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  Edición 643
  Corajes presidenciales y debilidades
 
Carlos Aguilar
   
  Una de las estrategias en el deporte, para los entrenadores, es ubicar las debilidades de su competidor y, por consecuencia, determinar su capacidad de aguante y paciencia a la presión o al enojo, para medir las consecuencias de sus actos y establecer cuándo perderán la concentración y serán vulnerables a estrategias para ganar la contienda.

En política no es diferente. Es muy común observar en cualquier país cómo se establecen los parámetros, obviamente basados además en compromisos económicos y, por consecuencia, de poder a corto, mediano y largo plazo.

Hay un dicho muy mexicano que dice «el que se enoja, pierde», y en política y gobernabilidad aplica de forma perfecta para aquellos que pierden la cabeza y son fácilmente proclives a perder la cabeza a la menor provocación, eso lo miden sus adversarios y poco a poco encuentran la fórmula y la manera de aumentar las provocaciones para que por consecuencia aumenten las reacciones y sean exhibidas ante los gobernados y electores.

Hoy el sistema presidencial mexicano vive una de sus etapas más peculiares con un titular del poder ejecutivo federal que en ocasiones reacciona de una forma flemática y visceral a las provocaciones de sus adversarios, que hasta ahora sustentan más del 80% de sus críticas en errores, omisiones y decisiones altamente cuestionables realizadas por el propio presidente.

También en la historia de la política internacional y nacional hay ejemplos de cómo la soberbia del poder puede enfermar a quien la ejerce cuando no hay «amigos» o «familia» que alerten a los gobernantes de sus decisiones incorrectas, no sólo para los gobernados, sino para los mismos mandatarios.

El último ejemplo que exhibió parte de la soberbia y enfermedad de poder que puede experimentar un gobernante, en este caso el máximo puesto de gobierno, fue el penoso y lamentable hecho relacionado con el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), que incluso costó la renuncia de la directora Mónica Maccise después del affaire de declaraciones del presidente que ni siquiera sabía —según sus propios dichos— de la existencia del organismo y de entrada lo descalificó y amenazó con su desaparición.

La historia del exabrupto presidencial empezó con la reacción de la esposa del presidente, que, con un mensaje de Twitter, reclamó a la Conapred la invitación a Chumel Torres —líder de opinión en redes sociales de internet— a un foro sobre discriminación y clasismo.

Se puede y se debe entender que en su carácter de madre de familia, la señora Beatriz Gutiérrez Müller hiciera una crítica a la Conapred por la invitación a Chumel, quien anteriormente llamó «chocoflan» al hijo menor de la pareja presidencial; es decir, la señora está en su derecho, como cualquier ciudadano, de hacer reclamos a las autoridades a través de las redes sociales, pero curiosamente, 72 horas después de la expresión, el presidente, el esposo y el papá, sale en su conferencia de prensa matutina y de un plumazo y claramente enojado descalifica a la Conapred.

En medio de protestas a escala mundial por actos de racismo, discriminación, ahora el presidente y su séquito demuestran con berrinches y acciones de soberbia, que los hicieron enojar y que cuando se enojan son capaces de cualquier cosa en público y en privado.

Ya son más y muchas las formas las que provocan el enojo del presidente y lo exhiben bajo sus propias reacciones y decisiones, dentro y fuera de su círculo de poder, a veces con errores propios, pareciera involuntarios, y otros que demuestran mucha inocencia o novatez en el ejercicio de gobierno.

Pero, al final, el presidente debe recordar que en política y gobernanza «el que se enoja, pierde» y él se sigue enojando y enemistando con cada vez más personas y más grupos, incluso con aquellos que con su apoyo —dinero y votos— lo llevaron al poder.

 
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