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  Edición 646
  La cultura política y su vinculación con la democracia
 
Esther Quintana Salinas
   
  Autores como Almond, Verba e Inglehart han apuntado el papel que desempeña la cultura política en la consolidación de la democracia. Esa cultura tiene que estar en congruencia con el régimen democrático, toda vez que es el combustible que promueve la participación y el fortalecimiento de las instituciones. En nuestro país esta congruencia no se da, de ahí que las formas de participación sean verticales y no autónomas. Continúan las prácticas autoritarias como el corporativismo o el clientelismo, o ambas. Este tipo de cultura está arraigada en la idiosincrasia del grueso de los mexicanos. Tan es así, que no obstante la alternancia, han persistido.

Pero definamos qué debemos entender por cultura política. Almond y Verba la definen como el conjunto de «... orientaciones específicamente políticas, posturas relativas al sistema político y sus diferentes elementos». Tales orientaciones pueden ser cognitivas, afectivas o evaluativas. Las cognitivas abarcan conocimientos y creencias; las segundas responden a los sentimientos; y las evaluativas, se refieren a los juicios y opiniones acerca del sistema político, de sus roles y de quienes desempeñan dichos roles. La participación tiene un papel sustantivo, ya que a través de ella se alcanzan la eficiencia y estabilidad de sus instituciones; debe además considerarse que las sociedades hoy día son tan complejas que los ciudadanos no sólo deben presionar a sus instituciones para que los representen adecuadamente, sino trabajar de manera coordinada para enfrentar con éxito los nuevos problemas sociales, por ende, dicha relación ciudadanos-instituciones-democracia sólo dará frutos si el ciudadano participa de manera autónoma y propositiva en la esfera pública. Y aquí es donde entra en juego un elemento sine qua non, cuya ausencia explica por qué nuestra cultura política es tan enteca.

Giovanni Sartori explica que cuando en una sociedad hay ciudadanía informada, su rol ahí es activo, porque el sufragio lo ejercen de acuerdo con las posiciones ideológicas de los partidos políticos, y entonces se tienen mayores elementos para exigir a los políticos el cumplimiento de las promesas que hacen en campaña, a contrario sensu, si el ciudadano está desinformado su actuación será pasiva, votará de acuerdo con sus sentimientos; esto lo hace vulnerable a la manipulación de medios de comunicación, del enorme aparato electorero y de los dichos de los propios políticos. Almond y Verba subrayan que un ciudadano al que le interesa la política, se informa y, derivado de esto, tiene mayores posibilidades de influencia en los procesos administrativos y políticos al participar en ellos. Ergo, la participación ayuda al fortalecimiento de la democracia fundada en información, solo con conocimiento de causa se puede desafiar a las autoridades con éxito.

Los problemas a los que se enfrenta una sociedad desinformada, y aquí nos sobran ejemplos, es la multiplicación de liderazgos de tipo populista. Y es que les resulta pan comido a tales personajazos manipular, mentir, prometer lo que saben de antemano que no van a poder cumplir, pero la gente se come sus patrañas y ni gestos hace. A tal grado afecta la desinformación, que no por la circunstancia de que haya habido elecciones transparentes, limpias, competitivas, legitimadas, se garantizan buenos gobiernos. ¿Ejemplo? El actual, y no ha sido el único. Un gobierno con este origen no atiende los intereses de la mayoría con eficiencia, ni eficacia. Con una sociedad bien informada ni siquiera hubiera llegado.

Cuando se participa sin conocer los objetivos de esa participación, a quien le sirve este movimiento es al líder, no a la población. Las movilizaciones más exitosas que contribuyen de manera importante al fortalecimiento de la democracia son las que están antecedidas por el conocimiento. Una participación de esta naturaleza refleja mayor educación, factor que no solamente le da la posibilidad de tener más información sino que le agrega el plus de la reflexión, de tal suerte que ésta es autónoma. La simple alfabetización hace la diferencia, la gente con esta riqueza cognitiva sí sale a votar. Parece, aunque suene chocante, que los cambios políticos específicos, para que se den, demandan educación superior. Caso contrario, a menos educación y conocimiento la proclividad a no tener autonomía de pensamiento se ensancha. Eso es lo que hacen el corporativismo y/o el clientelismo, y si a esto le agregamos el desempleo, la precariedad de salarios, son presas fáciles de mercachifles electoreros, y van porque se les lleva, y se comportan como masa, no como individuos pensantes.

Por otro lado, en el colectivo generalizado, sigue predominando la imagen de que los diputados, particularmente no representan al ciudadano común, que, cuando legislan, responden a los intereses de sus partidos; y muy pocos de acuerdo con los intereses de la población. Si esta percepción negativa no cambia, continúa, los ciudadanos seguirán considerando a la Cámara de Diputados (igual que a los partidos) como instituciones políticas que tienen que existir pero que su labor está a años luz de sus intereses, y por lo mismo les vale una pura y dos con sal estar informados respecto a sus funciones y facultades.

La problemática de ese valemadrismo institucionalizado es muy compleja; al bajo nivel de confianza interpersonal y en las instituciones, se suman la poca tolerancia y la discriminación actual hacia diversos sectores de la población, trátese de minorías religiosas, mujeres, discapacitados, adultos mayores, indígenas, etc., más los rasgos autoritarios de los que hemos escrito en párrafos anteriores, pues estamos aviados. Remontar semejante debacle no es fácil.

Por otro lado, a la democracia, el grueso de los mexicanos no la vinculan directamente con las elecciones, sino con valores revolucionarios: justicia, libertad e igualdad; «sienten» que es mejor que el autoritarismo, pero no la encuentran por ningún sitio. Y esto es un indicador de que un amplio sector de la población estime que no ha conseguido cumplir con sus expectativas. De modo que todavía vamos cuesta arriba. Ni los partidos políticos, que lo tienen como uno de sus deberes constitucionales han logrado convencer a los mexicanos de la relevancia que tiene el que todos contribuyamos a la creación de un régimen democrático. Que la democracia que hasta ahora tenemos está muy lejos de ser un instrumento que garantice libertad, justicia e igualdad. Es muy importante que los mexicanos vean en el sufragio no solo un derecho, como lo es, sino un instrumento para exigirle a sus representantes la rendición de cuentas. Hay prácticas deleznables que deben desaparecer, como la compra de votos que no se castiga, y cuanto trinquete se inventan para ganar las elecciones y que queda en la absoluta impunidad.

Quizá la segunda vuelta electoral, que siempre se negaron los grupos parlamentarios del PRI, en las diversas Legislaturas, a aprobar, pudiera coadyuvar a dar mayor legitimidad electoral y comprometiera al ganador a disciplinarse con el electorado. Quizá el voto honesto en la primera vuelta permite fortalecer a las opciones que no necesariamente pueden ganar, pero que merecen un espacio de representación, sirviera también como instrumento para reducir el abstencionismo y aumentar la pluralidad de la representación.

Se tienen que procurar las condiciones que hagan posible una democracia fortalecida en la que se preserven las instituciones sobre las que ella descansa. Debemos trabajar cada uno de nosotros en esta tarea porque no se vale dejar a las nuevas generaciones esta triste manera de mirar lo que sucede desde lejos, convencidos de que lo público no es asunto nuestro. En la medida en que adoptemos como disciplina, por bien propio, el estar informados sobre el acontecer político de la única casa que tenemos, que es México, nuestra participación dejará de ser esporádica, y se convertirá en un deber que estaremos en posibilidades de transmitir a quienes más tarde, por relevo generacional, tendrán que hacerse cargo del país.

Es un deber de amor a la patria, al país en el que nacimos, en el que hemos crecido y vivido y en el que se encuentran las personas que son más caras a nuestro corazón. México tiene que importarnos. Necesitamos gobernantes de primera, seamos ciudadanos de primera. El buen juez por su casa empieza.

 
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