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Edición 642

Entrevista

Raúl Vera, el obispo que afronta al poder y defiende a los pobres

El futuro del dominico, quien presentó su renuncia al Vaticano por cuestión de edad, está en manos de un jesuita, el papa Francisco. «Seguiré en línea de incidencia para un cambio que beneficie a la sociedad (…) hasta que muera», señala

Javier Mariscal

Si alguien está curtido en luchas sociales y ha pagado el costo por defender la dignidad y los derechos de los pobres frente a los poderes públicos y fácticos —acoso, amenazas, campañas mediáticas e infamias— es el obispo de Saltillo Raúl Vera López. Premio Rafto para los Derechos Humanos 2010 y candidato al Nobel de la Paz en 2012, el dominico espera la respuesta del papa Francisco sobre su renuncia. El propio Jorge Bergoglio, en acatamiento de la norma, dimitió en 2013 como arzobispo de Buenos Aires al cumplir 75 años. Pero en lugar del retiro le esperaba la Cátedra de Pedro.

Sobre la Orden de los Predicadores (o Dominicana, en honor de su fundador Domingo de Guzmán, en 1215) a la que Vera pertence, se dice que son «los perros del Señor» por la analogía entre las palabras latinas Dominicanus (Dominicos) y Domini Canis. Sin embargo, no se trata solo de una anécdota o de un simple juego de palabras. Según la tradición oral, la madre de De Guzmán, antes de dar a luz, soñó que un perro blanquinegro salía de su vientre con una antorcha encendida en la boca, y que a su paso la tierra se incendiaba. Fue en el monasterio de Santo Domingo de Silos donde su visión halló respuesta: su hijo, mediante la predicación, inflamaría el fugo de Cristo en el mundo.

La iconografía de la orden dominica es rica en esa imagen. El sabueso con la antorcha siempre luminosa acompaña al santo lo mismo en cuadros que en estandartes, en estatuas que en pinturas al fresco; asimismo custodia en capiteles el «árbol del Señor». El escudo de armas y el hábito dominicano también son blanco y negro, símbolos de «pureza y penitencia, muerte y resurrección». Sin completar aún los 20 predicadores, Domingo de Guzmán los dispersó por el mundo con un argumento irrefutable: «El trigo amontonado se pudre, esparcido produce mucho fruto».

Nacido en Acámbaro, Guanajuato, fundada por misioneros franciscanos en 1526, lo que distingue a Vera en 32 años de trabajo pastoral en Ciudad Altamirano, San Cristóbal de las Casas y Saltillo, es la claridad de su mensaje y la congruencia de sus actos. Su nombramiento por el papa Juan Pablo II, el 30 de diciembre de 1999, fue un revulsivo. La oligarquía local le hizo la cruz, los gobiernos —sobre todo el de los Moreria— le declararon la guerra por exhibir sus excesos y corruptelas. La prensa oficialista le ha inventado mil historias.

La imagen de «campeón de los derechos humanos» que Moreira II se fabricó para lavar la cara del clan por las masacres en Allende y Piedras Negras y las innumerables desapariciones forzadas en el estado, se hizo pedazos el 6 de julio de 2017 cuando la Federación Internacional de Derechos Humanos, el Centro de Derechos Humanos Fray Juan de Larios y 80 organizaciones más presentaron ante la Corte Penal Internacional la comunciación «México: Asesinatos, desapariciones y torturas en Coahuila de Zaragoza constituyen crímenes de lesa humanidad».

A Vera se le ha llamado «rebelde» o «rojo» como a otros obispos: Marcel Lefebvre, Sergio Méndez Arceo y Samuel Ruiz; al francés, por sus críticas al Concilio Vaticano II; y a los mexicanos, por la influencia del sínodo en su tarea pastoral y su activismo social dentro de la teología de la liberación en el contexto de América Latina. Incómodo para la jerarquía católica, el poder político y las oligarquías —igual que Vera—, Ruiz fue visitado en su tumba por el papa Francisco. El papa tiene hoy en sus manos el futuro del fraile dominico que en 2016 le acompañó en toda su gira por nuestro país (GHG). E4

El obispo Raúl Vera ha puesto el pecho por indígenas, migrantes, mineros del carbón, deudos de la mina Pasta de Conchos, la comunidad LGBT, las trabajadoras sexuales y los familiares de desaparecidos por la guerra contra el crimen organizado. Con el mismo ahínco apoyó a los electricistas despedidos en masa por la paraestatal Luz y Fuerza del Centro, y respalda la defensa del agua y la tierra en comunidades que prevén riesgos de contaminación o desabasto vinculados a proyectos promovidos por diferentes gobiernos y empresas.

Sus convicciones no son algo novedoso, afirma, «todo está escrito en el Evangelio». No obstante, a la par de sus «batallas en la calle», el señor Vera también cava trincheras al interior de la Iglesia. Según dice, le ha costado trabajo conseguir el cambio de mentalidad que se requiere para que todos los sacerdotes a su cargo se apeguen a los preceptos del Concilio Vaticano II, columna vertebral en la cual busca cimentar su pastoral diocesana en tanto se hace efectivo su retiro como obispo.

«En los más vulnerables está la parte más humana de la sociedad; son ellos quienes recorren caminos de muerte al migrar; mujeres, jóvenes y niños pobres se exponen a ser víctimas de trata o de esclavitud moderna, y los salarios que perciben los obreros no compensan la riqueza que generan. Aún hay mucho por lo cual luchar».

Así lo manifestó el pasado 1 de junio en un diálogo abierto con la sociedad a través de un enlace en la red de Facebook, evento en el que informó que la carta en la que ha redactado su renuncia ya había sido enviada a la Nunciatura Apostólica Mexicana, órgano que la hará llegar al papa Francisco.

Aclaró que se trata de un acto protocolar que el derecho canónico establece en el Canon 401.1: «Al obispo diocesano que haya cumplido 75 años se le ruega que presente la renuncia de su oficio al Sumo Pontífice, el cual proveerá teniendo en cuenta todas las circunstancias». Vera cumplirá esa edad el domingo 21 de junio, fecha que este año coincide con la celebración en México del Día del Padre.

El fraile dominico dijo que la designación de un sucesor depende enteramente de Su Santidad y que no necesariamente ocurrirá de inmediato. Recordó que en el caso del obispo emérito Francisco Villalobos, Juan Pablo II tardó cuatro años en hacer efectiva su renuncia —el nombramiento de Vera como suplente ocurrió en 1999, cuando Villalobos estaba a dos meses de cumplir 79 años—.

Promotor de cambios

A modo de monólogo, fray Raúl leyó y respondió preguntas de la gente. Explicó que dejar de ser obispo titular no es un impedimento para que celebre misas o administre sacramentos, así como tampoco lo exime de sus votos de obediencia al Papa o al superior de la orden de los dominicos, a la cual pertenece. Además, aclaró que el celibato y el voto de pobreza son asuntos de observación permanente.

De los saltillenses dijo que son un pueblo noble, «muy bueno», aunque reconoció que a su llegada percibía desconcierto en la grey: «Al principio la gente se espantaba porque veían que hablaba yo de ciertos temas; les parecía que me metía mucho en política, pero sucedía que aquello de lo que yo hablaba el domingo, por ahí una televisora (local) se encargaba de “darle la vuelta” el lunes, y eso generaba confusión; sin embargo, la realidad ha hecho que la gente entienda que las palabras, las advertencias y los señalamientos eran necesarios, que no correspondían con lo que se les hacía creer; su actitud ya ha cambiado mucho y sí responden al llamado de la diócesis».

A Vera le parece que en el país hay estructuras de poder que operan para sostener un status quo que mantiene en desventaja a los pobres. Contra éstas es crítico directo y corrosivo: «la decadencia política es algo que los partidos exhiben con frecuencia (…) la clase gobernante, perpetuada a través de varias generaciones, es corrupta de origen, y los crímenes contra el pueblo y los escándalos de corrupción predisponen una sola vía para evitar un desenlace violento: que la sociedad se involucre en cambiar al Estado y al sistema político que la gobierna» (Proceso, 28.12.14).

Comenta que, con gran apego a su formación teologal cimentada en el Concilio Vaticano II, sus esfuerzos se centran en hacer de la Iglesia un sacramento de salvación con opción preferencial por los pobres, en los cuales promueve la necesidad de convertirse en instrumentos de su propia liberación, principios que encuentran respaldo en la postura y palabras del papa Francisco: «Todos vamos en la misma barca. Nadie se salva solo».

Su activismo social convoca a construir lo que define como un «Congreso Constituyente alternativo» para que, «al margen de los grupos de poder, sea el pueblo el que ejerza su autodeterminación y soberanía a través de fortalecer la conciencia política ciudadana». Y a ello compromete su mitra.

Su estrategia inicia con la construcción de organizaciones cívicas a las cuales denomina «sujetos sociales», un concepto que con frecuencia usaba el ya fallecido obispo Samuel Ruiz, a quien considera su mentor desde que se le unió en 1995 como coadjutor en la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

Conocer a don Samuel, comenta, fue ver a un obispo totalmente integrado al espíritu del Concilio Vaticano II. «Fue un hombre muy inteligente y buenísimo para los idiomas, no le representó problema el hecho de que gran parte del evento fuera tratado en latín. Llegar a Chiapas y ver una diócesis tan bien organizada como él la tenía me ayudó a clarificar lo que yo mismo quería lograr desde que soy obispo», dice.

Derechos humanos

Su designación como obispo de Coahuila, interpretado por analistas como la salida del papa Juan Pablo II para retirar a la Iglesia de los reflectores políticos que representaba la revuelta en Chiapas no implicaba alejarlo de la lucha por los derechos humanos.

En el norte del país su atención fue de inmediato atraída por la crisis de los migrantes. Con el tiempo, la creación del Centro de Derechos Humanos «Fray Juan de Larios» fue el canal para fundar la Casa del Migrante en Saltillo, así como para dar apoyo a familiares de personas desaparecidas, aspectos que cuenta entre los cambios más significativos durante su estancia en esta diócesis.

No habló de fricciones con autoridades. Aseguró que siempre buscó el diálogo con los gobernadores. Localmente, su labor pastoral lo ha hecho coincidir con Enrique Martínez, Humberto y Rubén Moreira, y actualmente con Miguel Riquelme. «Por mi parte yo no busqué problemas», dijo ante la pregunta de con cuáles de ellos tuvo más problemas y por qué. «Siempre busqué el bienestar de los ciudadanos; puesto que atendemos a la misma gente, nuestro objetivo es común», planteó.

No obstante, aceptó que aún está pendiente el fallo a una denuncia interpuesta a través del Centro de Derechos Humanos por crímenes de Lesa Humanidad del 5 de julio de 2016 ante la Fiscalía de la Corte Penal Internacional, que fue pormenorizada respecto a la serie de delitos que se cometían en Coahuila, de la cual, si bien no hay respuesta, el simple hecho de interponerla dio al traste con la aspiración del entonces gobernador Rubén Moreira de cerrar su administración con aires de humanista.

Al final, señaló que en México la voz de los pobres no es tomada en cuenta para las decisiones que les conciernen, y «los gobiernos sin rumbo claro son factor que propicia injusticias, e indudablemente que eso es algo que debemos cambiar», hacia allá apunta la propuesta de una Constituyente Ciudadana en la que espera retomar trabajos.

Renovación de la iglesia

Si bien al obispo Raúl Vera le parece que entre las luchas que ha emprendido «ninguna ha sido fácil», entre ellas él destaca como una de las más complicadas a la de organizar y madurar la pastoral de la Diócesis de Saltillo, «porque implica promover un cambio de mentalidad».

Menciona que apegarse a los preceptos del Concilio Vaticano II obliga a cambiar de forma de pensar, y dice que «desgraciadamente eso no sucede solamente en esta diócesis, sino en toda la Iglesia en general».

Puntualiza que la aplicación del concilio enfrenta muchos frenos «por un problema que tenemos en la Iglesia y del cual ha hablado el papa: el clericalismo».

El obispo señala que «el clericalismo hace ver al sacerdocio como un privilegio o como un poder, lo cual retarda mucho las cosas, incluida la participación de los laicos, porque quien se cree con poder se mantiene a distancia de aquellos a quienes ve como subordinados y los atiende solo en cosas secundarias. Debemos conseguir que el sacerdote abrace la participación plena del laicado como algo fundamental para una buena pastoral, pero hay reticencia en los curas que consideran que tratarse de igual con un laico merma su sensación de poder, sus privilegios, su nivel de autoridad, y eso no es bueno, porque genera distanciamiento cuando lo que hace falta es cercanía».

Es debido a lo anterior que planea concentrar su esfuerzo en desarrollar esa pastoral en la diócesis, fundamentalmente en la parte que concierne a los sacerdotes mientras aún esté en funciones como obispo; es decir, durante el tiempo que el Pontífice tarde en designar su sustituto.

Consultado sobre si confía en que el nuevo obispo que llegue a esta diócesis dará seguimiento a su servicio por los indígenas y los migrantes dijo: «A mí me parece que ya no hay otra manera de ser obispo. Si no atendemos a las víctimas o a los necesitados no hay manera de serlo. No hay que olvidar que llegará el momento en que vamos a llegar al cielo y el Señor dirá: “Tuve hambre, ¿me diste de comer?; tuve sed, ¿me diste de beber?; estaba desnudo, ¿me vestiste?…” O también podrá decir “pasa, porque tú sí hiciste lo que debías hacer”. Pero, Señor, ¿cuándo hice eso? “Cuando ayudaste a los más insignificantes de mis hijos”. Eso es irrebatible. Incluso el santo padre Francisco lo dice: “Lo más importante para el Evangelio son los pobres. Si hacemos una evangelización de espaldas a los pobres no conseguiremos el reino de los cielos cuando llegue el final de nuestra vida».

En conclusión, aseguró que trabajar en la diócesis de Saltillo lo ha hecho crecer y aprender nuevas cosas. «Yo no conocía el norte ni a su gente que me ha enseñado tanto. Soy un afortunado, porque la obediencia que me llevó de la sierra de Guerrero a la selva de Chiapas también me trajo al desierto de Coahuila. Soy un afortunado porque creo que en todos los lugares a donde he ido he aprendido, así que ahora aprovecho para darles las gracias a ustedes, los miembros de esta diócesis por dejarme caminar en mi trabajo pastoral. Gracias a ustedes sacerdotes, laicos, laicas, religiosas, a todos con quienes me he compartido. Gracias». E4



Fray Raúl: Yo me he «desordenado» solo...

Han pasado 52 años desde que Raúl Vera solicitó su ingreso a la orden de predicadores (frailes dominicos). Su ordenación sacerdotal estuvo a cargo del papa Pablo VI, en junio de 1975 (tenía 30 años); 12 años después (1987) sería ordenado obispo por su santidad Juan Pablo II, convirtiéndose en el primer fraile dominico mexicano en alcanzar tal rango en casi dos siglos. Bromista, como suele ser, alguna vez declaró: «Dos Papas me ordenaron y yo me he desordenado solo» (Gatopardo, 05.01.12).

En 1988, la diócesis de Ciudad Altamirano, Guerrero, fue la primera que tuvo a cargo. En ella fundó el Centro Social «Juan Navarro» para atender a los pobres.

En 1994 fue miembro de la Comisión de Pastoral Social y de la Comisión Episcopal para la Paz en Chiapas, donde apoyó en el proceso de pacificación ante la insurrección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). El 14 de agosto de 1995 fue nombrado obispo coadjutor en la diócesis de San Cristóbal de las Casas, para trabajar junto al obispo Samuel Ruiz, que ostentaba pleno respaldo social como mediador.

Narró que «ahí el problema más grande era que el gobierno federal organizó paramilitares que eran también indígenas a los que les ofrecían armas, uniformes y un salario, los cuales, además de matar a otros indígenas, los expulsaban de sus comunidades, los despojaban de todo, quemaban sus casas, desmontaban las cooperativas o centros de salud, y les impedían cultivar sus tierras. Me tocó luchar a brazo partido hasta llegar el momento de la masacre de Acteal, en donde quedó expuesto que era el Ejército el que armaba paramilitares y el gobierno tuvo que retirarlo».

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