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  Edición 648
  El presente que arrincona y el futuro que no llega
 
Abraham Álvarez Ramírez
   
  A principios de este año —el 20 de febrero— se conmemoró el día mundial de la justicia social. Este tema, que tanto duele a nuestro país, sigue provocando escozor para mucha clase política; temor y mentira para muchas instituciones que forman parte de la estructura de la administración pública

De acuerdo con datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social —su última medición es del 2018— en nuestro país viven 61.1 millones de personas que subsisten con un ingreso inferior a la línea de pobreza; esto significa, que esos millones no alcanzan a percibir ni la línea de salario mínimo, por tanto, viven con carencias para poder subsanar otras. Bajo esa misma medición, en el año 2008 vivían 54.7 millones de mexicanos en esa condición.

Por otro lado, el CONEVAL, en su última medición, reflejó que hubo un aumento en la población no pobre y no vulnerable, en comparación con el año 2008. En palabras aún más prácticas, México ubicaba a personas de la clase media y más en 20.9 millones de personas en el 2008 y 27.4 millones de personas para el año 2018.

En resumen, y dentro del concierto internacional, nuestro país, con sus millones de pobres y 30 millones que no tienen acceso a los servicios básicos de educación, salud y vivienda, se coloca como una nación con altos niveles de desigualdad.

Los mexicanos, en su generalidad, y no por ineptitud, sino creo que por idiosincrasia y a manera de inercia y hartazgo, dieron vuelta de timón cuando votaron para el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) a la Presidencia de la República. Un apoyo tuvo también (AMLO) de los intelectuales, la clase media pensante y las personas que, como universitarios estaban hastiados de fenómenos como la corrupción, que en anteriores sexenios parecía moneda de cambio. Ahora bien, de los estandartes en su campaña que prometió y aún no ha terminado de cumplir, AMLO decidió comenzar por el fenómeno de la corrupción.

En su medida proporción, Vladimir Putin lleva desde 1999 en el poder y hoy, con un apoyo portentoso y una reforma constitucional, seguirá en el poder hasta el año 2036. Putin se hizo de fuerza al tomar el control federal desde la “segunda guerra chechena” en donde algunos estaban acordando en la «caja negra» bloques de apoyo —me suena a una alianza federalista hoy tan sonada que parece más club de Toby con cubrebocas—.

¿Y que tiene que ver Rusia con México? Mucho, porque durante los primeros años de su gobierno realizó dos cosas diametralmente similares:

1. Controlar a la federación, respetando la autonomía, pero con mano dura —en diversos asegunes como seguridad y reparto de presupuesto—.

2. La más importante; la acción primera de su gobierno fue el combate a la corrupción mediante dos frentes: la primera fue combatir la corrupción en el seno de las estructuras judiciales del país y, la segunda, esas medidas de control iban aparejadas con controles más estrictos sobre el ingreso de rentas y el patrimonio de sus principales funcionarios del país. Mediante su fiscal general, en el año 2000, se contabilizaron 9,500 casos de corrupción en los primeros nueve meses. Se encuentra documentados que los altos funcionarios recibieron sobornos por más de 240 mil millones de dólares anuales.

Para muchos puede sonar que esta comparación no da cabida, pero sí vale la reflexión, porque nuestro país no se puede transformar ni en 3 ni en 6 años, necesita de planes a largo plazo con voluntad y ahínco; además desterrar el fenómeno de la corrupción como forma normal de vida y como permiso para. No es cuestión de encarcelar a uno u otro funcionario, es una demanda de cambio de actitud y de ejercicio de la acción pública.

Muchos calificaron de blandengue el segundo informe, con mensajes del Evangelio y comunistas, sobre todo en sus spots. Para los miedosos y tímidos, dudo que AMLO dude en el poder como su homólogo ruso. Lo que sí creo es que si empezaron de manera similar, no creo que vaya al precipicio.

La Ciencia Política en nada sirve para hacer predicciones, quizá la Economía sí lo puede hacer, o al menos algunas aproximaciones —aunque dicen que cualquier economista que se respete debe ser renuente a hacer predicciones—.

Me atrevo a traer como colofón el planteamiento apocalíptico al estilo del tanto criticado Marx que hace Piketty en su libro El capital del siglo XXI en el sentido de que las tendencias a largo plazo sobre la concentración del dinero y sobre la desigualdad están llegando a niveles estremecedores, al grado que «para el 2030 todo será heredado; vamos hacia una sociedad oligárquica de riquezas heredadas» (parafraseando a Paul Krugman).

 
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