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  Edición 644
  Google y nuestra amnesia digital
 
Marcos Durán
   
  ¿Se ha preguntado cómo es que tenemos la capacidad de crear nuevos recuerdos, almacenarlos por determinados períodos de tiempo, y recuperarlos cuando se necesitan? La memoria ha sido desde siempre uno de los principales temas de interés dentro de la psicología cognitiva.

Pero, ¿qué es exactamente la memoria? La ciencia ha resuelto ya que la memoria se refiere a procesos que nuestro cerebro utiliza para adquirir, almacenar, retener y más tarde recuperar la información. En este proceso, existen tres acciones que son la codificación, almacenamiento y recuperación.

Con el fin de formar nuevos recuerdos, la información debe ser cambiada en una forma utilizable, que se produce a través de la codificación. Una vez que ha sido codificada con éxito, se almacena en la memoria para su uso posterior. Gran parte de esta memoria almacenada se encuentra fuera de nuestra conciencia la mayor parte del tiempo, excepto cuando la necesitamos.

Por su parte, la memoria sensorial es la etapa más temprana y tiene que ver con la información del entorno visual y auditivo. La memoria a corto plazo, también conocida como memoria activa, es la información de la que actualmente estamos conscientes. En la psicología freudiana, esta memoria se conoce como la mente consciente. Prestar atención a los recuerdos sensoriales genera la información en la memoria a corto plazo.

Mientras que muchos de nuestros recuerdos a corto plazo se olvidan rápidamente, atender a esta información le permite continuar en la siguiente etapa, la memoria a largo plazo que no es más que el almacenamiento de información.

Aún recuerdo amigos que habían memorizado los nombres de todos los países del mundo con sus respectivas capitales. O uno más, que recordaba a la perfección cientos de números de teléfono o las fechas y nombres de acontecimientos históricos relevantes. Pero todo eso ha quedado atrás. Y es que, seamos honestos, y hágase la siguiente pregunta: ¿De su directorio telefónico personal recuerda los números de las 10 personas más allegadas a usted?

La respuesta podría ser un rotundo no, pues ahora nos dan un número y lo grabamos en nuestro celular asignándole un nombre. Ya no hay necesidad de memorizarlo. Tampoco hacemos el mínimo esfuerzo por recordar algo. La comodidad de la consulta en internet nos hace obtener información inmediata. A esto se le llama el efecto Google, que todos los días crece y que un día nos hará trasladar toda nuestra memoria para confiarla a los sistemas informáticos.

Un estudio realizado por la empresa KasperskyLab indicó que más de la mitad de los usuarios de dispositivos móviles en Estados Unidos y Europa dijeron que no podían recordar los números de teléfonos de sus amigos y vecinos. Además, un 44% de estadounidenses indicaron que no podían recordar los números de sus hermanos.

De acuerdo con la investigación, el 91% de los estadounidenses considera a internet y los dispositivos conectados a la red de redes como una extensión de su cerebro. Y para un 44% también su smartphone sirve como memoria y acude a éste siempre que necesita algo. Mientras que el 79.5% de los europeos encuestados admitió que usa internet como un libro de referencia universal.

KasperskyLab atribuyó esta situación a la amnesia digital, definida como la experiencia de olvidar la información que confías a un dispositivo digital para que la almacene o recuerde en tu lugar. De las personas encuestadas en todo el mundo, más del 51% afirmaron que, para ellos, el peligro o la pérdida de la información almacenada en sus dispositivos móviles, en particular de la de sus smartphone, les causaría una enorme angustia. Lo cual es síntoma evidente de dependencia.

Ya en el 2011, una investigación publicada en la revista Science reveló que cuando las personas esperan tener acceso a la información en línea son menos propensos a recordar los hechos reales. Se trata, en los hechos, de la jubilación de la memoria para dejarlo todo en manos de los dispositivos tecnológicos. La memoria es el centinela del cerebro, escribió alguna vez el gran William Shakespeare. Se equivocó. Hoy, el nuevo centinela del cerebro se llama Google.

 
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