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  Edición 647
  Un desafío mayúsculo: ser mexicanos y ciudadanos
 
Esther Quintana Salinas
   
  «El valor de una nación

no es otra cosa que el valor

de los individuos

que la componen».

John Stuart Mill

¿Cuándo estaremos listos para convivir en armonía? Habrá quienes lo deseemos con todo el corazón, pero una cosa es desearlo y otra bien distinta es ser capaces de construirla. Tenemos, pareciera, muchas enseñanzas pendientes.

Hemos pasado las de Caín, y no me refiero ya a los dos movimientos de los siglos XIX y XX, sino a los de nuestros tiempos, y ni así México ha aprendido a corregir sus yerros como sociedad. Es de lo más simple culpar de nuestros males a los gobiernos insensibles y plagados de sinvergüenzas y vividores, pero éstos no son más que la consecuencia de lo que no hemos sido capaces de modificar en nosotros mismos. La causa está en nosotros.

México tiene siglos de injusticias sociales y de ausencia de piso parejo en oportunidades, esto ha generado muchos de los problemas de violencia, de retorno a la ley de la selva, a hacerse justicia por mano propia —lo vemos en las noticias en vivo y a todo color— pero no se ven soluciones en el corto plazo. Hay demasiada rabia interna, frustración, coraje, impotencia desfogada, en la forma en que se responde a décadas de ineficiencia e ineficacia en la forma de impartir justicia en nuestro país.

Hoy se le dice conservador, fifí, fascista, etc., a todo el que no comulga con las políticas impuestas por un presidente venido de la «izquierda», y es que es más fácil esa adjetivación para quien no se amolda al modelo que él pretende institucionalizar. ¿Es una visión simplista y obtusa? Sí lo es, igual que la de quienes es su momento condenaron a millones de mexicanos a la pobreza, a la ignorancia y a la tibieza. Desgraciaron al país.

En una democracia sana las ideas están por encima de los líderes en turno, pero en México no, es ancestral la fascinación por los caudillos y los salvadores de temporada. Hoy tenemos un hombre a cargo de la presidencia de la república que se niega enfáticamente a ser jefe de Estado, prefiere ser Supermán, y el pato, como se dice coloquialmente, lo vamos a pagar los de siempre, al margen de que se haya votado o no por él en el 2018. El presidente de la república está convencido de que es infalible, su vanidad en desmesura le impide concebirlo de otra manera. Es un radical cimentando una dictadura, su dictadura. Y, ¡por Dios!, que con dos que tuvimos en el pasado, es más que suficiente.

México viene de una alternancia que no colmó las aspiraciones de un pueblo y que lo condujo a regresar al pasado con Enrique Peña Nieto (PRI), que hizo un sexenio de lo más corrupto que ha vivido nuestro país y con más desaciertos en sus políticas económicas y sociales, lo que condujo entonces a 30 millones de mexicanos a volcarse por el mesías de Macuspana, que los convenció de que con él se llegaría al paraíso terrenal. Le otorgaron el beneficio de la duda a sus limitaciones naturales, que hoy se confirman en las desastrosas decisiones tomadas para lidiar la pandemia del COVID-19, y en las erradas medidas para paliar el desastre económico que nos agobia desde antes de la crisis terrible de salud que vivimos. México no crecía, ahora se recrudece esa ausencia, y no lo festino, ojalá que lo solvente.

México, lo sabemos, arrastra décadas de populismo, de corrupción e impunidad, de escándalos políticos y decisiones erradas en materia económica, pero lo de hoy es el acabose. El gobierno de López Obrador vino a darle el tiro de gracia. Dicen los estudiosos, que en política todo se vale, pues será, pero no todo es viable.

En la esfera pública hay dos tipos de políticos insufribles: los mediocres y los iluminados. Los primeros, porque su incapacidad en la administración pública es desastrosa, su radicalidad en la implementación de políticas carentes de sentido conduce a sus países a situaciones de verdadera incertidumbre, principalmente a la población, y espantan a empresarios e inversionistas.

Los segundos, los «illuminati», creen que se las saben de todas, todas, pero el problema es que no tienen ni una pizca de sentido común. Si se dejaran aconsejar perjudicarían menos la economía y la salud de millones de sus compatriotas… ¡ah!, y no ahondarían en el divisionismo entre quienes han nacido en el mismo suelo. Pero López Obrador no oye, no escucha a nadie, salvo a sí mismo, le fascina su caja de resonancia. Al llegar a la primera magistratura con sus banderas de combate a la corrupción y seguridad al cien, 30 millones de votantes pensaron que estaba aperturándose una nueva era política para México. Y se equivocaron.

Lo increíble es que todavía hay quienes confían en la capacidad de mandatario, aunque estén a la vista sus dislates en esta crisis de salud a la que dijo que se le podría manejar sin problema alguno, incluso que México sería ejemplo para otros países. Esta errática interpretación llevó vía López-Gatell a minimizar las medidas frente al contagio. Hoy con 56 mil 543 muertos y 522 mil 162 contagiados confirmados al 15 de agosto. Su reiterada negativa a reconocer los efectos de la pandemia y su oposición a acordar una política común con gobernadores y alcaldes, tampoco ha ayudado. El federalismo se demuestra en los hechos, no pueden solos los gobiernos locales y mucho menos los municipales con la carga económica que representa enfrentar a una pandemia de esta naturaleza tan destructiva pero, por lo que se ve, las autoridades locales no tienen ni tendrán más alternativa que depender de sus propias capacidades de gestión.

Espero que el manejo de la crisis social y económica dé luz a la ciudadanía para evaluar quiénes en la oposición tienen tamaños para resolverlas. El empobrecimiento agudizado de los más necesitados y los altos niveles de desempleo serán los ejes de una crisis que jamás se ha vivido, peor que la Gran Depresión de los vecinos del norte. Parece difícil engañar a tantos y durante tanto tiempo, pero es posible. Hay millones de mexicanos atarantados por un habilidoso manipulador.

México pasa por uno de sus peores momentos, tenemos que hacernos cargo de ello. Las soluciones no nos van a caer del cielo. La corrupción sigue viento en popa, aunque todos los días el presidente se dé baños de pureza y pondere que su gobierno no es corrupto, lo es. Ahí están los contratos sin licitaciones de por medio, el nepotismo consentido —verbi gratia su flamante secretaria de la Función Pública y el marido, en posiciones privilegiadas—, sus acusaciones sin evidencias ni pruebas de por medio lanzadas a diestra y siniestra, su persecución a quienes considera que lo agraviaron en el pasado, la inclusión de impresentables como Bartlett en el primer círculo, de un Gómez Urrutia en el Senado, el trato preferencial dispensado a un sinvergüenza como Emilio Lozoya, etc.

Un buen gobierno se caracteriza entre otros aspectos, por conocer sus limitaciones y no pavonear potencialidades de las que carece. Otra fortaleza es que los buenos gobiernos son capaces de priorizar y resolver los problemas reales de sus gobernados, y esto se traduce en atajar la corrupción, respetar la separación de poderes y trabajar por el bien común. Un buen gobierno sabe que asumir rectificaciones genera más confianza que la soberbia y la obcecación, y que el trabajo ordenado y sistemático es el mejor antídoto contra las disputas. El titular de un buen gobierno se empeña todos los días en llamar a la unidad, a la cordura, al respeto, a la tolerancia, al diálogo que construye… y no hace consultas públicas sobre aspectos que ya contempla la ley.

Hoy tenemos un desastre económico in crescendo, no lo vamos a superar agazapados en nuestro valemadrismo endémico, ni mentando madres entre las paredes de nuestra casa. La debacle en salud no es asunto menor, ni tampoco la que se avecina y hará más complicado el tránsito a una mentalidad propia del siglo XXI, que es la de educación. Necesitamos generar conciencia colectiva, entender que somos la parte más importante de un todo que se llama México, que no hay salvadores ni caudillos para arreglar lo que nos corresponde a nosotros como dueños de este país. Tenemos que impulsar acciones positivas, tanto a nivel político como personal, para salir de este atolladero al que nos ha conducido nuestra falta de participación en los asuntos de nuestra comunidad.

No más silencio, no más indiferencia, nos va a cargar Gestas si nos mantenemos en esta deleznable posición pasiva de mirones de palo, de extranjeros en nuestra propia tierra. Comportémonos como mexicanos, asumamos ya nuestra investidura ciudadana, entendamos que los gobernantes son nuestros servidores a sueldo y temporales.

Y porque mi esperanza se niega a rendirse, cierro con esta frase del economista español, Miguel Ángel Revilla: «Son los ciudadanos comprometidos con un mundo mejor los que impulsarán los próximos cambios. Y ese mundo mejor no solo es necesario, también es posible».

 
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