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  Edición 644
  Sin miedo a la censura
 
Edgar London
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  Dice Eco: «La cultura es una crisis continua. La cultura no está en crisis, es una crisis continua. La crisis es condición necesaria para su desarrollo».

A partir de este axioma se debe entender que los vaivenes en cuanto a la calidad de la creación artística terminan, más temprano que tarde, por catapultar la búsqueda de nuevas maneras de hacer y de proyectar las necesidades de sus autores. No debemos preocuparnos, entonces, por los altibajos de las distintas manifestaciones culturales, siempre y cuando las mismas sobrevivan a las circunstancias de su tiempo y lugar.

Acaso, una circunstancia nefasta podría ser el ejercicio de la censura que el escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez bien describe, en relación con la literatura, dentro de su ensayo «La infinita crisis de la cultura», publicado en Isliada.com.

Dice Pedro Juan: «Este fenómeno de censurar la literatura caótica y oscura, la literatura inconveniente, sucede en todas partes y en todas las épocas. Hay toda una historia secreta de la literatura que se refiere a este tema. Vladimir Nabokov, por ejemplo, tuvo que ir a un tribunal en Estados Unidos en los años 50 para que un juez autorizara a su editor a vender la novela Lolita, que ya había triunfado definitivamente en Europa, sobre todo en Francia».

Y refiere, además, en torno a esta anécdota que «el juez, con una actitud infantil e imbécil, obligó a Nabokov a jurar, con su mano sobre una Biblia, que él jamás había tenido relaciones sexuales con una adolescente y que todo era producto de su imaginación».

Mas no se detiene ahí. De Estados Unidos, brinca a Europa y advierte que «un caso terrible de censura, en este caso colectiva, se produjo en Alemania cuando dos años después de la Segunda Guerra Mundial se publicó un libro muy crudo —en forma de diario real y nada ficticio— de una mujer que sufrió las violaciones masivas y continuas, y las vejaciones y humillaciones de todo tipo de los soldados soviéticos del Ejército Rojo, al invadir Berlín en abril y mayo de 1945. El libro se titula Una mujer en Berlín. Es una memoria implacable y detallada sobre lo que ella tuvo que soportar.

»Pues bien, al publicarse el libro el escándalo fue mayúsculo. Los alemanes querían olvidar. Les convenía olvidar. Y esta mujer les restregaba en las narices hasta donde llegó la humillación de la derrota. La calificaron inmediatamente de prostituta, inmoral y mentirosa».

Curiosamente, se nota en este par de ejemplos, que la censura no puede realmente detener a la cultura. Es capaz de retrasarla sí; ocultarla, también; empero se torna imposible que logre desaparecer su influjo porque mientras la censura responde a una decisión personal, cualquier obra verdaderamente artística se adhiere a un sentir universal. De antemano, pues, la partida está ganada.

 
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