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  Edición 644
  Rivalidad añeja
 
Editorial
   
  En los tiempos de la «dictadura perfecta», por la cual muchos suspiran, se contaba el cuento de un visitante de Estados Unidos quien se jactaba de que en su país cualquier ciudadano podía plantarse frente a la Casa Blanca y lanzar consignas contra el presidente. —Yo puedo hacer lo mismo —replicó su anfitrión mexicano. —Demuéstralo. —Vamos a Washington. En México la figura presidencial se desmitificó hace décadas, pero la represión tardó más en suprimirse. Díaz Ordaz fue abucheado en la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1968; Miguel de la Madrid, en la apertura del Mundial de Futbol de 1986; y Felipe Calderón, en el estreno del Estadio del Santos de Torreón, en 2009.

Antes los presidentes eran intocables. La oposición se pagaba con cárcel, boicots o con la vida en el peor de los casos. La mayoría de los medios de comunicación sirvieron de escudo del poder hasta que la sociedad los rebasó y las redes democratizaron la información y la crítica. Llegado a ese punto, ni el gasto publicitario en empresas y comentaristas afines sirvió para salvar la imagen presidencial. Peña Nieto, quien más derrochó, es el peor calificado.

Para el presidente López Obrador, las únicas elecciones democráticas en México, después del porfiriato, fueron la de Francisco I. Madero y la suya. También ha trazado otras analogías entre el maderismo y el lopezobradorismo, como la de la prensa y los escritores que «muerden la mano de quien les quitó el bozal» y el ánimo golpista de los intereses afectados por el cambio de régimen. En la misma línea histórica, en el informe por el segundo año de su elección abrumadora advirtió: «Nunca en más de un siglo se había insultado tanto a un presidente de la República y la respuesta ha sido la tolerancia y la no censura».

Felipe Calderón replicó en Twitter: «La sensación de que “nunca se había atacado tanto a un presidente” quizá la hayamos sentido alguna vez varios de quienes desempeñamos ese honroso cargo. Lo que sí es cierto, es que en 50 años nunca había atacado un presidente a tantos mexicanos en sus conferencias de prensa». Es una verdad a medias. AMLO, en efecto, se ha caracterizado por devolver cada golpe, actitud contraria a su prédica de amor y paz e impropia de un jefe de Estado. Pero ese es, justamente, uno de los propósitos de las mañaneras: desenmascarar. A unos gusta y a otros no.

Los predecesores de AMLO pocas veces aceptaban entrevistas y las ruedas de prensa no formaban parte de la agenda. El periodista Jorge Ramos ha puesto en aprietos al presidente en más de una ocasión. Después de un par de conversaciones con el conductor del Noticiero Univisión, cuando era gobernador, Peña Nieto le cerró las puertas de Los Pinos; jamás respondió las solicitudes de entrevista del periodista mexicano, quien ha sacado de sus casillas a Donald Trump y a otros sátrapas. En las mañaneras puede participar quien lo desee —incluso personajes jocosos, activistas o paleros— y preguntar cualquier cosa.

La rivalidad entre AMLO y Calderón se remonta a 2006 cuando el panista ganó la presidencia por menos de un cuarto de millón de votos, a pesar de la campaña de miedo lanzada desde Los Pinos y de sectores confrontados de nuevo con el líder de Morena. Calderón compara a AMLO con Luis Echeverría, pues la referencia a que en medio siglo ningún presidente había «atacado a tantos mexicanos» se ubica en los 70. En ese tiempo, en efecto, el gobierno había girado hacia la izquierda y las cosas, para el país, acabaron mal. Después de Echeverría llegó al poder otro populista: López Portillo, quien nacionalizó la banca.

 
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