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Edición 622

Sociedad

Mujer de impagables facturas

Si la autoridad no responde el llamado de alerta ¿cuál podría ser la opción de la sociedad civil ante el aumento de la violencia de género? Las manifestantes sacaron la fuerza indeleble, comprimida a presión. Era hora del enardecido desquite

Renata Chapa
Twitter: @RenataChapa
Email: centrosimago@yahoo.com.mx

Preludio de cínicos espejos

Es mujer, chíngatela. Es mujer, búrlate. Es mujer, golpéala. Es mujer, ensordécete. Es mujer, difámala. Es mujer, explótala. Es mujer, niégala. Es mujer, satirízala. Es mujer, omítela. Es mujer, úsala. Es mujer, impóntele. Es mujer, escóndete. Es mujer, fuérzala. Es mujer, ríete. Es mujer, cógetela. Es mujer, desentiéndete. Es mujer, miéntele. Es mujer, denóstala. Es mujer, espíala. Es mujer, óbviala. Es mujer, exhíbela.

Es mujer, cállate y cállala: mátala.

Es Mujer muerta en vida. Es Mujer muerta de a poco y más. Eres y somos Mujeres muertas de entre las tantas muertas.

«No me cuidan, me violan»

Y qué más da

Varias frases tronaron a punta de gritos la tarde del 16 de agosto de 2019 en la capital de la República Mexicana. «¡No me cuidan, me violan! ¡No me cuidan, me violan!», era una de las más sacudidoras consignas a una sola voz, esparcida junto con puñados de diamantina rosa, en la prensa internacional y redes sociales. Rabia, impotencia, miedo y una cauda de duelos de género, ancestrales, quedaban mezclados dentro de las gargantas de mujeres y algunos hombres que denunciaban los casos de violación por parte de policías del gobierno capitalino como los presuntos responsables: «el primero, ocurrido el 10 de julio en un hotel de la colonia Tabacalera; el segundo, el 3 de agosto en la alcaldía Azcapotzalco y el último, dado a conocer por la Procuraduría capitalina el 8 de agosto, por una agresión dentro del Museo Archivo de la Fotografía» (www.animalpolitico.com/2019/08/diamantada-cdmx-protesta-mujeres/).

Precisamente, alrededor del «Ángel de la Independencia» —en bárbara ironía— el contingente denunciaba la cada vez más endemoniada oleada de violentaciones hacia las mujeres y la falaz dependencia de su bienestar a partir de una seguridad pública a capricho. Las insultantes simulaciones de los gobiernos federal, estatales y municipales eran llevadas al ruedo de la «Diamantada».

Cientos de mujeres marcharon vestidas de negro y algunas mostraban sus pañoletas verdes, el símbolo de tela que eligieron para expresar su defensa a la legalización del aborto. Unas iban cubiertas con pasamontañas y lentes oscuros; otras, a rostro límpido. La sororidad, una vez más, a la insistente defensa de lo que en lo oficial, y en lo políticamente «bonito», aparece como equidad, protección, salud, seguridad para la mujer. Puñetadas de mentiras: esta vez ya no se trató de un relato colectivo por las buenas. El hartazgo rebasó sus propios límites. La desesperación también cruzó niveles. Si la autoridad no responde el llamado de alerta, de inminente peligro, de auxilios múltiples para las mujeres, si ni siquiera contesta un mínimo mensaje por básico principio de comunicación y respeto, entonces, ¿cuál podría ser la opción de la sociedad civil ante el aumento de feminicidios? ¿Cómo deberíamos responder las mujeres que nos convertimos, por eliminación, en sobrevivientes? ¿Cuáles son los modales correctos para las desmembradas por dentro y por fuera, a mansalva?

Las manifestantes sacaron la fuerza indeleble, comprimida a presión, de un montón de botellas de aerosoles. Redactaron sobre monumentos y edificios públicos —con frases grandotas, con vocales fuertes, con pinturas que lagrimeaban colores— la poliédrica combinación femenina de valentía y terror. Puñetazos, patadas, sacudidas, quebraduras, trancazos fueron repartidos a los edificios de una estación de policía, de estaciones de Metrobús y, con un especial significado, a las instalaciones de la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México. Era hora del enardecido desquite in memoriam. Paredes, ventanas, puertas, pasacalles: desgarres, destrozos, deshonras. Qué se puede reconstruir; qué perdemos para siempre.

Es mujer, son cientos de ellas.

Y qué más da.

«Medios de medias tintas»

Y qué con eso

Pues sí, han transcurrido décadas sobre décadas desde aquellas primeras confrontaciones en aras de la defensa de los derechos humanos, así como del rubro específico —y en permanente condición emergente y de emergencia— de los derechos de la mujer. La primera lucha de y por las mujeres, al igual que cada una de las subsecuentes, han abonado a la equidad de género. En distintas medidas, con diversos métodos, pero todas las batallas encaminadas por ese fin han ameritado una difusión mediática solidaria, vasta, a la medida del justo reclamo de género.

Sin embargo, como suele pasar con harta frecuencia en los sobreentendidos marcos de los usos y costumbres, estas «pataletas femeninas», de mayor o menor dosis de violencia, son aventadas al patio trasero. Allá donde las mujeres puedan chillar y quejarse a pulmón abierto, sin molestar, consoladas a medio gas, si bien les va, por autoridades de medio pelo. Las agendas de quienes marcan muchos de los ritmos de nuestra atención ciudadana con frecuencia privilegian otros rubros. En temas de género, si éstos convocan al morbo y catarsis rentables, como llegan a ser ciertos casos de feminicidios, entonces sí que adquieren su momentáneo escaparate. Los abordajes mediáticos, políticos, religiosos, educativos, en materia de la defensa de la mujer, reportan elevadas cuentas pendientes.

No obstante, tal como lo menciona en la cita textual de apertura la académica Marta Lamas, —no existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo—. Lo sucedido en la Ciudad de México hace casi un mes atrás no fue poco relevante en la historia de la defensa de los derechos de la mujer. Las oleadas informativas punzaron el imaginario colectivo nacional. Las redes sociales reprodujeron con insistencia las fotografías, los videos de las «mujeres emputadas» que ahora sí, «como si fueran unos verdaderos hombres», vandalizaron bienes de la Nación. La polémica alrededor de lo sucedido en la marcha del 16 de agosto sigue polarizada. Son dos las principales posturas: la que condena los actos violentos de las directa e indirectamente violentadas de frente a la que, ante el desespero y el alto grado de riesgo, valida y alienta la visibilización de las agresiones en contra de las mujeres y el incremento de las tasas de feminicidios.

«No caeremos en provocaciones»

Y punto final

Según la perspectiva de analistas políticos y especialistas en temas de género, a partir del 16 de agosto de 2019 quedó bien prendida la mecha sobre la pólvora femenina de millones de mexicanas, dispuestas a ir más allá del altavoz y el asfalto. La probabilidad está cantada: más mujeres bomba están a poco de estallar en la capital y en otras entidades nacionales e internacionales.

No obstante, desde la perspectiva de la autoridad capitalina, la manifestación y los daños a los inmuebles de la #CDMX fueron una provocación orquestada. La Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum Pardo, así lo declaró: «Querían que el gobierno utilizara métodos violentos al igual que ellos lo hicieron y, nosotros, por ningún motivo vamos a caer en provocaciones. Claro que habrá carpetas de investigación por lo que ocurrió particularmente en la Procuraduría General de Justicia, y será la propia institución quien haga las investigaciones y resuelva. Condenamos los hechos» (eluniversal.com).

El enrarecido ambiente político que hoy en día predomina en la República Mexicana abona a la confusión, aumenta el escepticismo, multiplica las inferencias exprés. Victimizaciones, golpeteos partidistas, satanizaciones. El enredo informativo es tal que, en medio de las nebulosas mediáticas, se llega a perder el foco de la más sentida y urgente certeza: los cuerpos «con y sin vida» de las mujeres violentadas: niñas, adolescentes, jóvenes, adultas, ancianas. Aquí vale un necesario alto reseñístico. Un solo ejemplo de alto contraste. De presidente a presidente, como mero punto de comparación.

Mujeres provocadoras.

Caigan las que caigan. Y punto final.

Peña Nieto, AMLO y feminicidios en aumento. Y da igual

En 2019, el libro Las muertas del Estado. Feminicidios durante la administración mexiquense de Enrique Peña Nieto (Ed. Grijalbo, México, 2013), de los periodistas Humberto Padgett y Eduardo Loza, adquiere una elevada dimensión. Encamina al lector a lo sucedido tres décadas atrás en torno al tema de los feminicidios que, como sostienen sus autores, en 1990, iban en marcado aumento.

Atendamos los siguientes datos condensados por Irving Pineda al entrevistar a los autores de Las muertas del Estado: «De 1990 a 2011 se levantaron en todo el país 32 mil 172 actas de defunción de mujeres que fallecieron por agresiones; de estas actas, siete mil 749 se elaboraron en el Estado de México. En 2011, año en que se renovó la gubernatura en el Estado de México, los feminicidios alcanzaron su nivel más alto, 4.5 muertes ocurrían por cada 100 mil mujeres que residen en esa entidad; así lo revelan cifras que emanan de las bases de datos de mortalidad de la Secretaría de Salud federal (…) Lo que nosotros encontramos es que el Estado de México ha mentido reiteradamente incluso con el total conocimiento del hecho, cuando pretendió la alerta de género y quienes sostuvieron la defensa del gobierno del Estado de México presentaron tasas en las cuales fueron, rebajadas, diluidas a la mitad (…) (Los feminicidios) no se consignan en los expedientes como tales y, de esa manera, empieza a maquillarse el estado de las cosas en el Estado de México. En esa entidad se potenció más la vulnerabilidad de las mujeres por el desconocimiento que las autoridades hacían del fenómeno por el interés electoral de Enrique Peña Nieto (...). Entre 2005 y 2011, cuando Peña fungía como gobernador del Estado de México en todo el país se certificaron 12 mil 023 asesinatos intencionales de mujeres, de los cuales mil 997 se registraron en el Estado de México, es decir, el 16%».

Ahora bien, aquí algunas cifras publicadas por el periódico Reforma, también sobre el feminicidio y muertes dolosas de mujeres, generadas en los primeros siete meses de 2019. Análisis y comparación obligados: «El Estado de México encabeza la lista nacional por número de mujeres víctimas de lesiones dolosas, con 10 mil 887 en los primeros siete meses del año. Cifras del secretariado ejecutivo del Sistema nacional de Seguridad Pública (SESNSP), indican que la entidad mexiquense además concentró el 27% de las víctimas que hubo en todo el país. En segundo lugar estuvo Guanajuato, con tres mil 992, seguido de Jalisco, con dos mil 566; Michoacán, con dos mil 69; Querétaro, con mil 997; Baja California, con mil 860; y Puebla, con mil 460. Los estados con menos víctimas fueron Campeche, con 30; Tlaxcala, con 44; Yucatán, con 45; Nayarit, con 68; y Sonora, con 144. Aguascalientes aparece con cero víctimas, sin embargo, se debe a que su Fiscalía no registra el sexo de las víctimas de lesiones dolosas y sólo las inscribe en la categoría “no identificado”. La tasa nacional de víctimas es de 61.9 por cada 100 mil mujeres; 12 entidades están por arriba del promedio. Los estados con las tasas más altas son Querétaro, Guanajuato, Estado de México, Baja California y BCS. (…) El Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) ha advertido que los estados no investigan las muertes dolosas de mujeres bajo protocolos de feminicidio, aun cuando así lo acordó el Consejo Nacional de Seguridad Pública en diciembre de 2017» (reforma.com).

Injusticia, impunidad.

Más mujeres muertas. Y da igual.

Mujer de impagables facturas

De qué sirve que consignemos números, que sea reportado el aumento sostenido y disparado de los feminicidios, si no avanzamos —y tampoco nos interesamos— en la comprensión de los orígenes multifactoriales del problema, si no somos empáticos con el hondo dolor de género que a todos y a todas nos pertenece. De qué vale publicar libros brillantes y reportes periodísticos actualizados, puntuales, si nuestra memoria histórica desaparece, incluso a cortísimo plazo, y pesan más en la formación de nuestros criterios el trillado estereotipo de mujer, las suposiciones amarillistas, la chismorrería visceral hinchada de misoginia y ácidos resentimientos intra e intergéneros. Cómo solicitar justicia con las leyes como la Olimpia y similares si se siguen dando por «naturales», «esperados», «invencibles», «justificados» e «inamovibles» los micromachismos por parte de servidores públicos, líderes de opinión, abogados, periodistas, padres de familia, jueces, parejas sentimentales, compañeros de trabajo, familiares, amigos, y, por supuesto, por tantas mujeres enceguecidas y sometidas. De qué va la presencia y actuar de la mujer si nuestras garantías y derechos son politizados, minimizados, vulnerados, escupidos. Cómo no llegar a tener sentimientos encontrados por el hecho mismo de «ser mujer» y que éste sea el motivo fundamental de las impagables facturas que nos son endosadas, todos los días y en las distintas tierras mexicanas que nos vieron nacer, con violentaciones de los más diversos tipos y calibres.

Total: es mujer, chíngatela. E4

«Tan conocida es la tragedia de las miles de desaparecidas y asesinadas por su condición femenina en México, que ya casi nadie repara en la gravedad que implica que en nuestro país se mantenga a las familias en vilo, durante meses o años, sin definir si los cadáveres o esqueletos hallados en fosas u olvidados en el Semefo pertenecen a sus hijas. De allí que resulte tan importante hablar de la vida de las víctimas, no solamente hablar de su muerte como si fuera un incidente numérico».

Lydia Cacho

Prólogo de Las muertas del Estado

«No existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo. Esta frase la expresó, un tanto distinta, Víctor Hugo: “Ningún ejército puede detener una idea a la que le ha llegado el momento”. Años después, Alfred North Whitehead la reformuló: “Nadie puede enfrentar una idea cuyo tiempo ha llegado”. Hoy esa idea, que moviliza a millones de mujeres, es ¡basta de acoso! (…) Ese ¡basta ya! en realidad es ¡basta ya de desigualdad, basta ya de doble moral, basta ya de discriminación, basta ya de machismo!».

Marta Lamas

Acoso. ¿Denuncia legítima o victimización?

«Escribid, mujeres. Escribid que durante siglos se nos fue negado».

Virginia Woolf

Perfil

Sara Achik López

Es una mujer interesada en el bienestar social, temas de género, comunicación efectiva y el uso de redes sociales para generar un impacto positivo en la sociedad. Suma experiencias de colaboración con diversas organizaciones de la sociedad civil, especialmente en gestión y planeación de proyectos sociales, elaboración de campañas y uso de redes sociales. Es fiel creyente del trabajo en equipo y la acción colectiva. Fotógrafa documental en temas sociales, específicamente temas enfocados a la sensibilización de la comunidad. Apasionada del diseño con experiencia en uso de diversos programas de creación y edición.

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