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  Edición 643
  AMLO en campaña
 
Federico Berrueto
   
  Andrés Manuel López Obrador es un campañero nato. La responsabilidad presidencial no lo distrae del oficio. Lo suyo es hacer todo para ganar la próxima elección. El método ha sido el mismo: la victimización, mostrarse como aquel quien en nombre del pueblo busca doblar los intereses asociados a la corrupción y a la traición a México. Los resultados lo avalan: el más eficaz dirigente nacional del PRD; triunfo en la elección de Ciudad de México; y las tres campañas presidenciales, con un amplio triunfo en la de 2018. López Obrador es un político singular, incluso ya en el poder el objetivo es la próxima elección.

A esa intención corresponde la lectura de un documento de incierto origen que alude a la lucha de él y del Morena contra los maloras de enfrente: empresarios, prensa, líderes de opinión, corresponsales extranjeros, partidos políticos y gobernadores. Mención especial merecen los consejeros del INE y los magistrados del Tribunal Electoral; la intención es debilitar a la autoridad y al juez. Como siempre, obligarlos a mostrar con sus resoluciones que no están en contra de él y de los suyos.

Por el uso que se le ha dado pareciera un documento redactado a la medida. Hacer de la elección de 2021 un AMLO sí o no. Es la mejor estrategia para lograr que el Morena tenga el resultado que no merezca. Polarizar da más votos que sufragar por los candidatos que se postulen. Además, le permite al Presidente hacer campaña sin reserva ni limitación alguna: legítima defensa frente a la conspiración opositora con tufo golpista.

El documento no es inocuo. Dice que los empresarios deberán apoyar financieramente a los candidatos del Bloque Opositor, acción ilegal y constitutiva de delito electoral. El hecho obliga a la Fepade a investigar sobre el origen y la autoría del documento. Lo cierto es que el golpe ha sido certero, ya que puso a la defensiva a la multitud de los señalados, la mayoría no opositores, sino críticos del gobierno o actores independientes.

Hacer del crítico o del independiente un opositor es propio del fascismo, más ante un proyecto político que ve en el adversario expresión de inmoralidad. Aquel pasa a compartir la condición de desecho histórico. En la lógica de guerra de López Obrador no hay espacio a la diferencia, tampoco a la independencia, conmigo o en contra mía.

No es cómodo ser señalado como enemigo público del Presidente. La auditoría fiscal o la UIF operan para complacerlo. El uso y abuso del poder recurrente y naturalizado en las mañaneras ha afectado la crítica. El miedo allí está. No solo es la pérdida del favor oficial, también cuenta lo que se ha hecho con quienes se quiere someter. Ejemplos sobran. El escrutinio al poder se ha vuelto oficio de riesgo.

La oposición tiene la mesa puesta. No por virtud, tampoco por circunstancia. El componente local de la elección de 2021 le da pocas posibilidades al partido gobernante de ganar la mayoría absoluta. Además, los pésimos gobiernos municipales y la mayoría de los locales no dan para un resultado a semejanza de 2018. López Obrador lo sabe y por ello necesita estar en el centro de la contienda. Que la elección sea un refrendo respecto a él. El estricto control de la información y comunicación políticas le da más fuerza que los clientelares programas sociales. Un país que paso a paso se encamina al autoritarismo por la vía de la intolerancia y la intimidación a quien ejerce la crítica.

Promover la revocación del mandato en 2022 sería el peor error político de la oposición. La institución y la circunstancia anticipa el triunfo arrollador de López Obrador y ya en la recta final de su gobierno ante el previsible resultado a su favor ¿por qué no dar continuidad a lo que la mayoría de los mexicanos aman, quieren y avalan? El caudillismo llama a la puerta, si no es que la tentación reeleccionista.

 
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