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Edición 633

Iglesia

Raúl Vera, «profeta de la solidaridad»

A casi dos décadas de su llegada a Coahuila, el obispo de Saltillo se ha convertido en un símbolo internacional de la defensa de los derechos humanos. Su «apostolado social» le ha acarreado reconocimientos, pero también críticas del poder y de los grupos más conservadores

Javier Mariscal

Con 44 años de sacerdocio, 31 de vida episcopal y casi dos décadas como obispo de la Diócesis de Saltillo, Raúl Vera López se ha convertido en un símbolo de la defensa de los derechos humanos, en particular de los sectores más vulnerables. No solo de Coahuila, sino de México y de Centroamérica.

Más que una afrenta, la personalidad de fray Vera es la némesis de la discriminación, el machismo y el clasismo que imperan en el país, coinciden activistas que trabajan a su lado.

Formado bajo los preceptos de la Teología de la Liberación, su discurso a favor de los trabajadores, de la diversidad sexual y de los desposeídos incomoda al poder público, a parte del empresariado y genera rechazo entre los grupos más conservadores.

«Queremos un obispo católico», piden mantas colgadas en la catedral por sus detractores, quienes lo acusan de utilizar su rango religioso para empoderar el activismo social. Se trata de lonas anónimas que revelan la hipocresía de una sociedad acostumbrada a «tirar la piedra y esconder la mano», lo que contrasta con la actitud de un obispo que siempre da la cara y se convierte en la voz de quienes más lo necesitan.

Su trayectoria siempre ha estado ligada a la justicia social. En la Diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, fue obispo coadjutor con monseñor Samuel Ruiz en el momento más álgido de la lucha indígena.

En marzo del año 2000, cuando fue nombrado obispo de Saltillo, muchos pensaron que se apaciguaría su «apostolado social», pero aquí encontró más trincheras desde donde luchar. Al momento de su arribo, cuando la Diócesis de Saltillo ocupaba todo el territorio estatal, excepto la Región Lagunera, en Piedras Negras lo recibieron con una manta que rezaba: «Bienvenido a tierra de migrantes».

«Inmediatamente su espíritu de lucha por la dignidad de las víctimas, su obsesivo compromiso por la justicia le hicieron alegrarse al ver que aquí había nuevos horizontes hacia los cuales dirigir su visión en pro de los derechos humanos», dice a Espacio 4 el sacerdote Pedro Pantoja Arreola.

La alegría fue mutua, comenta, pues aquí ya había un cierto camino andado en esa lucha. La Casa del Migrante de Piedras Negras fue la primera del país en ser administrada por sacerdotes y un obispo diocesano, pues las otras tres de entonces (Tijuana, Tapachula y Ciudad Juárez) habían sido fundadas por religiosos scalabrinianos.

«Recuerdo perfectamente sus palabras al formalizar la inauguración de la Casa del Migrante en Piedras Negras: “Este es un momento realmente grande para mi vida episcopal”», rememora Pantoja, director de la Casa del Migrante de Saltillo.

«Él sí lucha por las causas, no solo las denuncia, con todo y las complicaciones que eso implica en estos tiempos de complejidad migratoria, con Donald Trump como presidente de Estados Unidos, mandatario cuyos esfuerzos en realidad no frenan el flujo de migrantes, solo hacen más cruenta su travesía», agrega.

«La personalidad del señor Vera es la de un profeta de la solidaridad. Es un pastor que se sumerge a comprender la historia de las víctimas para poder llevarlos a un camino de esperanza y respuesta a sus necesidades, y esto lo une a un compromiso evangélico social realmente fuerte en el camino de un Cristo comprometido contra la injusticia y la desigualdad social», concluye.

Diversidad sexual

Otro frente de lucha abierto por monseñor Vera es su controversial apertura hacia la diversidad sexual, específicamente su aceptación de la comunidad lésbico-gay y su apoyo para que dentro de su grey sean vistos, aceptados y respetados simplemente como lo que son: seres humanos.

En un principio, el apoyo era enfocado a hombres por ser quienes más sufrían el rechazo inmediato, tanto al interior de la Iglesia como en la sociedad civil, algo que en mujeres no era tan evidente pero que también sucede, por lo cual ellas se incorporan al movimiento poco tiempo después.

Sin embargo, la de «los gays» es una lucha tan viva y tan particular, que los esfuerzos que llegaron a madurar un plan diocesano de pastoral con directrices definidas y la fundación de la Comunidad San Elredo como promotora de los derechos de esas personas se modificaron cuando los intereses civiles empezaron a chocar con los preceptos históricos del catolicismo.

A escala internacional, el sector duro de la Iglesia cobró caros los atrevimientos regionales. La agencia católica de noticias ACI Prensa —protegida por el arzobispo de Lima y miembro del Opus Dei, Juan Luis Cipriani— llegó incluso a afirmar que el obispo Vera promovía la homosexualidad y hasta el aborto.

La crisis interna alcanzó un clímax cuando la comunidad lésbico-gay y transgénero exigió que en su derecho a constituir parejas —que ya había sido aceptado legalmente bajo la figura de unión civil— se diera un paso más allá y se les reconociera en la legislación coahuilense como «matrimonio homosexual con derechos plenos», discurso que chocaba incluso con la posición de Raúl Vera, quien defendía el derecho a la unión civil siempre y cuando no se le llamara «matrimonio».

«Para evitar confrontaciones, se decidió, para términos formales, oficializar nuestra separación de la Iglesia, aunque en la realidad la relación persiste. Cada vez hay más sacerdotes que nos aceptan como parte de una grey con las mismas necesidades espirituales que las de cualquier persona. San Elredo A.C. es ahora un organismo independiente, pero aún ofrecemos apoyo para que la feligresía en esta diócesis entienda nuestra finalidad como agrupación, que no es otra más que el simple hecho de que se nos reconozca el derecho a la espiritualidad católica como hijos e hijas de Dios que también somos», dice en entrevista Noé Ruiz Malacara, quien lidera esta asociación.

Añade que la comunidad ve en Raúl Vera a una persona que lucha por los derechos de todas las poblaciones vulnerables. «Para nosotros es un aliado fiel y permanente. Es una figura que no esperábamos que podría llegar al norte del país, donde claramente busca romper la ancestral cultura del machismo. El hecho de ver que un pastor católico intenta cambiar esa mentalidad fue algo que nos sorprendió. Indudablemente que su paso por esta diócesis ha sembrado una huella imborrable. Todavía hay un pequeño sector de la diócesis renuente a aceptarnos, pero se ha avanzado mucho y eso es invaluable», señala.

Pueblo minero

Entre las causas fuertes que también defiende el obispo Vera, destaca la pugna por el rescate de los 63 cuerpos de mineros que aún siguen atrapados tras el derrumbe de la mina Pasta de Conchos, en el municipio de San Juan Sabinas, desde el 19 de febrero de 2006.

Cristina Auerbach, quien coordina actividades de la organización Familia Pasta de Conchos (OFPdC), señala que el acompañamiento de Vera López es irremplazable, pues es «un abrazo que conforta», sobre todo cuando del resto de la sociedad civil perciben una «brutal indolencia y frialdad» ante sus demandas.

Y es que el trabajo de la Diócesis de Saltillo ayudó a poner los reflectores sobre las precarias condiciones laborales y de seguridad en la Región Carbonífera.

Desde 2003 las regiones Carbonífera y Norte dejaron de pertenecer a la Diócesis de Saltillo, pues con los municipios que abarcan se conformó la Diócesis de Piedras Negras, asignada al obispo Gerardo Garza Treviño.

«De Garza Treviño no esperamos nada. Es Raúl Vera quien no nos ha abandonado», apunta Auerbach, para quien resulta incomprensible cómo dos jerarcas de la misma Iglesia toman actitudes tan opuestas en lo que respecta a la defensa por la dignidad de las personas.

Para Auerbach, el cambio en el gobierno federal arroja una luz de esperanza sobre la solución a sus demandas. «Ya se realizan estudios en terreno para ver la manera en que se pudiera operar el rescate de los cuerpos». Por el contrario, los gobiernos estatales y municipales que han pasado —dice— «siempre han estado a favor del interés económico, y si por ellos fuera echarían más piedras para sepultar el caso en lugar de sumarse al clamor social que pide recuperar los cuerpos, salarios “decentes” y condiciones de vida más dignas para los trabajadores de una industria que genera tanta riqueza a los inversionistas».

Vera López cumplirá este año la edad en la que, por derecho canónico, deberá presentar su renuncia al Papa. A 20 años de su llegada a Coahuila o a 14 de la tragedia de Pasta de Conchos y por toda su labor en pro de los derechos humanos, la Diócesis de Saltillo configuró un proyecto al que denominó «Raúl Vera 2020» para hablar sobre su trabajo, con particular énfasis en las luchas que en y desde Coahuila ha abanderado.

Para ello se ha organizado una serie de foros los días 13 de cada mes —de enero a junio de este año— en la Casa San José, en el centro de Saltillo, en los cuales se ofrecerá el testimonio de aquellos que han colaborado en las diferentes trincheras humanitarias.

No son pocos los intereses de poder económico y político que monseñor trastoca con su activismo y discurso social tanto desde los altares como desde las periferias que recorre para acercarse a los lugares donde están los necesitados. Debido a ello, hay quienes consideran que «gusta de jugar con fuego» y temen que en cualquier momento pueda ser víctima de un atentado, por lo cual una demanda adicional es que las autoridades procuren el resguardo de su seguridad.

De hecho, Vera parece tener claro que es una persona bajo constante riesgo. Con repecto a una pulsera de acero que porta en la muñeca de su mano izquierda, declaró: «Por si me disparan» (Gatopardo, 05.05.19). En la pequeña pieza de metal lleva inscritos su nombre, tipo de sangre, alergia a los antibióticos y datos de contacto. E4

«Él (Raúl Vera) sí lucha por las causas, no solo las denuncia, con todo y las complicaciones que eso implica en estos tiempos de complejidad migratoria (…) Es un profeta de la solidaridad».

Pedro Pantoja Arreola

«Para nosotros es un aliado fiel y permanente. Es una figura que no esperábamos que podría llegar al norte del país, donde claramente busca romper la ancestral cultura del machismo».

Noé Ruiz Malacara

«De Garza Treviño no esperamos nada. Es Raúl Vera quien no nos ha abandonado (…) Si por ellos (gobiernos locales) fuera, echarían más piedras para sepultar el caso Pasta de Conchos».

Cristina Auerbach

El gobierno administra el dolor y la tragedia a su favor

En Coahuila, como en todo México, las necesidades de las minorías oprimidas tienen diferente rostro. Son los campesinos de General Cepeda que luchan contra la instalación de un basurero tóxico y por la conservación de sus fuentes de agua; las mujeres violadas por militares en Castaños; los de las familias de mineros que pugnan por mejores condiciones laborales y por el rescate de los cuerpos de Pasta de Conchos; las familias con hijas o hijos desaparecidos. Y la lista sigue.

De ahí que el obispo Raúl Vera haya decidido fundar el Centro Diocesano para los Derechos Humanos «Fray Juan de Larios A.C.», en 2004. «Su trabajo consiste en ofrecer atención, orientación, encauzamiento y apoyo a tanta problemática como nos es posible», dice Blanca Martínez, directora de la asociación.

Martínez destaca que la violencia e inseguridad en Coahuila hicieron que para el «Fray Juan» fuera imperativo apoyar a los familiares cuyos seres queridos fueron víctimas de desaparición forzada.

De 2009 a la fecha, destaca, el tema de los desaparecidos ocupa hasta el 80% del trabajo del centro, pues esta problemática incluye otras violaciones o delitos como desplazamiento forzado, ejecuciones extrajudiciales o tortura. También asesoran en temas como feminicidio, derecho a la tierra-territorio, «pues no paran de llegar todo tipo de solicitudes y no tenemos capacidad para atenderlas todas. A algunas solo les ofrecemos apoyo en procesos organizativos».

En ese sentido, destaca los lazos con organismos supranacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Human Right Watch, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos o la Cruz Roja Internacional. «Nuestro interés es que nos ayuden a exigir y presionar ante el Estado mexicano para que todos los desaparecidos, en la situación que estén, sean encontrados y que pare esta masacre», precisó.

«En esto hay un juego de intereses, donde el gobierno o las instituciones oficiales, que deberían ser los primeros responsables de atender y resolver la problemática no han hecho más que “administrar el dolor y la tragedia a su favor”, por ejemplo, en los tiempos electorales».

Martínez indica que desde el «Fray Juan» se ha invertido una gran cantidad de recursos, tiempo, esfuerzo y se han creado organismos hermanos como Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos, a través del cual se mantiene un diálogo con las autoridades para fortalecer la institucionalidad. También se han promovido leyes, capacitación forense y hasta un centro de identificación o un plan estatal de exhumaciones. Aun así, los resultados, en términos de localización de personas, garantía de certeza, verdad, justicia y el reencuentro siguen en números más que rojos.

«Tras 10 años de manifestarnos y denunciar violaciones a los derechos, percibimos un pequeño signo de apertura en la sociedad; no es mucha, pero es significativa, porque cuando empezamos era nula, incluso algunas parroquias rehusaban participar; fue a raíz de que el propio Raúl Vera tocó a sus puertas que el miedo que tenían a ponerse en riesgo empezó a ceder incluso entre los no católicos. Académicos y estudiantes ya nos invitan a dar pláticas en sus escuelas para generar consciencia», comenta.

«Todos reconocemos a Raúl Vera como un hombre que se esfuerza enormemente por vivir la congruencia de su fe, comprometido con el pueblo, con las causas, con los dolores y la esperanza de la gente que ha sido violentada, que vive herida y busca sanación. Para nosotros en el Centro Diocesano Fray Juan de Larios, así como para las familias con las que trabajamos, Raúl representa un gran abrazo de apoyo, de cercanía y cariño. Es un hombre que busca la congruencia con el evangelio, con lo que él cree; alguien que presenta una Iglesia viva, un Dios, un Jesús encarnado en los pobres y en los que sufren y desde ahí nos ofrece un infinito sentido de esperanza social», señala.

El Centro Diocesano Fran Juan de Larios ha ganado reconocimiento internacional por su labor. Un destacable galardón recibido es el premio Sergio Vieira de Mello, otorgado en octubre pasado por la asociación Villa Deciusa, en Varsovia, Polonia, que se otorga «a personas, comunidades y organizaciones no gubernamentales por su aporte de paz, que sirven de ejemplo a otras víctimas de conflicto en el mundo». En 2010, Raúl Vera recibió el premio Rafto, en Noruega, por su labor a favor de inmigrantes e indígenas. En 2012, fue candidato al Premio Nobel de la Paz. E4

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