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  Edición 644
  Lo que debemos aprender
 
Esther Quintana Salinas
   
  «La esperanza significa que uno no se rinde a la ansiedad, el derrotismo o la depresión cuando tropieza con dificultades y contratiempos».

Daniel Goleman

En mayo de 1918, en Madrid, los diarios empezaban a dar cuenta apenas de una enfermedad como la gripe. No le dieron ninguna importancia, algunos periódicos se aventuraron a informar que se trataba de una epidemia leve. La «epidemia leve» se convirtió en los siguientes doce meses en la llamada «gripe española» que mató a doscientas cincuenta mil personas en España y entre 20 y 50 millones en el mundo. Arrasó con la «normalidad» de entonces y con ella muchos modelos sociales, económicos, políticos, culturales, etc.

¿Qué lecciones nos deja aquella pandemia para atender la que ahora estamos padeciendo? La primera, sin duda, es que las autoridades y la población no le dieron la importancia que tenía, y se explica a juicio de los psicoterapeutas, porque se trata de mecanismos de defensa de nuestra psique, tendemos a minimizar, nada más que esa minimización provocó la mortandad de entonces, y hoy los contagios están haciendo estragos. Dios permita que no nos veamos rebasados.

En otoño de 1918 tuvo lugar la segunda oleada del virus y fue la más mortífera, las autoridades españolas hasta entonces se dieron cuenta de que el transporte público había contribuido con creces a la expansión de la pandemia. Hoy sabemos que el contagio se da con el amontonamiento de las personas en lugares cerrados y muchas de ellas sin tapabocas.

La gripe española cegó la vida mayormente de niños y jóvenes, sobre todo en comunidades pequeñas en las que no había servicio médico. Hoy en día se quejan de lo mismo en los pueblos rurales de nuestro país y son los muchachos los que se están yendo. Y se explica, cuando se es joven crees que el mundo es tuyo y que nada puede pasarte. Amén de aquellas personas de otras edades, que por ignorancia o por tozudez no usan ni siquiera el tapabocas, de las demás medidas sanitarias mejor ni hablamos.

A mediados de los años 20, muchos científicos, animados en que el mundo ya tenía los cimientos de la sociedad industrial, a más de tecnología y los avances de la ciencia pro al sol, dieron por sentado que las enfermedades infecciosas eran asunto del pasado… y que va llegando la viruela… ¿cómo un virus tan chiquitito causó tantos decesos? ¿Le suena familiar el cuestionamiento?

La autora del libro El jinete pálido, Laura Spinney, apunta que la ola de depresión post pandemia fue devastadora, que se dio un fenómeno que hoy le llamaríamos «fatiga pos viral», que dificultó enormemente la recuperación económica.

Ayer, igual que hoy, la pandemia está dejando en «petelier», al desnudo, las enormes desigualdades sociales y económicas que seguimos sin remontar en México. La gripe española cobró más víctimas entre las personas peor alimentadas y que vivían en condiciones marginales. En el caso particular de aquel país, los informativos de entonces dieron cuenta de cómo personas pudientes hicieron aportaciones importantes para atenuar la devastadora situación.

El gobierno por su parte llevó a cabo reformas al sistema de salud, modernizándolo y ampliando su cobertura, y aunque no se creó un seguro social, como era la idea, sí fue la simiente para que después de la segunda guerra mundial se creara en los grandes países europeos el Estado de Bienestar. Nació la Sociedad de Naciones y una de sus ramas fue la salud, parteaguas sin duda del nuevo concepto de expansión de ese derecho fundamental. Esa rama fue el antecedente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que hoy conocemos.

Y hablando de cómo los dichos no se inventan a lo tonto, sino que son sabiduría pura, aquel que reza «no hay mal que por bien no venga», tras la peste negra, mal que azotó a Europa a mediados del siglo XIV, los expertos coinciden en que hubo efectos económicos y sociales positivos, porque «la tierra era abundante, al caer la oferta de trabajo los salarios aumentaron, y se ha visto por ejemplo que las mujeres encontraron muchas más oportunidades laborales en los gremios que hasta entonces las habían vetado, en los jornales agrarios, etc.», como lo destaca la historiadora Carmen Sarasúa. No obstante, aunque ayuden a paliar las consecuencias, no compensan ni la devastación económica ni las vidas de quienes se fueron por el contagio.

Ojalá que en nuestro país, este gobierno introduzca medidas que mejoren los servicios públicos de salud de millones de personas que no tienen otra alternativa, que realmente sea un derecho garantizado que va a prestarse como en la mejor clínica privada que exista. Hechos son amores, ahí es donde debe traducirse que «primero los pobres» no es solo una frase de retórica electorera.

Leí una nota en la que se destaca que el Atlas de la UNAM apunta que si bien es en las zonas metropolitanas en las que se centra la infraestructura más importante de salud, hay otros polos económicos de donde provienen los insumos y consumibles y también se trata de comunidades con mucha densidad poblacional y, por ende, con una tasa mayor de contagio.

¿Por qué no prever que en el futuro ya no ocurra esto? La pandemia está evidenciando que hay ciudades segregadas, muy desiguales; que el modelo que hoy tenemos debe cambiar, que la gente se va a vivir a la periferia, que las ciudades han crecido mucho de manera horizontal, pero desigual. Esto propicia que los mexicanos con menos recursos sean los que más resienten esta diferencia, porque son los que viven más lejos y los que deben de pasar más tiempo en el transporte que los lleve a sus lugares de trabajo, y que así como eso están también las escuelas, los centros de salud, los lugares de abasto, los sitios recreativos. Por ejemplo, en la Ciudad de México, el contagio del COVID-19 se concentra en los lugares menos urbanizados de su monstruosa periferia.

Hoy día, como lo han venido haciendo en ciudades europeas, latinoamericanas y mexicanas, se está apostando a crear ciclovías emergentes para quienes prefieren este modo de transporte, liberando espacio para quienes necesiten hacerlo de otra forma. «Las ciudades—como apunta la titular de la SEDATU— son resultado de un montón de procesos, de decisiones de gobierno, pero también individuales».

Paso a otro aspecto, también relevante que esta pandemia ha venido a movernos o a conmovernos. Afirmaba, y sigue vigente el pensamiento pronunciado por Aristóteles 200 años antes de Cristo, que el hombre es un «animal social por naturaleza». Y esto significa que nuestra especie siempre está tendiendo a conformar comunidad, con la pareja, con la familia, con los amigos, con las empresas, etc., o sea, nacimos para estar acompañados, para sentir la presencia de otro, para darnos apoyo y solidaridad entre miembros de una colectividad, porque eso nos obsequia posibilidades de mejor vivir, y hoy frente a esta pandemia, es momento de demostrarlo, empezando con los de casa, contar con un círculo de calidez, de comprensión, de tolerancia, nos hace sobrellevar mejor esta situación tan sui generis que estamos viviendo.

Esta crisis, por supuesto que así como nos afecta el bolsillo, y la salud corporal, también atañe a nuestro estado emocional. El aislamiento puede no ser total, pero como quiera tiene efectos colaterales que nos afectan y afectan a quien o quienes tenemos alrededor y lo mismo de allá para acá. A seres que naturalmente somos sociales, este confinamiento puede detonarles emociones vinculadas a la tristeza o a la ansiedad, sobre todo alimentadas hoy día con las redes sociales a las que nos hemos vuelto tan afectos o dependientes algunos, en los que se satura e información de todo tipo, a veces verdades y otras no tanto o de plano mentiras, generándose una reacción en cadena que no siempre se puede controlar.

Consideremos estos aspectos, se trata de nuestra sanidad mental. De modo que volvamos a lo que de niños tanto nos gustaba hacer, juguemos, movámonos, hagamos ejercicio. No descartemos al niño que llevamos dentro. Jugar, nos permite relajarnos, así mandamos el estrés a paseo y la depresión, y la ansiedad, y todas esas «pestes» que nos hacen mucho daño. Además, cuando el cuerpo se mueve, genera endorfinas, la hormona de la felicidad. Tengamos, aunque sea reducido nuestro espacio, un pedacito destinado a esto, si no hay más, camine, camine y camine.

Y no se olvide, ya que no es posible por el aislamiento, o por la sana distancia, en estos momentos, de decirles a las personas que ama y que la aman, cuánto las ama, lo importantes que son para usted. Las muestras de afecto son paz al alma, disminuyen la ansiedad y la tristeza, son las mejores transmisoras de apoyo y protección.

Ninguno de nosotros es tan fuerte como para no necesitar de ellas. Decía Platón que solo los dioses y las fieras no necesitan de nada ni de nadie. Y ninguno de nosotros es deidad o lobo estepario.

Y en congruencia con esto que escribo: les mando un abrazo entrañable. Y que viva la esperanza.

 
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