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  Edición 648
  Manipulación simbólica
 
Eduardo Caccia
Twitter: @eduardo_caccia
   
  Inicia así: «El cambio verdadero del país comienza por cambiar (sic) la forma tradicional de intervenir en los asuntos públicos». Se trata de la «Declaración de principios de Morena», un documento que consigna muy buenas intenciones. El problema, sin embargo, con la mayoría de los políticos es que una cosa es lo que comunica su fachada —léase promesas, declaraciones, postulados, principios— y otra lo que sucede en realidad. En el escenario gobiernan los actores (el sustantivo es preciso), tras bambalinas las personas, sin máscara ni maquillaje.

Quienes llegan con renovados bríos al poder argumentan que no serán como sus antecesores que... y viene una letanía de fechorías y mañas que, según los nuevos, se acabaron, ¡no más! La evidencia muestra que parece haber una competencia por demostrar quién es peor, o quién es más cínico. Ejemplo: calificar de corrupción cuando otros reciben dinero al margen de la ley, y de «aportación» cuando lo reciben los de casa.

El PRI se apropió de los colores de la bandera de México, vil madruguete, abuso sin fisuras legales —las leyes las hicieron ellos— tan primitivo y eficaz como su discurso político en campaña durante años: «Vota así» junto a una equis negra sobre su emblema partidista. La oposición, naturalmente, quiso que el partido dominante cambiara sus colores, no pudo. Ahora vemos al gobierno de la Ciudad de México usando, para las festividades patrias de septiembre, el águila juarista, un símbolo asociado a Morena. ¿Es ilegal? No, tal como ha declarado la jefa de Gobierno, no es parte del escudo del partido Morena y lo usa como «una recuperación de la memoria histórica». Además, la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales no lo prohíbe; regula, sí, el uso del Escudo Nacional, pero el águila juarista no es tal.

Se trata, sin embargo, de una mañosa apropiación simbólica que aprovecha lagunas en la ley, pues ésta debería limitar el uso de escudos nacionales con fines de recuperación histórica en los casos en los que pudiera crear competencia con el Escudo Nacional o al haber elementos que supongan la intención de hacer proselitismo. Ciertamente el águila juarista no es parte oficial del partido en el poder, pero sí uno de los símbolos que Morena y su líder de facto han usado. Las mismas mañas priistas.

Los símbolos nos ayudan a retener imágenes y por lo tanto a disparar narrativas al asociarlas con significados que emanan de ellos. Por ello, un símbolo nunca es nada más un símbolo, es un catálogo de significados en cascada.

Los símbolos nos ayudan a adoctrinar, reafirmar nuestra identidad, nuestras creencias y hasta a proyectar aquello que anhelamos.

López Obrador —no quien recibió el dinero en el video recientemente exhibido, sino el que se benefició de la «aportación»— es un maestro para usar símbolos de persuasión. No es casual que su formación política haya iniciado, sí, en el PRI. En su caso, hay una tendencia muy marcada por el uso de símbolos religiosos. En varias imágenes donde es retratado comiendo en fondas, detrás de él hay «casualmente» una imagen de la Virgen de Guadalupe, símbolo de veneración nacional para millones de mexicanos, y acaso el primer antecedente de manipulación simbólica durante la Conquista, extraordinaria maniobra que suplantó a Tonantzin por la Virgen morena. ¿Morena?, bueno, en política, y menos para alguien tan astuto como AMLO, nada es casualidad. ¿El día de su registro como precandidato presidencial? 12 de diciembre.

El color que usa el gobierno de México es, ¡qué coincidencia!, el mismo de Morena. En sus anuncios promocionales del Segundo Informe de Gobierno, AMLO se apoya en símbolos religiosos; dice: «El Papa Francisco ha dicho que ayudar a los pobres no es comunismo, es el centro del Evangelio». Constantemente vemos el uso (y abuso) de símbolos religiosos y mensajes plagados de citas bíblicas a conveniencia. Justo es mencionar que Vicente Fox también usó símbolos religiosos, rompiendo el principio del Estado laico; empero, el de Guanajuato no llegó al extremo del cinismo como el tabasqueño: pretender emular a Benito Juárez, uniendo de nuevo Iglesia y Estado, entidades que separó el oaxaqueño. Un absurdo.

Diferentes actores, mismo guión. No les faltan aplausos. Mientras llegan al poder son comedia; cuando gobiernan, tragedia.

Fuente: www.reforma.com

 
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