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  Edición 646
  Una amenaza para la democracia
 
Jaime Torres Mendoza
   
  El triunfo de la masa sobre el individuo,

es una amenaza para la democracia.

Ortega y Gasset

Escribo este artículo a la luz de los supuestos filosóficos raciovitalistas del gran pensador español José Ortega y Gasset, expresada en sus libros Meditaciones del Quijote, El tema de nuestro tiempo, ¿Qué es filosofía?, La rebelión de las masas y España invertebrada. En esta filosofía encuentro muchos elementos de análisis y de una vigencia esclarecedora para abordar la realidad mexicana de nuestros días.

Bien, procedo entonces a mi abordamiento.

Resulta un hecho consumado que la decadencia de los partidos políticos y de las políticas de partido, son una realidad —en efecto ya consumada y consumida en nuestro país— incontrovertible. En otras palabras, ya no son opción para gobernar. Más bien, son una carga y una barrera para las aperturas que hoy son una exigencia de sobrevivencia en la contemporaneidad.

Lo que hoy se necesita, y con mucha urgencia por cierto, son ciudadanos que renueven la historia política del país; que no tengan, ni mantengan, vocación por el partido político ni añoranza por un pasado donde en la política partidista, cualquiera se podía enriquecer con descaro y de adquirir poder con una perversidad que daba miedo.

Hoy, para estar acorde con una democracia sólida y sana en sus estructuras, debe abogarse por un sistema político que facilite la llegada, por fin, de un régimen verdaderamente republicano fundado en la democracia más sana —no sólo en el sufragio, porque ese puede ser comprado— promovida por una estrategia ciudadana que la haga garante de representatividad.

Es hora de entender ya que México no es para el triunfo del partido, sino de la entrega del poder público a la totalidad —sí, dije todos— de los ciudadanos que integran la patria. Naturalmente, todo esto supone un país unido en causas comunes, donde los diversos grupos —porque debe haberlos— trabajen también en proyectos cuyo interés sea la causa de todos, aún manteniendo la divergencia de opinión.

Es necesario, como quería don José Ortega y Gasset para España, vertebrar a la nación bajo un proyecto verdaderamente ilusionante y no falsamente esperanzador, como el que hoy tenemos; un proyecto creado por ciudadanos —no caudillos— que propongan planes de trabajo fundados en ideales firmes y bien pensados —no ocurrencias repentinas y disparatadas— para que sirvan a todos en una causa colectiva.

Por supuesto, se habla aquí de grandes ciudadanos con estatura de hombres que destaquen, no tanto por sus cualidades individuales, sino por la energía social que el resto de los ciudadanos depositan en ellos y en sus planes y propuestas. Es decir, necesitamos ciudadanos que vayan al gobierno y que sean capaces de generar un entusiasmo irrefrenable por los asuntos públicos entre el resto de los ciudadanos.

Siendo así, el ciudadano gobernante debe ejercer su poder como una minoría ejemplar para que el resto del pueblo se comporte igual. Vamos, que debe ser un paradigma.

Es una urgencia. Porque hoy reina en el país una ruptura interior, un incontrolable desorden que alcanza lo político —véase el mal ejemplo de los partidos— y lo social —véase los grupos armados que demuestran su poderío intimidatorio, los feminicidios que no cesan, las instituciones que forman el Estado de derecho, hoy amenazadas por la irresponsabilidad gobernante—.

Las naciones se construyen en torno a proyectos que, partiendo de su realidad, sean capaces de revitalizarla para desarrollar todo su potencial de existencia en el escenario geográfico en que se ejecuta para, luego, desbordar las fronteras territoriales con el vigor de su fuerza creadora.

Ya no necesitamos caprichos personales ni gentucha con pretensiones de caudillo. Nada de eso. Necesitamos a alguien que conciba un proyecto capaz de vertebrar a este país; darle una razón para que su unidad sea una realidad irrevocable. Todo este desmoronamiento de la sociedad mexicana no es sino un reflejo de la ausencia de un proyecto común.

Una nación es una comunidad de grupos y de individuos, diversos es verdad, pero donde unos cuentan con los otros. Cuando un grupo, o un individuo, quiere o necesita algo, trata de obtenerlo pero de acuerdo a la voluntad general.

Cuando la sociedad de una nación entra en particularismos, provoca que ese ejercicio de obtener lo que se necesita, resulta humillante, lo que lleva a esos grupos o a esos individuos, a tratar de imponer su voluntad mediante acción directa que sólo divide y polariza la cohesión.

El sello distintivo en el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, ha demostrado con creces la fidelidad a un modelo de gestión que privilegia la improvisación, muchas veces basada en la ocurrencia.

Ha ignorado de manera recurrente las bondades de la planeación. Ha preferido mantener su concepción reduccionista de lo que significa gobernar dentro de un marco de gestión pública incluyente y democrática.

Su particularismo es de tal dimensión que ha masificado retóricamente a los pobres en una serie de programas asistenciales que consumen los recursos económicos del país, sin que se vean respaldados por el ingreso de recursos en una economía que vive su peor caída en la historia de este país.

Es cierto, México es un país de pobres y, muchos de ellos, necesitan hoy ser asistidos por el Estado para siquiera aspirar a vivir dignamente. Pero tengo la percepción de que todos esos miles de pobres —palabra de AMLO— son vistos como los futuros votos que garanticen la continuidad de un gobierno que le apuesta al clientismo político, y deja de lado la opción ciudadana donde la conciencia seguramente le otorgaría la confianza legitimadora del sufragio que hoy se despilfarra cada vez que se otorga un cheque asistencial a costa de seguir fracturando una economía que ha entrado en la penumbra más sombría.

Es inquietantemente peligroso porque apostarle al triunfo de la masa —a través del voto garantizado por la asistencia económica— sobre el individuo, el ciudadano que piensa, eso constituye la más firme amenaza para la democracia que quiere construir este país.

 
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