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  Edición 643
  Arena movediza
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Palabras más, palabras menos, hace unos días escuché en voz del presidente Andrés Manuel López Obrador lo siguiente: «Es tiempo de definiciones. No es tiempo de simulaciones. O somos conservadores, o somos liberales. No hay para dónde hacerse. O se está por la transformación, o se está en contra de la transformación del país».

Ese mensaje me remitió a una consideración básica en una democracia: la crítica. Las palabras del presidente no dejan espacio para ese ejercicio siempre sano de cuestionar las visiones totalizadoras que se ejercen desde el poder.

Pero al presidente no le es ajena esta práctica porque la crítica es una palabra de extraña ambigüedad en su aceptación generalizada, aunque no así en su precisa definición.

Nadie en su sano juicio rechazaría estar abierto a la crítica; públicamente, y con toda celeridad, cualquiera se erige como su más asiduo promotor y su más sólido custodio, aunque en la soledad de su espacio más privado, la rechace sin miramientos e, incluso, pueda ser capaz de todo para acotarla o suprimirla.

Palabra movediza, cierto; con ella todos quedan bien. Los que se dicen críticos se visten de maravilla con sus implicaciones pues les da categoría frente a una asamblea ingenua. Los políticos que dicen aceptar públicamente la crítica, se visten mejor todavía, pues lucen muy bien en sociedad.

No obstante, la realidad es que la crítica, no ya en su sentido meramente conceptual, sino en el ejercicio de ella, incomoda, molesta, enoja, y para tranquilidad de algunos grupos que detentan poder, es mejor acotarla, anularla, suprimirla y, mejor aún, desterrarla.

Esta actitud beligerante ante la crítica encuentra sus razones en el origen mismo de la palabra; proviene del griego krinein, que quiere decir juzgar. Los que son objeto de crítica asumen que se les juzga o, incluso, que se les condena. Nada de eso, la palabra no tiene ese sentido, juzgar no indica pre-juzgar necesariamente.

Octavio Paz se refería a la crítica como la gran conquista de la edad moderna, cuyo status de civilización se ha fundado, precisamente, sobre la noción de crítica; eso es importante porque eso también nos lleva a otra noción de máxima importancia: el pensamiento y la libertad para pensar, son sagrados. De hecho, un pensamiento que renuncia a la crítica, no es pensamiento.

Aunque esa definición de Paz resulta maravillosa, un desafío para intelectuales, la crítica obedece a un impulso de más simple consideración. Es una experiencia empírica de cualquier observador condicionado a las cambiantes contingencias a que son sometidos los fenómenos en el mundo social donde se mueve un individuo.

Es así porque, en rigor, la crítica no es patrimonio de un individuo o de otro, de un grupo o de otro, de una sociedad o de otra; es una función inherente al hombre y tiene que ver con un sentido de mayor o menor grado de perceptibilidad de los fenómenos que ocurren a su alrededor. Implica una actitud consciente de los procesos emocionales e intelectuales que suscitan tales fenómenos y ante los cuales la crítica es sólo una de las muchas respuestas posibles.

La crítica, considerada como una suma de experiencias subjetivas y objetivas que permiten alcanzar un cuadro de valores explícitos del fenómeno que se examina, nunca se vale de un mecanismo cómodo, apresurado y ausencia de esfuerzos reflexivos. Por el contrario, la crítica aspira a ser ella misma el vehículo ideal para desentrañar los mecanismos que forman la trama de lo que ocurre en una sociedad viva.

Vuelve a ser así, porque la crítica ejercida con rigor es vocera de una época, del pensamiento de un grupo humano específico, contribuye a difundir cánones de doctrinas nuevas con qué valorar el tiempo y la vida de esa sociedad.

Esto reitera la importancia de la crítica pues en la práctica no existen lugares ni momentos ideales; tampoco escenarios mejores o peores. La cuestión del vivir bien reside en el modo de acomodarse a las circunstancias en que el hombre en sociedad se ve envuelto y su trato con los demás.

Pero la clave de todo eso está en el hecho de no perder de vista que, desde la perspectiva crítica, el verdadero hogar del hombre es él mismo; más aún, donde mora su pensamiento, único vehículo ideal para ejercer la crítica.

La noción de crítica que sostengo mantiene una actitud frontal contra cualquier programa normativo emitido desde una autoridad. No se desentiende del mundo, sino todo lo contrario, quiere llegar a él desde una postura comprensiva y un ánimo intelectual fortalecido por una serena reflexión para entenderlo y manejarlo mejor.

Karl Jaspers, filósofo, decía desde su tiempo que era una urgencia restablecer la disposición para la reflexión. Para ello no debemos dejarnos embargar por sentimientos de orgullo fundados en un falso discurso que privilegia la retórica para construir un mundo que no es, sino que tenemos que confiar a la crítica esa posibilidad y ver con ojos de certeza la realidad que nos circunda.

Todo individuo de genuinas ideas y auténtico compromiso social, tiene la obligación de participar en la cultura transformándola en un acto político, en el buen sentido del término, es decir, social. Su participación debe estar encaminada a desmitificar, aclarar y desarrollar su capacidad de influir en las decisiones del poder, cualquier poder, que tengan como fin último el beneficio de la mayoría.

Bueno, ese ejercicio de crítica corresponde a todos; todos deben poner en duda las ideologías imperantes que enajenan la vida colectiva; todos tienen la obligación de destruir las visiones conformistas del resto de los miembros de la sociedad y las aspiraciones totalitarias surgidas desde cualquier poder. Es su deber.

Y lo es porque en una democracia real, se cultiva el pensamiento de manera pausada y libre para mantener una actitud de inconformidad, sin beligerancia, frente a lo establecido, fundado en las ideas, porque representan el intelecto humano pero, sobre todo, porque representan y forman parte del gran discurso de la razón, de la indagación, de la sensibilidad e imaginación del género humano.

La crítica es la memoria organizada de la humanidad, es la depositaria del aparato cultural que ha sido creado. Si ésta no se ejerce se pasa del discurso a los hechos. Como ocurrió recientemente. Del discurso presidencial se pasó al hecho cuando el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) canceló el foro «Racismo y/o Clasismo en México» tras el disgusto de Beatriz Gutiérrez Müller, por la participación de un ponente que no era de su agrado.

No, siempre hay que dejar espacio a la crítica, aunque ésta tenga la amenazante apariencia de una arena movediza.

 
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