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  Edición 645
  ¿Qué es la renta básica universal?
 
Esther Quintana Salinas
   
 

David Casassas, profesor e investigador de teoría social y política, de la Universidad de Barcelona, miembro de la Basic Income Earth Network, dice que la renta básica es un derecho que puede ayudar a disminuir la desigualdad y a que todos y todas tengamos vidas más dignas, durante la pandemia y después.

Explica que se trata de «una asignación monetaria, pagada por los poderes públicos, de acuerdo con tres principios: universalidad, es decir, que la reciben todos los ciudadanos de un territorio; incondicionalidad, y con ello nos referimos a que la recibes en cualquier circunstancia que acompañe tu vida sin importar, por ejemplo, niveles de ingreso o número de personas con las que vives, y, en tercer lugar, individualidad, la reciben los individuos, no los hogares».

Destaca que «no sustituye otras políticas en especie, como vivienda, educación y salud, entre otros. Lo único que sustituye son los subsidios monetarios focalizados». Abunda al respecto cuando expresa que «debe ser vista como la universalización del derecho humano a elegir una vida propia. Esto ya existe. Los ricos lo tienen, pero como solo lo pueden hacer ellos, no es un derecho, sino un privilegio».

En Finlandia, la renta básica universal es una realidad, y ha representado para quienes la reciben una mejora de consideración en su ánimo, en su salud emocional, toda vez que les permite vivir sin angustias financieras. Para las mujeres ha sido una alternativa viable para cortar la dependencia de los hombres, padres o maridos, que muchas veces son quienes ejercen violencia doméstica contra ellas, y se aguantan o quedan en el desamparo.

La renta básica no es, ni mucho menos, una idea nueva, ya se mencionaba en círculos muy pequeños en el siglo XVIII y en el devenir ha conseguido gestar opiniones de pensadores de extracción ideológica muy diversa, entre ellos a John Kenneth Galbraith, Milton Friedman o James Meade. Y hasta teóricos separados por dos centurias, como es el caso de Thomas Paine (1737-1809) y Bertrand Russell (1872-1970). Incluso un contemporáneo, el filósofo y político belga Philippe Van Parijs para quien se trata de un «…utopismo oportunista que hoy más que nunca parece convertirse en realidad».

Reconoce que es una propuesta radical para una sociedad libre con una economía sensata. John Rawls, por su parte, en 1988 consideraba, y así lo escribió, que en este esquema se beneficia «a aquellas personas que son las menos favorecidas, ya sea que por su origen familiar y de clase los pone en desventaja con otros, o que por sus dotes naturales los lleva a vivir menos bien, y a aquellos cuya suerte y fortuna les resultaron relativamente desfavorables».

No obstante, al margen de discursos y consideraciones rimbombantes, la renta básica (universal o no) empieza a ser vista como una posibilidad de garantizarle ingresos a los ciudadanos por la sola circunstancia de serlo. Hoy día está entrando al menú de soluciones viables para salir del desplome económico y social que ha traído esta pandemia del COVID-19 y se le contempla como una herramienta sólida de combate a la recesión —tan dañina o peor que la del 2009—, dicho ya por la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva.

Estados Unidos ha dado un primer y decisivo paso en esa dirección: dará a sus ciudadanos mil 200 dólares, cuantía que se reduce gradualmente para quienes ganan más de 75 mil dólares al año y que deja fuera a aquellos que perciben 99 mil o más. El objetivo, según la Casa Blanca, es tratar de paliar la merma de ingresos y asegurar lo esencial. Es una «transferencia directa a individuos y hogares».

Hay quienes dicen que debiera ser a perpetuidad, como un derecho básico de ciudadanía para cubrir las necesidades elementales, y otros, como un paquete de estímulos temporales. Brasil, por su parte, acaba de anunciar un esquema de pagos de casi 115 euros mensuales (la mitad del salario mínimo), pero solo durante un trimestre, para 60 millones de trabajadores informales. En España se estarán otorgando alrededor de los 440 euros al mes, en sintonía con la ayuda aprobada a los trabajadores temporales que se queden sin empleo por el paro económico desatado por el virus. En otros países europeos, como el Reino Unido, el «ingreso universal de emergencia» también ha llegado a la Cámara de los Lores y a la de los Comunes, pero aún no convence a su heterodoxo primer ministro, Boris Johnson. También se está viendo en la medida un instrumento útil para reactivar la economía.

En América Latina y en el resto del bloque emergente, en donde el trabajo informal, como es el caso de México —60% (30 millones de almas) de la PEA está en este rango— da de comer a infinidad de personas, que además son prácticamente invisibles para el Estado, la gestión de la crisis de salud provocada por el coronavirus está siendo cada vez más complicada, la renta básica ya debiera estarse aplicando, toda vez que la gente se va quedando sin recursos hasta para adquirir lo primario.

Guy Standing, profesor de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres y autor de La renta básica, manifiesta que se trata de un derecho para todos y para siempre. Yo tengo mis peros para la circunstancia de que sea para siempre, quizá para un grupo específico sí, pero no para todo el mundo de manera indiscriminada.

En países como el nuestro, en los que todavía hay desigualad y pobreza regionalizada y aun en las grandes metrópolis en sus cinturones de miseria, cobra sentido entregar a todos los hogares el equivalente al umbral de pobreza, que en porcentaje le representa un costo al erario del 4.7% del PIB, según un reciente estudio de la Cepal, el brazo de la Naciones Unidas para el desarrollo económico.

«No costaría tanto y daría seguridad económica en un momento de enorme incertidumbre», subraya la secretaria ejecutiva del organismo, Alicia Bárcena. Coincido con ella cuando dice que: «Esta crisis nos invita a repensar la economía, la globalización y el capitalismo. Se requieren soluciones innovadoras y la renta básica es una de ellas».

Para ponerla en marcha, tanto en países de primer mundo pero sobre todo en países como el nuestro —por supuesto primero tendría que aprobarse en las Cámaras— habría que librar, como lo plantea acertadamente Louise Haagh, presidenta de la Red Global de Renta Básica, «un combate frontal contra la evasión y repensar el objetivo de la austeridad».

Quizá la renta básica con carácter permanente para quienes sí la requieran, podría ser la solventación a las muchas formas de violencia generadas, entre otros factores, por la desigualdad que con las raterías de los diferentes gobiernos le han privado a muchos mexicanos de oportunidades para su desarrollo integral, porque no se han ocupado de crear condiciones para que suceda lo contrario, es decir para que la gente sea autosuficiente y por ende, libre. Hay millones de mexicanos que por generaciones han estado condenados a la dependencia permanente, convencidos de que así les tocó vivir y que no hay ni aunque sea un lucecita pequeña que indique que su futuro puede ser distinto. Qué mezquindad de gobernantes.

Ahora mismo estamos en ascuas. ¿Cómo se van a crear o recrear los 2 millones de empleos que dice López Obrador, si se niega a escuchar voces que proponen alternativas viables para ello? Está renuente a sentarse con los empresarios a discutir escenarios y procedimientos para responder a lo que viene y a lo que ya está ahora… y por Dios que no es Jauja. ¿Por qué se resiste a un diálogo que lleve a su gobierno a tomar medidas para facilitar la creación de empresas o revivir las que ya se han cerrado o van a cerrarse, reduciendo por ejemplo las cargas fiscales de todo tipo? ¿Qué tiene en mente el gobierno para que se puedan impartir clases de manera virtual? Porque al paso que van las cosas, las presenciales serían una osadía criminal. ¿Ya están en pláticas con Slim, su aliado, para que haya Internet gratis en las colonias más populares, para que los más pobres tengan acceso a clases? Los más pobres han sido los más afectados, ya se vio cómo se dieron las cosas para concluir el ciclo escolar. Y no invento, me consta. Se las vieron negras y moradas.

No sabemos qué va a pasar, y sin ánimo de ser pesimista, pero sí realista, el panorama no es nada halagüeño.

 
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