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Edición 611

Periodismo

Información y tráfico de influencias en la sociedad del espectáculo

La decisión de consumir noticias nos enfrenta a diversos escenarios: desde la apatía por la sobrecarga de datos, hasta la desconfianza por el interés comercial de la prensa tradicional y la doble moral de medios «independientes»

Renata Chapa
Twitter: @RenataChapa
Email: centrosimago@yahoo.com.mx

Periodismos independiente y corporativo y su educación emocional: lecturas de contentillo. Supongamos que hoy —más por azar que por intención— yo quiero leer el periódico. Me emociono con esa posibilidad. Deseo enterarme del pulso noticioso en otros países, en México o en mi comunidad y sentir —sin concientización de por medio— que pertenezco, que cuento, que valgo, que tengo poder y puedo tomar decisiones al respecto. Lo doy por hecho.

Es posible considerar que, en general, estos son los primeros resortes sicológicos que, como a mí, también pueden motivar a otra persona alfabetizada a la lectura de textos periodísticos. Incluso podríamos pensar en este tipo de ejercicio lector como parte de una responsabilidad ciudadana originada por la satisfacción que a mí y a otros nos da la lectura de un periódico. Con suerte, hasta podríamos escuchar y seguir el llamado a la acción social.

¿Y cuál periódico será el elegido? Un menú de opciones es desplegado, hasta donde es posible, gracias a mi memoria emocional y con ello, sin volverlo consciente, más bien dándolo por sentado, doy el banderazo a la implícita rebatinga entre postores massmediáticos.

¿Leeré un periódico impreso en algún formato en especial o uno digital? ¿Cuál periódico seleccionaré: alguno de los locales o uno de los más de 10 más influyentes de circulación nacional o uno español, argentino, británico, estadounidense? ¿Qué sección preferenciaré? ¿A cuál género le prestaré más atención? ¿Dedicaré mi lectura a algún columnista o reportero en especial?

Y la pregunta bomba: ¿o me voy por la libre y busco las otras miradas periodísticas en blogs, Youtube, páginas web, Facebook o en ediciones impresas de circulación más delimitada; o me voy por costumbre, por lo clásico, por algún periódico a lo macro, de empresas corporativas, con la tradición a su favor? ¿Qué voy a encontrar en unos y qué en otros?

Tres posibles escenarios

Escenario 1: ante tantas posibilidades de elección, declino la lectura. Mi cerebro quedó abrumado antes de leer lo que fuera. Dejo mi intención informativa para después sin problema. Quizá algo rescate de mero refilón en la radio o en la televisión. Pero si de nada me entero, tampoco nada pasará. Me da igual. Doy por sentado que el mundo sigue y cualquier noticia terminará, como es habitual, en el archivo muerto; diluida en nuestro tiempo líquido, como auguraría el sociólogo Zygmunt Bauman. En esa comodidad compartida con muchos que piensan y sienten como yo, de frente a la complejidad del entorno, es una confortable «nadedad» que decido preferenciar. Mejor reviso mis redes en el celular, leo de trozo en trozo «el Face», miro cuántos «dieron like» a mis fotos en «Insta». Esto es más gratificante. Me hace sentir mejor.

Escenario 2: Más vale malo por conocido y busco, para empezar, al periódico más «pesado» de mi ciudad. Como tiene poder e influencias, asumo que su cobertura es amplia, novedosa y de más punch. Me convence de antemano porque doy por sentado que me presentará noticias y declaraciones de primera y exclusivas.

Pero de pronto recuerdo que ese periódico impreso, imparcial y defensor de verdades, tiene un precio. Que anunciarse en él, cuesta. Que paga nóminas. Que debe cubrir los servicios públicos de su edificio enorme. Que recibe las facturas por pagar a las agencias de servicios informativos que tiene contratadas.

Y que, dadas las complejas circunstancias, es necesarísimo citar a Ryszard Kapuscinsky: «La mayoría de los directores y de los presidentes de las grandes cabeceras de los medios de comunicación, no son periodistas. Son grandes ejecutivos. (...) A principios de siglo, la información tenía dos caras. Podía centrarse en la búsqueda de la verdad, en la individuación de lo que sucedía realmente, y en informar a la gente de ello, intentando orientar a la opinión pública. Para la información, la verdad era la cualidad principal. (...) En la segunda mitad del siglo XX, tras el fin de la Guerra Fría, con la revolución electrónica y de la comunicación, el mundo de los negocios descubre que la verdad no es importante. Y que ni siquiera la lucha política es importante: que lo que cuenta, en la información, es el espectáculo. Y una vez que hemos creado la información-espectáculo, podemos vender esa información en cualquier parte» (Los cínicos no sirven para este oficio, pp. 35-37).

Una vez que los dueños de los periódicos y sus redactores conquistan las emociones del lector, sus proyecciones, sus anhelos, sus actos fallidos, su necesidad de afecto y de catarsis, entonces pueden considerar que los tienen cautivos. Que ya ganaron su principal batalla: la comercial. ¿Qué podrá ser rescatable de los contenidos de un periódico con estas miras? Una lectura crítica debería entrar en acción. ¿Y está preparada nuestra todavía tan chamaca evolución cerebral? ¿Cómo poner un momento en pausa al emocionable cerebro lector y dar paso a la urgente dialéctica del conocimiento?

Escenario 3: Como los intereses económicos de los dueños de los corporativos periodísticos dictan forma y contenido, ¿por qué no optar, entonces, por la prensa independiente? En una primera mirada, de manera general, este tipo de periódicos de menor circulación e infraestructura más modesta que la de los emporios periodísticos son, en teoría, la respuesta emergente de aquello que pudiera haber sido trastocado por la lucha comercial entre empresarios del periodismo. La prensa independiente, como su nombre enuncia, podría contar con más cancha para ejercer su derecho a informar y ser informado. Sus canales de distribución del mensaje llegan a ser incluso más penetrantes que los periódicos gigantes. No obstante, las limitantes económicas y la necesidad de ganar más lectores aquí no son menos tentadoras. Publicidad y propaganda están presentes en esta alternativa, también, al igual que acuerdos financieros ineludibles con el equipo de trabajo.

Así el escenario, también podría darse otro caso, acaso más grave, de doble moral: bajo la bandera de esa independencia periodística, bien podrían estar acurrucados los mismos intereses económicos del periodismo corporativo, al igual que la manipulación emocional maquillada con especial sofisticación. Señala Juan Villoro en El lector como activista: «Si las noticias se someten a cálculos comerciales o políticos, estarán más cerca del tráfico de influencias que de la búsqueda de la verdad (Reforma, 22-03-19)».

La paradoja de las paradojas

¿Para qué, entonces, leer? No tiene caso. ¿Cuántos millones de años más nos faltan para madurar nuestro proceso lector? Demasiados. ¿Cuál es el caso de acercarse a la lectura de la prensa corporativa o independiente si van sostenidas en tantas falacias del conocimiento y manipulaciones comerciales? Ninguno. ¿Cómo seguir participando en una carrera de activismo lector que sentimos perdida y ni nos interesa desarrollar? No hay manera. He aquí un reflejo del nocivo fatalismo y sus cancerígenos «dados por hecho».

Cuando el «dar por sentado», es decir, cuando la creencia, consciente o no, topa con algún conocimiento que la confronta y corre con la enorme suerte de ser bienvenido, la revelación amerita pausa y disfrute. Es celebración mayéutica. En la mayúscula «Paradoja de Paradojas» implicada en la práctica lectora, así como caben las múltiples posibilidades de riesgos, de peligros, de pérdidas, de atrofias, así también, puede ser creada una asociación virtuosa entre nuestro bagaje emocional y la productiva intelectualidad. Ambas pueden construir un entorno de más entendimiento y propositivo.

Develar lo que puede estar detrás de los «dados por contado» en el ámbito lector es una experiencia de aprendizaje compleja, de difícil toma de decisiones. Pero es sólo así, a través del enfrentamiento y choque de creencias y conocimientos que podremos abonar a nuestra evolución cerebral lectora, tanto en lo particular como en lo colectivo.

Ya lo afirma Raúl Bravo en su brillante Lectura y democracia: «La diferencia, entonces, no radica en el número de libros (y periódicos) leídos, sino en el nivel de conciencia y significación de tal fenómeno; en otras palabras, en qué medida la lectura está sustentada en la experiencia de las personas, y qué repercusiones ha tenido en la construcción de sí mismas como sujetos críticos y, por consiguiente, libres» (p.10). E4


Leer, de cuándo a acá; el activismo social

La lectura diaria de periódicos es una práctica necesaria; ejercita el cerebro: Allegri

Uno de los maestros en destronar —con atractiva gallardía científica— las asunciones per se menos imaginables es oriundo de Salto, Argentina. Acorde a la imagen que entraña su gentilicio, el doctor Facundo Manes es un permanente saltador al saber.

El tema de la evolución del cerebro es estudiado por el exrector de la Universidad de Favaloro desde las neurociencias y la siquiatría, sus áreas de especialidad: «Nuestro cerebro, hoy, es el producto de millones de años. En algún momento fuimos bípedos, tuvimos gestos, pero no contábamos con estas características de origen. En algún otro momento, desarrollamos la creatividad y la toma de decisiones al igual que un cierto tipo de memoria. Pero ninguna de ellas apareció intrínsecamente en el cerebro», relata el doctor Manes.

Aquí es preferible precisar cifras en lugar de darlas por sentado: si 100 años son un siglo, entonces un millón de años —un solo millón— son 10 mil siglos. Por tanto, millones de años podrán ser veinte, treinta o cuarenta mil siglos, o más, según el caso. Subrayemos, pues: gracias al paso de semejantes trancos temporales es que el cerebro del hombre ha podido desarrollar ciertas funciones que hoy le permiten aplicar otros niveles ejecutivos del pensamiento y de la acción para construir conocimiento.

Sin embargo, en franca paradoja, el hombre de ahora, el de ese cerebro de transformaciones milenarias, desde ese mismo órgano rector da por contado que es como es, como si se tratara de un órgano inamovible y ve pasar las hojas de su calendario desde un estado más bien acrítico. Potencias subaprovechadas. Terreno fértil para la manipulación.

Continúa el doctor Manes con un aporte medular: «En otro momento de la historia de la evolución del cerebro humano apareció el lenguaje. No siempre nuestra especie habló. Hoy lo damos por hecho, pero no siempre fue así. Y la lectoescritura —que también damos por hecho— ¡apenas tiene cinco mil o siete mil años! Esto, en términos evolutivos, es nada. De hecho, la lectoescritura todavía no tiene circuitos neuronales propios en el cerebro. Los ha tomado prestados del sistema visual».

Algunas preguntas emergen aquí casi por añadidura: esta «etapa embrionaria» de la lectura, según lo expresado por el investigador Manes, ¿será una de las causas de la renuencia posmoderna a leer libros, periódicos, revistas? ¿Algo tendrá que ver con el distanciamiento de lectores ante el mensaje impreso en papel versus su seguimiento hipnótico por leer en pantallas?

Si a pesar del aún incipiente período evolutivo cerebral de nuestras prácticas lectoras, el hombre se ha anotado aportes valiosos en diferentes disciplinas del conocimiento a través de a la investigación lectora, ¿cuánto y qué tipo de avance nos depararía una práctica de la lectura más sostenida, más robusta? ¿Estamos evolutivamente preparados o nos hemos anquilosado para desarrollarla? ¿De qué manera y qué estamos leyendo ahora, a casi dos décadas transcurridas del siglo XXI, en la llamada «sociedad del conocimiento»?

Luego de la aparición del lenguaje y de la lectoescritura, la consecuencia histórica era casi predecible. La explica el director del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, autor de los libros, Usar el cerebro y El cerebro del futuro: «Miles de años después apareció la complejidad social debida a la evolución cerebral que fuimos alcanzando. No obstante, para muchos, dicha complejidad forzó a nuestro cerebro. En términos de genes no somos tan diferentes a otros chimpancés, pero lo que nos hizo humanos fue la toma de decisiones de frente a la necesidad de adaptarnos al contexto cada vez más cambiante. Sinfín de estudios corroboran que tomamos decisiones de manera automática, sin llegar a la conciencia, basados en distintos factores: en memorias de emociones previas que funcionan como atajos mentales; de acuerdo a lo que piensa la gente que nos rodea y cómo nos hace sentir; y por sesgos mentales, a partir de la cultura del país en el que vivimos. Por tanto, a pesar de la evolución cerebral y la complejidad social, no somos tan racionales como creemos. La mayor parte de las veces, la toma de decisiones está facilitada por las emociones. Podemos afirmar que son ellas, las emociones, las que guían nuestra conducta» (Ibid.).

Con este marco neurocientífico, la reacción del dar por contado, del dar por hecho, del dar por sentado por parte tanto de un lector como de un redactor entra en contexto: su toma de decisiones, al manejar el lenguaje, está directamente conectada con su emocionalidad. Razones, evidencias, contraargumentos, esquemas, logicidad, citas, triangulaciones pasarán a segundos y terceros planos. ¿Para qué batallar? La víscera tiene la palabra.

La emoción de leerte

Recapitulemos. El cerebro humano de hoy es el resultado de una línea evolutiva de millones de años. Varios procesos mentales que llevamos a cabo en la actualidad, y que suponemos inherentes al cerebro —dados por contado— en realidad fueron surgiendo con el caminar de los milenios de frente a las necesidades humanas de supervivencia y adaptación. En términos de evolución cerebral, este fue el caso del aún incipiente proceso de la lectoescritura.

Gracias a la evolución de la lectura y la escritura, la complejidad del entorno sigue aumentando. Y gracias a la complejidad del entorno, la lectura y la escritura siguen evolucionando. Sin embargo, aquí se enciende una alerta roja: aunque lectoescritura y complejidad del entorno se influyen entre sí —porque una es consecuencia del otro y viceversa— hoy por hoy, en esta carrera evolutiva, millones de cerebros, de plano, dan seña de haberse quedado atrás. Muy probablemente, como señala el doctor Manes, se sintieron forzados, rebasados, ahogados y optaron por aflojar el paso. Su voto fue a favor de la pasividad. Siguen en marcha, sí leen y sí escriben, pero aletargados, con modorra y sólo consumen algunos tipos de contenidos: los que les placen. A veces leen como idos; otras, momentáneamente en alguna acción no comprometedora.

En lugar de continuar el ritmo de los tiempos y crecer ante los sofisticados desafíos epocales, cada vez más cerebros parecen estar conformes con poco esfuerzo intelectual cuando producen o consumen palabras. La calidad y la cantidad de su toma de decisiones dependen de la manera en que ciertos textos y canales de comunicación les emocionan y les tocan fibras sensibles.

No pocas investigaciones en neurociencias, al tratar el tema de la salud —de la evolución— del cerebro, señalan la práctica sostenida de la lectura como una alternativa de suyo recomendable. Algunos estudios se especializan en el análisis de la relación tripartita lectura de libros-géneros narrativos-cerebro; otras, en la de la lectura de textos de divulgación científica y el fortalecimiento de la capacidad de inventiva; varias más, en la lectura de fuentes de información escritas en idiomas extranjeros y su potencial para crear nuevos entramados neuronales. Pero, por otro lado, también están quienes encuentran valiosa la lectura de plumas periodísticas. Para el doctor Ricardo Allegri, jefe de neuropsicología del Instituto Universitario Cemic, la diaria lectura de los periódicos es una práctica necesaria, ya que ejercita por muy diferentes vías al cerebro.

Mantenerse al tanto de noticias, puede alentar el sentido de identidad comunitaria y motivar el activismo socia. Podríamos decir que este panorama retrata una parte encomiable al leer la prensa. Pero no olvidemos que redactores y lectores de géneros periodísticos se ven influenciados por la dupla ganancias económicas-manipulación emocional. Este binomio, a pesar de sus riesgosas implicaciones, está dado por hecho. Como si fuera lo esperado. Como si no hubiera opción. Como si fuera lo normal. E4


«A pesar de la evolución cerebral y la complejidad social, no somos tan racionales como creemos. (...) la toma de decisiones está facilitada por las emociones»

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Facundo Manes

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