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  Edición 585
  De Emma González a Iván Márquez… otra vuelta de tuerca
 
Edgar London
Sitio Web: www.edgarlondon.com
Email: correo@edgarlondon.com
   
  El ejercicio es sencillo. Selecciono personas al azar y les pregunto, por ejemplo, ¿quién era Oscar Wilde? o ¿quién, Miguel Ángel?, ¿Leonardo da Vinci? Si los interrogados son muy jóvenes o andan medio perdidos con relación a la cultura universal, les pido que me hablen de Elton John, quizás Pedro Almodóvar. El resultado de la encuesta suele ser el mismo. Escritor, escultor, pintor, músico, cineasta… responden. Hasta hoy nadie, subrayo, nadie, me ha contestado “maricón”, ni siquiera bisexual, aunque todos ellos encajan perfectamente en una u otra clasificación.

Este breve experimento debería ser suficiente para demostrar que, al final de cada jornada existencial, todos seremos recordados por lo que aportamos al mundo. Sin que esto signifique trascender en la historia de la humanidad con la grandilocuencia con que lo hicieron los personajes antes citados. Nada de eso. Nuestro aporte, así como nuestro mundo, puede ser mucho más breve, también mucho más íntimo y, no por ello, menos importante. Aquello que legamos a nuestros hijos, la impronta con que, día a día, nos hacemos presentes en el trabajo, la ayuda que proporcionamos a nuestro vecino, incluso la manera con que tratamos a los desconocidos, nos van a definir mucho mejor que la futilidad que representa tener sexo con él, con ella o con ambos.

Sin embargo, no sucede así. La denostación sustentada por prejuicios sexuales goza de enorme aceptación hoy en día y son millones sus seguidores y, no menos, sus practicantes. La razón puede ser motivo de estudio en Psicología, Ciencias Sociales o incluso —si alguien se atreve— en Teología. ¿Por qué causa tanto interés la orientación sexual del prójimo? ¿Por qué no sucede lo mismo con sus gustos por las artes, las ciencias o el deporte, digamos?

Que en pleno siglo XXI se siga juzgando —menospreciando, criticando, satanizando— a las personas por sus preferencias sexuales se me antoja ridículo, propio de sociedades subdesarrolladas, pero no desde una perspectiva económica, como casi siempre se les juzga, sino educativa, social y cultural. Albergo grandes esperanzas de que en un futuro no muy lejano, este tipo de prácticas sean consideradas curiosidades de la antigüedad. Me cuesta creer que, a la velocidad con que hoy el mundo se mueve, alguien pueda permitirse el lujo de calumniar a su compañero por ser homosexual, en lugar de estimularlo por su creatividad o desempeño profesional.

Y el problema, realmente, no constituiría siquiera excusa para las presentes líneas, si se quedara en el ámbito doméstico o, para definirlo mejor, todo fuera un chisme de barrio. Duele en cambio, atestiguar la manera en que atacan a Emma González, la joven activista estadounidense, sobreviviente de la masacre en la escuela Stoneman Douglas de Parkland, el 14 de febrero de 2018, y quien se ha convertido en la voz guía de un movimiento que exige mayor control sobre la venta de armas en Estados Unidos. Desde que ella se declarara bisexual o, para ser más exacto, desde que la comunidad internacional se enteró de esta noticia, muchas referencias a su persona han pasado radicalmente del calificativo de heroína al de “pinche tortillera”. Por supuesto, sus detractores hacen eco del calificativo para restarle credibilidad e impacto a su lucha.

Y yo pregunto. Si el movimiento de Emma lograra un avance, no importa cuán grande o pequeño, para que el gobierno de Donald Trump logre imponer medidas más estrictas a las personas que quieran adquirir un arma en Estados Unidos y así se evitara la muerte de otros jóvenes. ¿Qué diablos les importará a los padres de esos muchachos —potencialmente, a salvo— si Emma, en su cuarto, se besa con un hombre o una mujer?

Al sur del Río Bravo el escenario no pinta mejor. Por el contario, sin ir más lejos, acá, en Coahuila, ya son varias las voces que se levantan contra la homofobia manifiesta por parte del gobierno municipal de Torreón. Y en la capital del estado, otro tanto. Recientemente, las redes sociales explotaron contra el director del Instituto de Cultura del Municipio de Saltillo, Iván Márquez, porque participó de manera activa en un evento donde él cantaba mientras varias parejas de hombres bailaban. Estoy convencido de que el evento en cuestión resultó mucho más que eso, pero el video causante de la polémica —ya pasadito de fecha, hasta eso— fue utilizado de mala leche para arremeter contra el trabajo de Márquez.

La relación es tan obtusa que no sé si echarme a reír o llorar. Si seguimos con esta tendencia extremista, los hombres tendremos que cuidarnos al vestir una camisa rosa o podríamos ser despedidos. Eso sí, la estrategia es clara. Dañar la imagen de una figura pública ya ha dado resultados con anterioridad. En estos casos no importa quién lleva la razón. Lo importante es hacer ruido.

Tanto a Emma González como a Iván Márquez —cada uno en su contexto— tratan de desacreditarlos por causas que nada le deben a sus orientaciones sexuales, sean las que éstas sean. Quienes manejan los hilos de ambas farsas, saben muy bien lo que buscan y se esconden tras la masa de alborotadores para lograr su propósito. En ese sentido, nunca tendrán el valor de las supuestas víctimas. Con eso me quedo.

 
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