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Edición 622

Reportaje

Amazonia, desarrollo vs. medio ambiente

La política económica de Jair Bolsonaro pone en riesgo uno de los pulmones del planeta. Para impulsar la producción agropecuaria, minera y maderera, el mandatario brasileño socava la protección ambiental y fomenta el odio contra activistas e indígenas

Gerardo Moyano

Ni los insultos a las mujeres, indígenas, negros y homosexuales, ni sus alabanzas al «pasado glorioso» de la dictadura militar le han costado tanto desgaste al presidente brasileño Jair Bolsonaro como el manejo de la crisis desatada por los recientes incendios en la Amazonia.

Con apenas un 29% de aprobación en agosto, el exmilitar se ha convertido en el mandatario de Brasil peor calificado en los primeros ochos meses de gobierno, según la última medición de la encuestadora Datafolha (01.09.19).

El 51% de los encuestados consideró «malo o muy malo» el manejo de los incendios, pero también perdió puntos por la confrontación con los gobernadores del noroeste (a quienes llamó «paraibas», en referencia a la región pobre del norte del país) y la intención de nombrar a su hijo Eduardo Bolsonaro como embajador de su país en Washington, entre otros temas.

Bolsonaro, el último referente de una oleada de gobernantes de derecha que está alcanzado el poder con discursos racistas en varias partes del mundo, no solo considera la protección de la selva tropical más grande del planeta como un impedimento para el desarrollo económico del país, sino que ha llegado al extremo de culpar de los incendios en la zona a ambientalistas, «que quieren llamar la atención contra mí».

También se ha confrontado verbalmente con el presidente francés Emmanuel Macron, quien pidió a la Unión Europea que presione comercialmente a Brasil para que mejore su política medioambiental. Bolsonaro tachó a Macron de «imperialista», se burló de la edad de su esposa y prometió no utilizar más bolígrafos de la marca Bic «por ser franceses». Incluso se ha enfrentado a obispos de la Iglesia católica, quienes se declararon «junto al papa Francisco» como «defensores intransigentes» de la preservación de la selva.

Su desdén a la ayuda internacional ofrecida por el G7 (22 millones de dólares), por considerarla una «amenaza a la soberanía nacional», y su preferencia comercial hacia Estados Unidos, lo ubican como un populista peligroso para el futuro del planeta, junto a Donald Trump.

«(Ambos mandatarios) Tienen una visión del mundo que es muy semejante», dice el canciller brasileño Ernesto Araújo, quien el pasado 30 de agosto se reunió con Trump en la Casa Blanca para negociar «un acuerdo de libre comercio muy ambicioso, que para Brasil ha sido durante muchos años un sueño, pero que gobiernos anteriores denegaron por una tendencia anti-americana que correspondía a los intereses de su partido» (El Nuevo Herald, 03.09.19).

Para revertir esa «tendencia» que caracterizó al izquierdismo de Lula da Silva y Dilma Rousseff —durante los cuales la deforestación de la Amazonia se redujo 60%—, Bolsonaro comenzó a recortar el presupuesto de las agencias de protección ambiental, relajó lo controles de quema de pastizales y se lanzó contra ambientalistas y comunidades indígenas «que se oponen al desarrollo».

También trasladó el Servicio Forestal Brasileño del Ministerio de Ambiente y al de Agricultura e impulsó la idea de que los fiscales agro-ambientales ya no iban a «molestar» a los agricultores y ganaderos.

«El gobierno creó una sensación de impunidad entre los agricultores que estaban dispuestos a cometer actos ilegales para deforestar», dijo Rómulo Batista, miembro de la Campaña Amazonia de Greenpeace Brasil. La policía federal de Brasil anunció que investigará la denuncia de que agricultores del estado de Pará, uno de los más afectados por las llamas, organizaron en WhatsApp «un día de fuego» el 10 de agosto para mostrar su apoyo a la política de disminuir las regulaciones ambientales.

De ahí que incluso antes de que los incendios pusieran estas medidas bajo los reflectores internacionales, Noruega y Alemania ya habían decidido suspender las donaciones al Fondo Amazonia, el cual ha aportado mil 288 millones de dólares en la última década a «proyectos de prevención, monitoreo y combate a la deforestación, y de promoción de la conservación y el uso sustentable» en la Amazonia.

Por ahora, la presión internacional ha logrado que el presidente brasileño firme un decreto para prohibir el uso de fuego en todo el país por 60 días —que luego limitó a ciertas zonas—, pero los expertos en el tema advierten que de seguir con el ritmo de deforestación actual, uno de los pulmones del planeta podría convertirse en sabana antes de 2050.

«El Trump de Latinoamérica»

En la conmemoración de los 10 años del Fondo Amazonia, realizada en junio de 2018 en Oslo, Noruega —país que ha aportado el 94% de las donaciones—, el ministro de Medio Ambiente noruego, Ola Elvestuen, advirtió sobre los peligros del cambio de política ambiental en Brasil.

«Si observamos los números sobre cómo se ha desacelerado la deforestación en Brasil en esos 10 años, el fondo definitivamente ha sido un éxito (…) En los últimos dos años, los números de deforestación fueron en la dirección equivocada. Por lo tanto, pagaremos las consecuencias», dijo.

Y ante las intenciones del gobierno de Bolsonaro de hacer «más efectivo» el fondo indemnizando a productores rurales que estuviesen dentro de las áreas protegidas, lo que favorece la invasión de tierras y la deforestación, Elvestuen informó: «Noruega actualmente no está en condiciones de hacer más contribuciones al fondo».

La respuesta de Bolsonaro fue muy al estilo Trump. Vía Twitter, el mandatario afirmó que «cerca de 40% del Fondo Amazonia va para las ONG, refugio de muchos ambientalistas» e invitó a ver un video de la «matanza de ballenas patrocinada por Noruega», que luego se supo se había filmado en Dinamarca.

«Estos países que envían dinero aquí no lo hacen por caridad. Lo mandan con el propósito de interferir en nuestra soberanía», dijo Bolsonaro. A diferencia de lo que hizo Macron, ningún funcionario noruego respondió a las provocaciones del brasileño.

«La soberanía territorial de Brasil sobre el Amazonas es incuestionable. Lo que también está fuera de toda duda es que no podemos alcanzar los objetivos internacionales de clima o biodiversidad sin lograr preservar la Amazonia (…) Es crucial que Brasil se comprometa a reducir la deforestación», comentó Elvestuen.

Desencajado por la opinión internacional y las protestas en las principales ciudades brasileñas bajo el lema «Bol $ onaro está quemando nuestro futuro», el mandatario se lanzó contra los ambientalistas.

«Las ONGs perdieron dinero, con (la suspensión del) dinero de Noruega y Alemania (…) Están desempleados (…) así que puede haber actividades criminales de miembros de ONG que quieren llamar la atención contra mí y contra mi gobierno (…) ¿Qué más tienen para hacer? Intentar derribarme», dijo.

Guerra comercial

Además del discurso neoliberal y anti-ambientalista —EE.UU. se rehúsa a firmar acuerdos para disminuir la emisión de gases de efecto invernadero por considerar que éstos no generan el calentamiento global— los presidentes Jair Bolsonaro y Donald Trump comparten intereses comerciales.

Según una investigación de TheIntercept, medio creado para filtrar documentos de manera anónima, dos empresas brasileñas, Hidrovias do Brasil y Patria Investiments, están deforestando gran parte de la selva amazónica para facilitar el cultivo de soja y construir carreteras que les permitan llevar el producto a los puertos de exportación. Ambas pertenecen al grupo Blackstone, propiedad de Stephen Schwarzman, principal donante de la campaña presidencial de Trump y del líder de la mayoría republicana del Senado, Mitch McConnell.

Hace unos meses, el gobierno de Bolsonaro anunció que Hidrovias do Brasil se asociaría en la privatización y el desarrollo de cientos de kilómetros de la ruta BR-163, que cruza la Amazonia y llega hasta la frontera con Venezuela.

La obra forma parte del «Plan de desarrollo de la Amazonia», que busca resucitar el proyecto Calha Norte —Canal Norte—, el cual data de 1985, último año de la dictadura militar que gobernó Brasil desde 1964. El plan estaba orientado a «vigilar» la Amazonia en el marco de la lucha contra el comunismo.

Según la organización no gubernametal Open Democracy (Democracia Abierta), el nuevo plan pretende segregar a las poblaciones originarias y deforestar la región para crear carreteras, puentes y ferrocarriles (Open Democracy, 17.07.19).

«El desarrollo de la carretera en sí causa deforestación, pero lo más importante es que ayuda a convertir la selva en tierras de cultivo», denuncia TheIntercept, que recientemente reveló conversaciones comprometedoras entre el exjuez del caso de corrupción «Lava Jato» y actual ministro de Justicia de Brasil, Sergio Moro, con fiscales y jueces que condenaron a prisión al expresidente Luis Inácio Lula da Silva. Las conversaciones de Moro sugieren además una conspiración contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

De ahí que tanto Bolsonaro como Trump estén tan interesados en firmar un acuerdo comercial que dejaría a Brasil afuera del Mercosur.

Y es que con el giro de México hacia la izquierda, con un gobierno que ha sido astuto para detener la imposición de aranceles a sus productos, y con China buscando nuevos mercados por la misma razón, a Estados Unidos le urge recuperar un socio comercial que figura entre las cinco economías más grandes del planeta.

De hecho, tras los altos aranceles impuestos por Donald Trump a China, las exportaciones de soja estadounidense al país asiático cayeron 50%, mientras que las de Brasil aumentaron casi 30% en apenas unos meses.

El cultivo de soja, que China utiliza principalmente para alimentar a cerdos, es causante del 6.5% de la deforestación amazónica. Pero no solo los chinos compran soja brasileña, sino también Europa, donde Greenpeace ha denunciado una «adicción» a esta leguminosa usada en granjas avícolas y porcinas.

China también es el principal comprador de carne de Brasil. La cría de ganado es causante del 65% de la deforestación de la Amazonia y genera grandes cantidades de dióxido de carbono por los incendios «controlados» que se realizan para convertir la selva en terreno apto para la pastura.

La minería, producción de madera y extracción de combustibles fósiles también contribuyen a la deforestación. No solo eso, incitados por el discurso de odio de Bolsonaro —«es mucha tierra para poco indígena»— los líderes de estos sectores atacan a los aborígenes, convertidos en el último bastión de defensa de la selva.

Por lo pronto, con la excusa de problemas de salud, Bolsonaro no acudió a la «Reunión de Jefes de Estado y de Gobierno de la Región Amazónica», que se llevó a cabo el pasado 6 de septiembre en Leticia, Colombia.

Eso sí, dijo que asistirá, «aunque sea en silla de ruedas», a la Asamblea General de Naciones Unidas, el próximo 20 de septiembre en Nueva York, «porque quiero hablar sobre el Amazonas». El mundo lo escucha. E4

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