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  Edición 647
  Memoria reciente
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Corre el año de gracia de 2020, tiempo de padecer el paso de una pandemia que ha venido a agravar los problemas que, ya de por sí, padece México. Vivo en Saltillo, capital del estado de Coahuila de Zaragoza. Dejé San Juan del Cohetero en 1966 para deambular por otros pueblos donde mi madre era maestra rural, en sus afanes por acercarse a la ciudad, donde tenía la esperanza de que sus hijos pudieran ingresar a una escuela de educación superior.

Hoy, en el año de la pandemia, puedo notar desde el confinamiento por la cuarentena impuesta, que al proyecto de nación propuesto por la administración de AMLO le empiezan a aparecer tintes de fracaso. No veo cambios sustanciales. Hoy, como antes, abundan los tiranos —llámense políticos, funcionarios públicos de alto y bajo nivel, dirigentes sindicales, empresarios sometidos al capital de las trasnacionales e intelectuales de poca monta— que, como todos los ciegos que se regodean en las riquezas, poder y privilegios, han renunciado definitivamente al esfuerzo de pensar y al deber de conservar las herencias de un pasado que legó bienes culturales de esencial existencia para la nación.

Un país despojado de inteligencia carece de dignidad. En términos de generalidad, ambas las perdió México. Las perdió en su democracia de sufragio, tan fácilmente vulnerada y manipulada por dádivas en especie entre los miserables, campañas de miedo promovidas desde los sindicatos en perjuicio de sus agremiados, o desde las dependencias públicas entre una burocracia que no ve la suya, y una destrucción de la conciencia ciudadana que ya no alcanza para discernir entre, digamos, lo bueno y lo malo.

Las perdió cuando su periodismo, antes de verdadera combatividad, cambió la voz escrita disidente por el canto sumiso afiliando a sus periodistas a las mañaneras de todos los días para rendirse al mandato de la única voz y mentir apasionadamente a favor del que paga, convirtiéndolos en merolicos sin sustancia y, de paso, despojando a la profesión de toda su tradicional dignidad. Ese cambio de dirección, echó por la borda la titánica y honesta labor del periodismo forjado a lo largo del siglo XIX y principios del XX como La Libertad, cuyo director fue hecho prisionero en Guadalajara; La Hoja Suelta, de Manuel M. Oviedo, encarcelado y su periódico cerrado para siempre en Torreón; los periódicos Yucatán Nuevo y La Defensa Nacional también cerrados y sus directores encarcelados acusados de provocación a la rebelión; como coronación de ese periodismo combativo, y por eso condenado muchas veces a la clandestinidad, está la formidable voz de oposición llamado El Hijo de El Ahuizote. Esta prensa cumplió, a carta cabal, su cometido principal: aglutinar, mediante la palabra crítica y libre, a toda clase de gentes, con doctrinas e ideologías propias, capaces de expresar con rigor los dictados de su pensamiento. Las preguntas obligadas en mi cabeza son: ¿podría el periodismo de nuestros días sostener esta responsabilidad? ¿Y los periodistas, podrían ejercer su oficio sin adherirse a los beneficios que se otorgan desde arriba para mantener la vergüenza de su profesión sin mancillarla con la tarea servil de ser parte del coro de aduladores y voceros del poder en turno?

Las perdió cuando el suelo mexicano de antes, tapete verde y ocre, hacendario y campesino, cubierto de peones esclavos, gente de beneficio para los Romero Rubio, los Yves Limantour y otros apellidos de abolengo que en mi patria eran, ayer de balaustradas marmóreas, hoy plebeyos de abolengo comprado desde los partidos políticos o desde los puestos públicos que aumentaron sus caudales para construirse residencias palaciegas, mantener cuentas millonarias en bancos extranjeros y, otra vez como antes fueron los terratenientes, ser dueños de ranchos improductivos para el descanso de fin de semana y que sólo en sueños se pueden concebir, pero que han sido levantados gracias al esfuerzo de gente pobre utilizada para beneficio de los nuevos arribistas.

Las perdió cuando, después de quinientos años de historia, el miserable nivel de vida de la mayoría de los mexicanos a causa de los altos precios de los alimentos, del vestido, de las medicinas, de la educación, siguen siendo verdaderos gastos brujeriles —diabólicos— que devoran gran parte del ingreso promedio de un trabajador, con relación a su jornal y no hay ley justiciera que lo remedie, sin pasar por los programas asistencialistas, pero insultantes, del gobierno.

Las perdió cuando el acaparamiento de la tierra y el fortalecimiento del latifundio, dos privilegios porfiristas, se proyectaron hasta el presente concretando el fortalecimiento de capitales heredados por señoritos herederos de vejetes, a su vez herederos de momias, herederas de ladrones, herederos de… Esos pusilánimes nuevos ricos que, además de explotar al trabajador-animal, utilizan su influencia para corromper, defraudar al fisco federal o estatal porque ningún gobierno posrevolucionario supo detener lo que empezó Porfirio Díaz: entregar al capitalismo de otros lares las principales fuentes de riqueza del país, fortaleciendo la clase arbitraria reunida en la gran mesa de manteles largos y propiedades rurales y urbanas privadísimas. Todo eso sumado a la obra teatral de los partidos políticos, con escenografía institucional, dirigida y protagonizada por actores consumados en la respuesta retórica, los «acuerdos» en lo oscurito, en el aparte, como algo que se esconde; la sobreactuación, la reverencia pronunciada y el dominio sobre la audiencia gobernada, obediente y sumisamente insultante.

Las perdió cuando, ni los gobiernos priístas, panistas, perredistas, ni el otro de la misma calaña representado por Morena, han logrado cambiar nada, pues el panorama se presenta oscuro y lleno de incertidumbre.

Mi memoria reciente me dice que tuvo que alcanzarse la cifra de cincuenta mil muertes por la pandemia para merecer unas cuantas palabras del presidente mismas que no lograron escucharse ante tanto dolor presente; mi memoria me grita que hoy somos más pobres que en los periodos neoliberales, que tenemos un retroceso económico, que al presidente y sus profesionales políticos de la salud, sólo cuidaron la cuestión meramente burocrática de que no se rebasara la capacidad hospitalaria del país en la contingencia sanitaria —cosa que, en efecto, lograron—; mi memoria me indica que hay una particular forma de hacer justicia confundiéndola con la venganza.

Mi memoria tiene impresas muchas cosas más, y todas me llevan hacia un concepto que parece definir bien el sentido del presente gobierno: fracaso.

 
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