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  Edición 628
  20 de noviembre
 
Gerardo Moscoso
   
  El 20 de noviembre, los mexicanos celebramos el 109 aniversario de la Revolución Mexicana, pero un servidor celebró, además, el 44 aniversario de la muerte del dictador español, Francisco Franco.

Desde mi adolescencia me acompañó un sentimiento de animadversión hacia este asesino de «la letra chiquita», como lo llamaba el gran poeta León Felipe. Era muy joven cuando pude registrar todo el horror que significó la Guerra Civil: España fue martirizada. Cuando empecé a estudiar medicina en Santiago de Compostela, cada vez que tropecé con el miedo y la injusticia, allí estaba la España atrasada, provinciana y reaccionaria hecha individuo, que, junto con tantos otros que mandan, nos demuestran que la condición humana es un proyecto, y que gente como él la niega, por eso, explico a mis amigos, a mis alumnos, que su muerte no fue el fin del franquismo, y del fascismo mucho menos.

Leyendo algunas biografías del «Caudillo de España por la gracia de Dios», como se hacía nombrar, intenté comprender, y no tuve ninguna duda sobre lo justo de mis sentimientos. Tuve la necesidad de discernir como si fuese una enfermedad, una enfermedad que impregnó hasta el tuétano a la sociedad española, incluso a los que lo aborrecíamos, por ejemplo, porque nos vimos obligados a vivir con algo tan sombrío y terrible como el resentimiento. Detestar el franquismo o al porfiriato, no era, no es suficiente.

Se trataba, se trata de derrotarlo hasta en sus raíces, algo para lo que todavía queda mucho por hacer. Se trata de rememorar, de no olvidar, y no puedo por menos que notar que todavía quedan nostálgicos de ambas dictaduras, que todavía tienen admiradores en las finanzas, en las sacristías y en muchas de las «buenas» familias de la derecha más recalcitrante y del proletariado de ambos países.

Es indispensable saber qué es una dictadura personalista, donde todo el poder está en manos de un solo hombre, una forma de gobierno autoritaria, donde el cuerpo de élite se caracteriza por estar compuesto por amigos cercanos o familiares, seleccionados a dedo para cumplir los encargos por parte del dictador.

 
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