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  Edición 644
  ¿Mantener la paz?
 
Jaime Torres Mendoza
   
  En mi libro Memorial privado, escribí algo que he utilizado en más de una ocasión en algunos de mis artículos porque los acontecimientos en torno a la violencia en México, certifican que se mantenga una rigurosa vigencia en sus partes esenciales. Dije en aquel libro, y utilizado hasta tres veces en este catorcenal, lo siguiente:

«Me duele mi país. Hoy, sus calles solas a hora temprana de la noche son una cuchillada que ha cortado de cuajo las voces de algarabía que en otro tiempo remitían a la noción de tranquilidad y hacían pensar en la posibilidad de concretar ese concepto tan difuso e inasible como es la paz. Las ventanas cerradas, las puertas con cerrojo, los muros altos que cercan las escuelas, las cortinas de acero para sellar los escaparates del comercio, los guardias de seguridad privada que le ponen coto a los espacios públicos y los rondines de policías y soldados por la cuadrícula de calles en las ciudades, son signos inequívocos de la magnitud descompositiva con tintes de tragedia que hoy vive esta nación sumida en la más rotunda anarquía, en donde el miedo se convierte en el perro rabioso que nos muerde el alma durante las veinticuatro horas del día. El instinto nos llama a protegernos, por eso blindamos nuestra casa: una reacción psicológica de sobrevivencia. La realidad es que contra la violencia desatada, no tenemos defensa, pero menos aún, contra las mañas y los intereses que le dieron rienda suelta y le permitieron libertad plena dejándonos a nosotros —el pueblo— a su merced».

Más adelante agregué en aquel libro otro párrafo de no menos contundencia y de escalofriante actualidad. Decía:

«Triunfantes y en todo su apogeo, el narcotráfico, el crimen organizado y la violencia desatada por grupos de poder, sean institucionales o de otro orden sin que nadie pueda o quiera ponerle freno, se apoderaron de la vida de los mexicanos hasta el elemento más ínfimo de su cotidianidad. Cual más cual menos, sabe a ciencia cierta del asesinato, la extorsión y el secuestro de personas cercanas o distantes, de la tortura exhibida como macabro espectáculo a través de las fosas clandestinas que se multiplican por toda la geografía nacional, de los cuerpos colgados en los puentes de las ciudades, de los descuartizados puestos en bolsas negras en los lugares más públicos, de los arrojados como bultos cualquiera en la orilla de las carreteras, y… Todo ello constatando de manera incuestionable la realidad de México, aunque los políticos se empeñen en mentir y nos quieran vender el discurso triunfalista de una nación instalada en el carril del progreso, de la estabilidad, de la bonanza económica, indiferentes al dolor abrasador de la humillación y la impotencia de un pueblo gobernado por miserables que disponen impunemente de su destino».

Las asignaturas de pendientes para este país constituyen una inacabable lista que da miedo. Una de ellas es justamente la lucha contra la violencia, cuya página no parece registrar ni una sola palabra, ni un solo concepto que remita a una estrategia coherente para enfrentar ese mal social que, desde hace muchos sexenios, asola a este país.

Verdad contundente es que es una herencia maldita que el presidente López Obrador recibió para su mandato, pero en sus muchos años de campaña, más una presidencia legítima (a la cual no ha renunciado, por cierto), AMLO mantuvo la promesa de acabaría en un dos por tres con esa otra pandemia. Pero dos años de gestión y las elevadas cifras (reconocidas por la misma presidencia de la república), lo han venido a poner en su verdadero sitio.

Muy poco, y eso para eludir el trámite de no decir que en realidad no se ha hecho nada, se ha avanzado en ese rubro. Yo lo percibo a diario pues todos los días realizo el ejercicio profesional, e intelectual a la vez, de revisar al azar siete u ocho periódicos de distintas ciudades del país. Y no hay día que no aparezcan noticias como ésta: doce muertos deja enfrentamiento en tal lugar de Jalisco; ejército abate a nueve en Guerrero; acribillan a seis en Morelos; encuentran ocho bolsas con restos humanos en Zacatecas… paro de contar.

El resultado de este ejercicio resulta aterrador; o por lo menos a mí me resulta, además de aterrador, devastador.

Hace unos días, en un discurso conmemorativo de su victoria electoral, el presidente decía, no sé si con una fe religiosa en su discurso o un cinismo perverso, que durante su gestión se había logrado mantener la paz. Pero justo cuando el presidente hacía esa afirmación, la violencia generada por el crimen organizado del país, le ponía fin a una treintena de muchachos en Guanajuato, donde los abrazos que pregona el Ejecutivo fueron sustituidos por balazos poniéndole un tapabocas más efectivo que el usualmente utilizado para enfrentar el coronavirus.

La matazón de Guanajuato y las noticias que leo a diario en los periódicos respecto de las muertes por enfrentamientos, son, ya no un cuestionamiento serio a las afirmaciones idílicas del presidente, sino la negación total a un discurso que navega en la vacuidad más insultante.

Mi padre, campesino de San Juan del Cohetero, sin estudios de nada, pero con la sabiduría más profunda de un egresado de Harvard, decía que la paz era los cultivos de trigo, maíz o frijol, que cada año se lograban cosechar en el rancho y que, más tarde podíamos disfrutar en grandes y sabrosas tortillas de harina, en una elotada campirana o en el plato reconfortante de frijoles en bola servidos a la hora de la cena.

Sí, la paz es un patrimonio que no vemos en el disfrute; sólo hasta que no podemos caminar con tranquilidad, hasta que sabemos que un conocido fue acribillado, hasta que el miedo nos empieza a obligar a cerrar las ventanas y las puertas de la casa, de los negocios, hasta que la vida social se reduce a su expresión más mínima, entonces sabemos que la hemos perdido. Y lo peor, el camino para recuperarla es muy largo porque eso que los sociólogos llaman tejido social, se ha roto en muchas partes de la trama con que se teje la sociedad.

El mismo presidente de la república ha pedido y exigido que no se metan con su familia, es decir respeto. Es correctísima su preocupación. Considera que su familia ha sido atacada (y con ello ha perdido su paz). Es verdad. Pero, digo yo, si al presidente le preocupa ese ataque ocurrido en el nivel discurso, ¿Qué pensarán aquellos que han sido atacados a nivel de contundente realidad a grado tal que la violencia les ha quitado la vida a algún miembro de su familia?

En el trasfondo del discurso triunfalista del presidente, quiero encontrar la razón que persigue: mantener la paz, aunque hoy por hoy, la realidad se imponga con mayor contundencia que las palabras.

 
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