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  Edición 624
  ¿Qué es la medicina interna?
 
Ignacio Espinosa Solís
Sitio Web: www.kiskesabe.com
   
  Parte III

Ya se ha comentado la incuestionable necesidad de las especialidades médicas ante el avasallador avance tecnológico y científico de los últimos 70 años. No obstante, en la actualidad el ejercicio de la medicina, paradójicamente, se ha obnubilado por la segregación muy selectiva del conocimiento por áreas o por órganos como los de nuestro cuerpo humano.

Cuando nuestro cuerpo se enferma lo hace como un todo sistémico, nunca se enferma selectivamente de un órgano específico. Si bien es cierto que una amigdalitis aguda se localiza anatómicamente en las amígdalas, la reacción ante esa infección localizada, es sistémica y la fiebre, como mecanismo de defensa por ejemplo, activa a todas las células produciendo calor como punta de lanza defensiva, pero además, se activa el sistema inmunológico con sus anticuerpos y el sistema cardiopulmonar para distribuir esas defensas por todos los demás órganos y todo el metabolismos de todas las células con el fin de mantener el equilibrio y defendernos del «masiosare, el extraño enemigo», en este caso las bacterias, con el fin de impedir que se diseminen y lesionen otros órganos y tratando de mantener la infección localizada a las amígdalas, preservando así la salud total. Así, un catarro común y corriente, aparentemente focalizado en una pequeña área, nos manda a la cama impidiendo nuestras actividades cotidianas intelectuales y físicas.

Por lo anterior, cualquier médico debe tener presente que: 1- la lesión de un órgano provoca una respuesta total y sistémica en todo nuestro cuerpo, 2- que la lesión de ese órgano puede ser la manifestación de un problema general, 3- a menudo se lesionan varios órganos simultáneamente y 4- el tratamiento de un órgano repercute sobre el resto del cuerpo humano.

Es esencial no perder de vista la totalidad del ser humano sano o enfermo, independientemente de la especialidad.

Al médico internista, jerárquicamente, se le ubica entre el médico general y el médico especialista o subespecialista. El médico internista, tiene la responsabilidad de atender la mayoría de los problemas médicos de los adultos de las llamadas especialidades de gastroenterología, cardiología, neurología clínica, neumología, reumatología, infectología, endocrinología, nefrología, inmunología, alergología y dermatología. Durante nuestro entrenamiento por tres años nos entrenamos en esos diez servicios de especialidades de los grandes centros médicos de enseñanza y específicamente en los servicios de medicina interna con los que también cuentan esos hospitales de enseñanza continua.

Ningún médico debe perder la visión del organismo sano o enfermo, como un todo integrado, porque la enfermedad también lo es y el internista genuino y capaz debe tener la capacidad para entender esto. Una persona no se enferma por especialidades, se enferma en forma integral. Por lo anterior, la enseñanza de la medicina, tanto en la teórica de las escuelas, como en la práctica de los hospitales, no debería ser por especialidades, sino en forma integral. No sucede así y esto trae consecuencias graves para los enfermos cuando reciben atención de diversos especialistas, como comentaré «despuecito» y como se ha ejemplificado en diversos casos clínicos reales narrados en esta columna periodística de orientación al público en general.

En cuanto al perfil de un buen internista, como de cualquier médico, no es el de un erudito enciclopedista que repite de memoria capítulos completos de libros de patología o los últimos artículos de revisión actualizada, ni el que ofrece, brilla y deslumbra en las conferencias magistrales dignas de aplauso, sino el de un médico sabio y culto, filósofo y poeta, artesano, antropólogo o sociólogo humanista, psicólogo que escucha, observa, analiza, deduce e induce, sintetiza y concluye para tomar decisiones a la cabecera del enfermo para resolver los problemas que éstos nos plantean.

El buen médico internista es aquel que entre todo su cúmulo de conocimientos sabe elegir los necesarios para ayudar a cada paciente en lo individual, el que sabe eliminar la paja de conocimientos que no son útiles y los conocimientos que valen oro para resolver conflictos de diagnóstico y de tratamiento con el fin de restaurar la salud biopsicosocial lo más completamente posible.

El buen médico internista es el que sabe utilizar «el tercer ojo y el tercer oído», con los que podemos captar los mensajes cifrados, ocultos, los que a través de los gestos del cuerpo, del tono de voz, de la forma de vestir o de hablar, de caminar, de sentarse o de gesticular, nos dicen más que mil palabras porque son la expresión de los sentimientos y las emociones de un ser humano enfermo que sufre y siente la enfermedad.

Y ni duda, para saber escuchar, hay que saber callar. Continuará.

Lea Yatrogenia: www.kiskesabe.com

 
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