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  Edición 628
  Con T de Triunfo
 
Sergio Arévalo
   
  De niño llegaron a jugar a los cochecitos? Tenía un amigo de nombre Gustavo, le decíamos Tavo. En la privada donde vivíamos había un pedazo que no tenía pavimento del cual aprovechábamos para sacar tierra y darle rienda a la imaginación. A Tavo le molestaba cuando yo, en lugar de querer aventar los coches para ver quién llegaba primero a la meta, decía que el carro rojo era novio del rosa y el cochecito clásico gris era su abuelito… Lo histriónico se veía venir.

Para el sexo masculino, parece ser que tener un auto es como un rito de iniciación. Desde temprana edad hasta la madurez, tener coche es un pase al club de hombres independientes. La idea parece ser construida desde pequeños. ¿Alguna vez se sentaron en las piernas de sus padres para fingir que manejaban el coche? El tener un título universitario, un buen trabajo, un departamento o vivir solo y tener un auto es parte del combo. Podríamos decir, es una forma de demostrar que nosotros estamos a cargo. Es un símbolo de estatus. Algunas publicaciones con tendencia machista afirman que las mujeres aman a los hombres con autos… ¿será? No es lo mismo que Tavo llegue al antro en coche, mientras otro en taxi o quizá hasta en autobús. Uno diría que es lo mismo pero la verdad la impresión sí llega a ser diferente.

En México somos sede de varias ensambladoras de distintos tipos de vehículos, pero no solo eso. Emprendedores mexicanos han tratado de involucrarse en la industria automotriz desde mediados del siglo pasado: a través de la historia ha quedado el registro de los vehículos: Solana, Dm Nacional, Mastretta —creado por los hermanos de la escritora mexicana Ángeles Mastretta—, y Zacua, entre otros.

La verdad es que no solo papá o mamá quiere que sus hijos jueguen a los cochecitos. En diferentes momentos de llegan a nuestras vidas películas como Rápido y Furioso, Meteoro, Rush, productos más recientes como Baby Driver o Cars que nos invitan a interesarnos por los vehículos, la velocidad e imaginar que nos vemos igual de bien que el actor Vin Diesel sobre el volante, o de intrépida como Lindsay Lohan en Herbie… antes de que Lohan, bueno ya saben.

Una de las últimas películas con autos y velocidad involucrados es Contra lo imposible, basada en un libro que nos habla cómo Henry Ford II encomendará al vicepresidente de su empresa la formación de un equipo que diseñe y construya su propio auto de carreras, además de conseguir al piloto adecuado para ganar el Campeonato del Mundo de Le Mans de 1966 y, sobre todo, posicionarse por encima de Ferrari. Punto en el cual hacen su aparición el visionario automotriz Carroll Shelby —personaje a cargo de Damon— y el temperamental piloto Ken Miles —interpretado por Bale—.

Por el tráiler de la cinta, se pensaría que solo se hablaría de ganar una carrera, pero el filme es más que eso. Sin ánimo de spoilear, es una película digna de usarse en un curso de coaching. No es que esté a favor de este tipo de cursos, pero el filme nos habla de trabajo en equipo, pasión por lo que haces y que a veces lo planeado no sale a la primera.

De niños, tal vez jugamos a los cochecitos, a soñar que tendríamos uno, como Tavo. Pero también al imaginarnos de adultos pensábamos en ser felices. A veces parece lejano ese pensamiento al grado de hacer como que manejamos pero dejando a otras personas o situaciones al volante, dejándonos solo llevar sin disfrutar la brisa de la aventura.

Películas como Contra lo Imposible muestran que, con trabajo, los sueños se materializan y está en cada uno conocer su talento y hacer suya la pista… de la vida. Tavo tiene coche y disfruta de la vida. Prefiere el Tavo al Gustavo —entre amigos— porque la T le recuerda al triunfo. Sabe que en ocasiones hay que bajarse para revisar el vehículo y replantearse el camino. ¿Y nosotros? Recordemos que en el arte y la cultura podemos encontrar aliados para hacer nuestro camino más grato y fortalecernos en distintos momentos en los que nos paramos para admirar donde estamos parados.

«Ka-Chow» Rayo McQueen

 
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