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Edición 615

Sociedad

Restaurar el Sagrado Corazón

Los panteones municipales de Torreón gritan al unísono por dignidad, por ayuda, por respeto. ¿A quién acudimos por la salvaguardia de nuestras raíces familiares? ¿Es basura lo que significan nuestros antepasados? ¿Merecen nuestros abuelos, padres y amigos morar en medio de la estulticia?

Renata Chapa
Twitter: @RenataChapa
Email: centrosimago@yahoo.com.mx

El lejanísimo calendario de repente se vuelve amigo inmediato. «Levántense y anden», dice por atrás de la hoja que marca el día, mes y año únicos. Una fecha que llega, se va, y, si lo queremos, puede ser perpetua. Así resultó la aparición de Juan a media tarde: «Fui a visitar a mi mamá Gudelia al panteón. Regresé a mi casa más entristecido que lo habitual. Las tumbas llenas de historia, las más antiguas, patrimoniales, han empeorado. El descuido es notorio. Son muchos los daños y me duele ver ese espacio, el panteón municipal de Torreón, así. ¿A quién pido ayuda? ¿Qué podemos hacer?». A través de su voz era evidente la impotencia que sentía como hijo, como ciudadano y, también, llegado el momento, como habitante de ese cementerio junto con su querida madre. Su malestar era comprensible, justificable y grito de guerra.

Esa noche, una rápida consulta virtual comenzaba a dimensionar el desespero de Juan. En materia de cementerios, a escala mundial, ¿dónde podríamos encontrar referentes? ¿Cuáles podrían ser algunos cementerios donde quisiéramos ser colocados? ¿Por qué no comparar y actuar en grande? ¿Qué y quiénes lo impedirían?

Al encontrar decenas de panteones impresionantes, de lo más diversos, el primer pensamiento fue el de sus gobernantes y gobernados, así como sus conceptos culturales de vida y muerte —e identidad— reflejados en sus cementerios. Los altos del recorrido virtual fueron al azar. Comenzó con el cementerio chino de Kanchanaburi en Tailandia y sus lápidas coloridísimas, brillantes, con auténticos tronos sobre el terreno mortuorio, azulejos en dinámica colocación, impecables bardeados y, su serie de tumbas, enclavadas en una pendiente ancha, montañosa, reverdecida, como terrazas al aire libre, de pulcritud perfecta.

El punto siguiente fue el cementerio de Fez en Marruecos y sus lápidas color marfil, rectangulares, uniformes, diseñadas para cumplir como macetas de boca muy ancha en la parte superior, lugar donde florece una verde vegetación, bien cultivada y atendida.

Siguió el turno del Pére-Lachaise, en París, y el vigente respeto al plano arquitectónico que le dio origen: pasillos anchos, entre agradables combinaciones de luces y sombras naturales, árboles de verde oscuro y el cantar de pájaros alrededor de las moradas de Oscar Wilde, Molliere, María Callas, Edith Piaf, Chopin y Jim Morrison.

El cementerio de La Almudena en Madrid fue concebido a partir de un plano en forma de cruz medieval delineado por altos cipreses y detalles arquitectónicos barrocos de la época renacentista. De paso por el cementerio de Staglieno en Génova, Italia, sus esculturas sobre las lápidas son estremecedoras, impresionantes. Ir a ese panteón es, más bien, visitar un tremendo museo al aire libre. En otras coordenadas, los cementerios de Luarca, en Asturias, España, y el Waverley de Sydney, Australia, brindan a deudos y fallecidos, en medio de la blancura de las lápidas, sendas vistas frente al mar.

Al tocar tierra en Latinoamérica, el cementerio La Recoleta, en Buenos Aires, Argentina, no tiene tumbas al nivel del suelo, sino sólo mausoleos con decoraciones francesas. Caminar a lo largo de ese panteón es como visitar un pueblecito en miniatura, con calles de pintorescas casas al lado. Según cuentan, la voz que emerge por las noches del sitio donde descansa Eva Perón.

Punto y aparte es el cementerio Central en Bogotá, Colombia, con una arquitectura circular majestuosa y una plaza parecida a la de San Pedro, diseñada en el siglo XVIII. Su galería elíptica para los nichos se mezcla sólo con algunas pinceladas minimalistas de naturaleza.

Poesía espacial de la muerte podría ser la frase que resumiera el espíritu de la voluntad de quienes dieron vida, en vida, a estos nueve cementerios Espacios que invitan a la introspección, a la inspiración y, al mismo tiempo, a las necesarísimas comparaciones. «Aquí tenemos voces internacionales. De todo un poco, ya verá», comenta orgulloso Fernando Rodríguez, uno de los cuatro encargados del panteón municipal I en Torreón al presentarse. Son las 10:30 horas. Soleada va esa mañana, a tan sólo unas horas de haber recibido la petición de auxilio de Juan.

A mapa perdido

Al entrar, a mano derecha, las oficinas del panteón están abiertas. Dos secretarias, afables y de inesperada cordialidad, permiten el paso y se suman a la bienvenida.

A preguntas típicas, respuestas inesperadas: «¿Tienen un croquis, un mapa o algo por el estilo que pudiera guiarme?/ No, señorita. Nada de eso».

«De acuerdo. ¿Y cómo encuentran algunos visitantes las tumbas de familiares o amigos que vienen por primera vez, o que tienen algún tiempo sin visitar a sus seres queridos”/ No, pues, ahí le caminan y van buscando. O por señas que les dan».

«Entiendo. Pero, ¿quizá usted si tiene el dato de la tumba más antigua o de la zona donde están las más viejas?/ No, tampoco. Dicen que hay una de 1853, pero la verdad no sabría decirle».

«¿Y tiene algún registro en su computadora, en una base de datos, de los nombres de las personas que están sepultadas? Quisiera buscar algunas lápidas. / Híjole, no, señorita. No manejamos nada de eso. Mire, mejor déjeme le llamo a los muchachos encargados de aquí para que la orienten. Ellos sí saben».

En lo que aparecen los guías asignados, llama la atención la figura de un señor sentado en una de las lápidas en la entrada del panteón. Está inmóvil. Serio. Ido. Polvoso. Pareciera el correlato de cualquiera de los Cristos de yeso que comienzan a vislumbrarse desperdigados por la tierra.

Sigue el cuestionario. «¿Y él quién es?/ Es un señor que lleva años aquí. Ayuda a los visitantes a llevar las cubetas de agua a los floreros y a darle una barridita a las lápidas». «¿Y es trabajador del municipio? / No. Para nada. Es de por aquí de San Joaquín. No está muy bien de su mente. Un día le regalaron una ropa nueva y se nos apareció arreglado con ella al día siguiente. Pero como lo veían “bien”, ya no lo ocupaba la gente. Prefirió seguir como estaba antes. Así al menos saca para lo del diario».

Dos encargados acuden al llamado por radio. Son Gerardo y Fer. Deciden comenzar el recorrido en la catacumba más cercana. «Pásele hasta el fondo. Mire, aquí enterraban a familias completas. Por eso va a ver que tiene seis espacios a los lados. Ahí colocaban los féretros. Póngase este tapabocas. / Qué raro. ¿Y qué hace una mochila escolar, un zapatito de niña, unos calcetines y basura de comida aquí abajo? Parecería que alguien vivió aquí. / Ah, sí, pues el loquito de las flores. El señor que vio en la entrada. Ese que no habla. Por un tiempo aquí se estuvo quedando él, pero ya quién sabe a dónde recala cuando cerramos». La humedad del sitio se confunde con el aroma a sudor añejo. La oscuridad del espacio, a media mañana, impone. Qué sería de esas otras noches de resguardo, pasadas ahí, por el espíritu olvidado de la viva imagen de un muerto en vida.

Es de todos. Es de nadie

Sigue la caminata sin senderos. Como al ahí se va. Como si todos los caminos condujeran a un mismo caos. Aparecen mausoleos de la primera década del siglo pasado: cuarteados, con graffitis, acompañados de botellas de plástico, bolsas de frituras, papeles, ramos de flores secas envueltos en celofán. Residuos de piedras, pedazos de ladrillos, yerbas secas. Un escenario espontáneo de película de terror. Alrededor, lápidas grabadas con fechas más recientes, pero igualmente flanqueadas de basura, bajo las polvosas tinieblas de la dejadez.

Jesucristos descabezados. Vírgenes mancas. Santos ciegos. Querubines tatuados, sin una o dos alas. Nazarenos pateados —mitad cerámica, mitad alambres— entre el terregal. Piezas escultóricas de tiempos revolucionarios convertidas en rompecabezas interminables. Botellas de cervezas, empaques de cartones, entreverados con los esqueletos de flores naturales y artificiales achicharradas por igual. Algunos de los ladrillos quebrados rondan por ahí, en círculo, para delimitar una pequeña tumba con una cruz destartalada. Sin nombre, sin fechas, sin rastro. Sólo un perro casi carbonizado, aún sonriente por ahí, fiel al recuerdo del alma bajo tierra. Dice Fer que es el guardián del panteón. El que lo cuida de noche. De él depende la seguridad de todo el sitio, al igual que de un solo encargado municipal.

«I LOVE SATAN» resalta en la base de uno de los pilares con más pasado. En su cúspide se ha salvado la hermosísima figura de un ángel con su mirada al cielo. «¡Aguas! Hágase para acá. No le vaya a caer el angelito en la cabeza. / ¿Cómo, por qué dice eso, Fer? / Mire bien. Fíjese como está movido. No está en el centro. Lo pusimos en la orillita porque crecieron mucho las ramas del árbol y ya lo andaban tirando al pobre. Imagínese, nomás. / ¿Pero ahí también podría caerse en cualquier momento, no? ¿En quién recae la responsabilidad si eso sucediera o si este mausoleo infestado de grietas se viene abajo y provoca un accidente? / Ande, ni diga. Híjole. Ni Dios lo quiera. Cruz, cruz».

Intempestivamente, la figura del solitario abastecedor de agua, del barrendero de tumbas, corre a un punto del panteón. Desde allá suena una de las más famosas de Maluma. Parece que hay fiesta. Los guías explican que ahí van a enterrar en un momento más a una persona y hay que tener todo listo. El otrora durmiente de la nauseabunda catacumba por fin sonríe y, al pasar de lado, voltea. Da un buenos días más profundo y más aterrado aun que su exrefugio, digno de relato de Stephen King.

El calor no concede un grado siquiera de misericordia. Hierven igual justos que pecadores. Arremete el mediodía con saña infernal. Los bebederos son fantasmagóricas alucinaciones y ni siquiera pensar en algún espacio con sombra que, como metáfora del purgatorio, fuera el necesario alto para pagar pecados. En el dantesco panteón parece que saltan las flamas de los montones de hoyos preparados, desde hace quién sabe cuánto tiempo atrás, para enterrar al que así le toque. En esos espacios profundos, sin algún tipo de control de seguridad, moran kilos, kilos y kilos de la más diversa basura añeja y puñados de imágenes religiosas vueltas pedacería. A manera de alfombra interminable, plantas, troncos, y hojas secas, esparcen su crujiente mensaje de muerte.

¿Descansarán en paz?

Don Higinio García, sepulturero jubilado, con 46 años de fiel trabajo en el panteón municipal, se resiste a dejar el campo santo. Ahí anda en la preparación de otra tumba más, pero se da un tiempo para presentar a sus amigos. «Aquí está Cesáreo Manríquez González, el famoso de la lucha libre lagunera, “El Médico Asesino”. Allá anda Gregorio García, el soldado y general que nos dio gloria. Acá camínele porque están los chinos de la matanza. Y cerquitas van muchos árabes que llegaron a hacer fortunas. Ah, pero no se le olvide ésta, la del inglés que se murió en Torreón en 1903. Se apellida Green. Quesque el primo o familiar de John Green». Al igual que ellos, también comparten el desdén espacial, en total equidad, hombres y mujeres de la fosa común que, en lugar de sus nombres de pila, tienen anotados a mano en cruces hechizas, «Cruz Roja» o «Aguas negras». Al lado de ellos, más tumbas con huevos y plantas en estado de descomposición. «¿Y esto?/ Oiga, tenga cuidado. No vaya a pasar por ahí. Son lugares de muertitos a los que vienen a hacerles limpias las brujas a sueldo. Todos los días tenemos ceremonias y aquí dejan el mugrero. Nosotros ni nos metemos. No vaya a ser».

Pago de indulgencias

«Ochocientos varos» cobra el restaurador de imágenes por pintar, por ejemplo, una imagen de metro y cacho de un Sagrado Corazón de Jesús. Por un cacho de terreno son mil 200 pesos. Por cavar el hoyo de la tumba, 300. Variables gastos son los de la albañilería. Salarios municipales, al menos, para siete: los cuatro encargados del panteón, las dos secretarias y su director de panteones. La economía informal va representada por el negocio familiar que moldea lápidas e imágenes. Y, en teoría, sería necesario subrayar la inversión —al parecer poco productiva o, de plano, ausente— del personal de la recolección de basura, del departamento de parques y jardines, de urbanismo y, sin duda, de cultura, educación y turismo.

La ciudadanía y sus gobiernos encuentran su clara calca en la forma y contenido de sus cementerios. El municipal, en Torreón, el número uno, y con harta probabilidad el dos, gritan al unísono por dignidad, por ayuda, por respeto. ¿A quién acudimos, como pregunta Juan, por la salvaguardia de nuestras raíces familiares? ¿Es basura lo que significan nuestros antepasados? ¿Merecen nuestros abuelos, padres y amigos morar en medio de la estulticia? ¿Lo mereceremos nosotros? ¿Lo merece la fe en el Sagrado Corazón de los tantos creyentes que pueblan el panteón municipal? E4



El reto de reciclar a los muertos

«Al entrar en una era ecológica, vemos que no hay residuos. Nada muere. Todo está continuamente vivo, sólo que se transforma en otras formas; y esta no es una filosofía religiosa, son sólo hechos. Debido a una concepción errónea, el Juicio Final, la gente tiene las mismas creencias que los antiguos egipcios: si se puede mantener a un hombre con su apariencia física, después del Juicio Final seguirá vivo. Pero es una estupidez total. Hoy se entierra a los muertos de manera anti-ecológica. Los muertos se pudren en un féretro a cuatro metros bajo tierra. Las raíces de los árboles no pueden regenerarse. Además, los muertos están separados del cielo y de la tierra por una losa de cemento y flores artificiales. El hombre debería ser enterrado sólo a medio metro. Luego, allí debería plantarse un árbol. Debería ser enterrado en un ataúd degradable, de forma que —cuando se plante un árbol encima— el árbol se beneficie de su sustancia, y lo cambie por sustancia de árbol. Así, cuando fuéramos a visitar una tumba, no visitaríamos a un hombre muerto. Estaríamos de visita con un ser vivo que se acaba de transformar en árbol. Que sigue viviendo en el árbol. Diríamos, “Este es mi padre o esta es mi madre. El árbol está creciendo bien. ¡Fenomenal!”.

«Se puede hacer un bosque bonito, qué será más bonito que un bosque normal porque los árboles tienen sus raíces en las tumbas. Ese bosque puede extenderse por el campo, y cómo de todas formas no tenemos muchos bosques, a la vez estaremos conservando el bosque. Será para el hombre un parque, un lugar de recreo, un lugar para vivir e, incluso, pensar en la muerte en paz. Un lugar fantástico para vivir en contacto constante con la vida y la muerte». FriedensreichHundertwasser. (Friedrich Stowasser)

Ante semejante reto, bien valdría que regresara no uno, sino todos los ausentes que moran en el panteón municipal de Torreón, los que no consienten nada, para reclamar justicia.

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