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  Edición 645
  ¿Amigos?... ¡Adió!
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Mi tía Beba, la sabia, no era precisamente una hermosura que desatara pasiones entre la masculinidad de la comarca, aunque tampoco estaba tan tirada porque algo de eso que llaman belleza se traía en los mechones negros echados hacia atrás en el chongo pachón —ese sí precioso cuando lo adornaba con listón rojo— subido hasta la mollera, pero dejando escapar encantadoras curvas de cabello que se le enredaban en el pescuezo prieto, continuidad de un cuerpo delgaducho, de manos largas y huesudas, de mentón también muy largo y firme, de labios finos que la hacían verse bien, sobre todo si los alentaba a echar a volar una risa franca; pero, ay, cuando esa misma boca se volvía cristales apedreados por palabras malas. Porque si sabia era en alto grado, mal hablada lo era en grado mayor.

No conocía el recato ni el melindre cuando había que mentarle la madre a algún pelado que pretendía propasarse con ella, delatado por los malos pensamientos que se le adivinaban en la pura lascivia y lujuria de su mirada, ni de darle las duras y las maduras a cualquier jornalero holgazán que no levantara parejo el azadón a la hora de cardar el maíz; tampoco se arredraba la hembra ante las bravuconadas de individuos que, bajo el amparo de un buche de mezcal, se volvían valentones y entonces podía hablar con el peor lenguaje de cantina corriente, campesino palurdo o arriero maldiciente, y ponerle tono de desafío a los fanfarrones para pasar luego a las manos y a trancazo limpio romperles el hocico a los que antes se habían sentido muy hombres nomás porque estaban delante de una mujer.

Siendo mujer, como en efecto lo era, realizaba tareas de hombre: ordeñar chivas, cortar leña, marcar ganado, fumarse un cigarro con descaro delante de todos, montar a caballo y vestir con ropas masculinas. Sólo de vez en cuando se acercaba, con mucho cuidado, como no queriendo y por descuido, a los menesteres mujeriles, como darle de comer a los pájaros enjaulados, levantar alguna bastilla caída en el largo de alguna de sus esporádicas faldas jamás lucidas, ir por una tina de agua hasta la noria y prepararse un café de asientos en taza burda, después saborearlo con infinito placer mientras mordisqueaba un pan de acero recién horneado.

Nunca se supo de novio que hubiera tenido mi tía Beba, la sabia, ni siquiera un hipotético pretendiente que echara a andar la posibilidad de mover el visillo de la puerta desde adentro para darle la bienvenida y pronto le pasó, como dicen los argüendes, la edad de merecer, adquiriendo así la categoría de quedada.

Pero eso estaba bien, mi tía Beba no era mujer de esas. Era llama. Nacida después de la revolución, y si logros tuvo ese movimiento de tragedia, ella era la expresión de ellos. Mujer de vanguardia, liberada de atávicas tradiciones en un medio que le era hostil, sintetizaba el punto de llegada que, tal vez, soñaron los que antes lucharon por ella, por otros, por todos: tener justicia y libertad pero tener, sobre todo, seres humanos en igualdad de condiciones. Y mi tía Beba bien sabía que la condición mayor de todos para eso de la igualdad, es el ejercicio de la inteligencia para decir libremente lo que se piensa aunque les pese a muchos.

De haber estado en la revolución de 1910, pudo haber sido heroína hecha de lumbre, como Carmen Serdán. Seguramente, como aquella maravillosa revoltosa, hubiera podido subir a la azotea más alta de cualquier casa de San Juan del Cohetero para increpar a los hombres y gritarles, como lo hizo la mujer poblana de la calle Santa Clara, mientras estaban —ella y su familia— siendo acribillados por la autoridad gubernamental frente a muchos que miraban con la boca abierta, cobardemente admirados del sacrifico de los primeros mártires de la revolución aquel 18 de noviembre de 1910:

—¡Vengan con nosotros, esto es la revolución, no vivan más de rodillas!

Porque Carmen Serdán sabía que en las antiguas haciendas, donde vivían los amos y señores de mi patria, también se acomodaba el pueblo, sirviéndolos de rodillas en la friega del piso para ponerlo pulidito, brilloso como espejo; en la siembra de la tierra que se acumulaba en latifundios interminables; en la aplaudida tortilla de la mañana que antes fue nixtamal y había que molerlo de rodillas sobre un metate; en el lavado de la ropa blanca sobre batea puesta encima de las rodillas y luego el almidón para que quedara liso después de pasarle la plancha de carbón, todo de rodillas para que no quedara duda de quién estaba arriba para mandar y quién abajo para servir a los dueños de México.

Y quizá también, mi tía Beba se habría sentido triste y frustrada, porque, igual que Carmen Serdán, en sus ansias de enardecer y no poder, de llamar y seguir sola, de incendiar y ni una chispa entre aquella gente de la ciudad de Puebla, que sólo atinó a permanecer parada, a lo mejor sollozando de pena, pero sin tomar parte porque de tanto vivir de rodillas ya había perdido la costumbre no sólo de levantarse, sino de andar con la cabeza en alto, y tampoco sabían ya contestar a nada, agachados y agachones como también se habían acostumbrado a ser de tanto serlo de generación en generación.

Sí, de haber estado allí, mi tía Beba habría sabido que el 18 de noviembre de 1910 frente a la casa de los hermanos Serdán, en la Puebla de todos los Ángeles, los hombres de mi patria perdieron los pantalones al bajar el sombrero sobre su frente para no ver y las mujeres perdieron las enaguas —que también se pierden— al taparse la frente con el rebozo llamando a recato, y la gente decente que prefirió desmayarse y censurar sus labios con la chalina para los fríos, que al cabo ya estaban próximos, o el paliacate rojo que nomás subió tantito, apenas del pescuezo a la boca, todos ellos perdieron lo hombre y lo mujer que debían ser y, de paso, sellaron el destino futuro de Madero, muerto a traición, de Carranza, muerto a traición, de Zapata, muerto a traición, de Villa, muerto a traición, de la patria entera, muerta a traición, nomás por guardar silencio, que era anticipar el sepulcro de todos.

Nada que hacer con un pueblo convertido en lumbre muerta, ceniza vagabunda imposibilitada para arder porque ya había consumido sus elementos para hacer fuego. Y sí, a lo mejor por eso, Aquiles Serdán sentenció proféticamente mientras se desarrollaba el asalto a su casa de Santa Clara: con este pueblo cobarde todo está perdido. Profecía cumplida una y otra vez en cada evento de vida cotidiana y de vida política de esta patria a la deriva, humillada, perdida, sin esperanza por no tener la valentía de trazarse un rumbo propio prefiriendo que otros lo dibujen a su gusto y conveniencia.

Si mi tía Beba, la sabia, hubiera visto las imágenes transmitidas por la televisión en torno a la reciente entrevista del presidente mexicano y el estadounidense, y ante la miel amorosa de telenovela barata derramada por ambos mandatarios, mínimamente hubiera dicho con un escepticismo burlón, esperando lo peor para un futuro reciente:

–¿Amigos?... ¡Adió! Se me hace muy picudo pa’ paloma.

 
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