» en el periodo 2013-2018, ya no se renovaron.

El Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (Inai) ordenó el 8 de mayo de 2019 a la Presidencia de la República revelar nombres y cifras. La lista se filtró y ardió Troya. En la nómina de personas físicas y morales figuran, en orden descendente según los montos facturados, que van de los 251 millones a los 412 mil pesos: Joaquín López-Dóriga, Enrique Krauze, Federico Arreola, Óscar Mario Beteta, Beatriz Pagés, Raymundo Riva Palacio, Ricardo Alemán, Pablo Hiriart, Adela Micha y 30 más (Proceso, 24.5.19).

¿Explican esos recortes la anima-deversión de la mayoría de los medios de comunicación y de la comentocracia hacia López Obrador? Podrían influir, pero no la determinan; al menos, no en todos los casos. Los mass media y los columnistas en general eran intocables, pero en el gobierno de la Cuarta Transformación no solo perdieron influencia política e ingresos, cuya licitud defendieron cuando se publicó el listado, también han sido exhibidos y descalificados.

«Hay quienes defienden la política de comunicación de AMLO, pues argumentan que “las mañaneras” son un ejercicio inédito de apertura, una dinámica que ha desterrado las viejas prácticas de censura, que el presidente solo está expresando el hartazgo popular hacia la prensa corrompida y tiene derecho a defenderse».

Marcela Turati y Javier Garza
Periodistas

El gobierno de AMLO da motivos de sobra para la crítica y eso lo aprovechan analistas y columnistas, no solo quienes prestaban servicios a la Presidencia de la República. Peña Nieto, acaso por pródigo, recibió un trato menos rigorista de la prensa, pero la sociedad lo castigó en las urnas. De acuerdo con Ana Cristina Ruelas, directora de Artículo 19 en México y Centroamérica, Peña Nieto gastó 60,237 millones de pesos en publicidad durante su sexenio. El 48% se concentró en 10 empresas y el resto se distribuyó en 850 medios (Aristegui Noticias, 03.04.19).

En opinión de Ruelas, la concentración del dinero público en los grandes medios era «justo para acompañar esta cultura del engaño» y de las narrativas del gobierno federal. Junto con el colectivo Medios Libres, Artículo 19 insiste en la abrogación de la Ley de Comunicación Social o «Ley Chayote» aprobada por el Congreso en el gobierno de Peña Nieto. En un informe reciente, la organización cifró en 1,550 millones de pesos el gasto publicitario en el primer año de López Obrador.

Sin embargo, advierte de que una tercera parte del presupuesto lo absorbieron tres empresas: TV Azteca (168.5 millones de pesos), Televisa (167.9 mdp) y el diario La Jornada (112.4 mdp) con «criterios opacos». El periódico El Universal y los grupos Milenio, Radio Fórmula, Imagen (Excélsior e Imagen Televisión) y la Organización Editorial Mexicana (OEM), que en el sexenio pasado formaron parte de las 10 empresas que más publicidad recibieron del gobierno de Peña Nieto, han sido relegados por la 4T. AMLO llegó al poder sin los medios —e incluso en contra de la mayoría— y gobierna sin ellos. Cada día informa y los refuta.

«Hay quienes defienden la política de comunicación de AMLO, pues argumentan que “las mañaneras” son un ejercicio inédito de apertura, una dinámica que ha desterrado las viejas prácticas de censura, que el presidente solo está expresando el hartazgo popular hacia la prensa corrompida y tiene derecho a defenderse», dicen Marcela Turati y Javier Garza en un artículo de opinión (The New York Times, 07.08.19). E4

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