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  Edición 643
  La tentación del autoritarismo…
 
Esther Quintana Salinas
   
  La izquierda históricamente ha vivido mayores dificultades para organizarse y alcanzar el poder, y esto se debe a problemas de acción colectiva. Me explico, su integración está hecha en gran medida con personas de los sectores económicamente más necesitados y con menos nivel de educación. Derivado de esto sus fuerzas interiores son más reacias al acatamiento de reglas y a la creación de cuadros partidistas, por lo que se vuelve complejo el camino hacia la institucionalización.

La izquierda mexicana no escapa a esta dinámica, no obstante, hay que subrayar que Morena a pesar de esto se convirtió en partido político. Sin duda alguna que el cohesionador de esas dispersiones fue Andrés Manuel López Obrador, un líder con perfil absolutamente populista, fascinante para un pueblo que genéticamente tiene disposición por mesías y salvadores de la patria.

La personalidad de López Obrador genera cuatro problemas, que a la larga incuban discordia, a saber: 1) Los populismos tienden a poseer una ideología muy flexible, sin tantos rigorismos, porque de otra suerte, no podrían aglutinar al número de prosélitos para convertirse en partido. 2) Los resultados de un agrupamiento de esta naturaleza provocan una ausencia de coherencia ideológica y una serie de contradicciones intestinas. 3) Otra problemática es la existencia de un personalismo que se vuelve enfermizo porque tiende a perpetuarse y el desdén sistemático de equilibrios internos. Y 4) Este efervescente «yo, yo», no permite el desarrollo de nuevos cuadros y entonces se «enferma» de inanición la organización. Morena ha llegado al poder, pero sigue siendo más movimiento que partido político, y esto a la larga obrará en detrimento del propio López Obrador, autor y padre de esa organización.

¿Qué pasa con los otros partidos políticos? Hoy día hay mexicanos que no quieren saber nada de partidos políticos, porque desde su óptica son los causantes número uno de la debacle que se vive en nuestro país, traducida a una frase: todos los partidos son iguales; es decir, igual de sinvergüenzas y mentirosos, por ende, el lastre de la desconfianza se vuelve más denso. ¿Cuál democracia? No existe en el seno de estas organizaciones, afirmativa generalizada.

¿Cuáles son los elementos que identifican a un partido político democrático? Los estudiosos del tema señalan que existen 4 elementos para ello: «1) El respeto y la garantía de los derechos fundamentales en el partido. Se refiere a si la participación es directa o mediante representantes en las asambleas generales, a su periodicidad, a la responsabilidad y revocabilidad en los cargos y en los órganos directivos, al carácter colegiado de los órganos de decisión, a la vigencia del principio mayoritario en los órganos del partido y a la libertad de expresión en su interior. 2) La organización y los procedimientos internos. Consiste en que la voluntad se forme de abajo hacia arriba y nunca en sentido inverso. Por ello, la asamblea general es el órgano supremo de donde emanan las principales líneas doctrinarias y de acción de los partidos, como resultado de una decisión mayoritaria. 3) Las corrientes en el seno de la organización. Pese a sus críticas por ser posibles fuentes de división en los partidos, siempre es mejor tener varias concepciones que puedan generar consensos y disensos, que un inmovilismo político producto de una sola visión que impida la alternancia en su seno. 4) Los órganos de control de su vida interna. Éstos hacen factible el respeto y la garantía de los derechos humanos, así como la posibilidad de las sanciones para el caso de la violación a la estructura funcional y organizativa del partido. Se requiere que sean neutrales, capaces de conocer y resolver impugnaciones a las decisiones arbitrarias que pudieran tomar los órganos ejecutivos partidistas».

Cuando esto no se observa la consecuencia es la oligarquización, que no es más que la apropiación de las dirigencias por la onda grupera. Obviamente esto acarrea fricciones y rupturas entre la membresía, con el subsecuente debilitamiento de la institución. Apuntaba Maurice Duverger, el eminente politólogo, jurista y político francés, que los partidos políticos presentan algo así como las dos caras de Janos, una apariencia democrática versus una realidad oligárquica. Atrás el poder autocrático y por delante una fachada que opera como decorado democrático.

Es más, se llegan a formar verdaderos cacicazgos actuando por interpósitos, es decir, los jefes reales no son los que formalmente aparecen. Este «círculo interior» adquiere un poder enorme, suele ser el que «empuja» las candidaturas de quienes le son proclives, y desplaza a quienes no se cuadran.

Robert Michels, el eminente sociólogo alemán, desde el siglo pasado, ya hacía hincapié en que de las propias dirigencias electas democráticamente, surgen las oligarquías, y no tanto porque quieran quedarse en el poder ad perpetuam, sino por las enormes posibilidades de maniobra que pueden ejercer una vez llegados al cargo, por lo que la tendencia a la forma oligárquica es muy tentadora. A medida que se refuerzan van sustrayéndose de las reglas estatutarias y se convierten en un grupo cerrado que las aplica a modo. Esto incide negativamente en su vida interna y va mermando la democracia interpartidista. Los partidos anémicos de democracia interior tarde o temprano tienen un efecto negativo en la confianza de la ciudadanía, y esta les da la espalda. Cabe destacar, que aunque las elecciones internas para cambios de dirigencia o elección de candidatos sean formalmente democráticas y abiertas a la militancia, pueden corromperse con manipulación del voto directo a través de una instrumentación que impida a quienes no les sean favorables, ir a votar, y facilidades a sus incondicionales.

Los partidos políticos tradicionales ya han sentido el rigor del rechazo de los mexicanos, por ello es esencial hacer una reflexión profunda al respecto y decidir razonada y racionalmente un diagnóstico frío de su realidad actual. Confesarse sin tapujos sus fallas y sus flaquezas, reconocer los errores cometidos, entender que México ni siquiera es el mismo del año pasado, y que esta pandemia también va a mover el statu quo al que estaban acostumbrados, darse un baño profundo de humildad, empezando por pedir perdón a los mexicanos cuya confianza otorgada en las urnas, defraudaron, para iniciar el éxodo hacia una democracia sin adjetivos, como apuntaba Krauze, que nuestro país necesita a gritos.

Los partidos políticos por mandato constitucional están obligados a promover la participación de la ciudadanía en la vida pública de México, pero esto es muy difícil cuando se carece de autoridad moral para hacerlo. Son los hechos los que hablan, no los discursos, ni la oratoria, por más espléndida que esta sea. Ningún partido político es la panacea, pero todos son perfectibles. Todos, sin excepción. Los que hoy están en el poder deberían entender, por conveniencia propia, que la dependencia extrema de su dirigente máximo es uno de los problemas más severos que enfrentan… ¿Por qué? Porque es muy difícil que alcancen, bajo esa égida, su institucionalización como organización.

México hoy está viviendo un espejismo que alimenta todos los días Andrés Manuel López Obrador, y el precio que vamos a pagar por ello, creyentes y no creyentes de su liderazgo, va a ser muy alto. Se cierne sobre nosotros una hecatombe económica de pronóstico muy oscuro, y sin estructura que amaine la caída. Será un drama que el actual jefe del Ejecutivo no va a poder palear ni con su liderazgo carismático, ni con sus desplantes mañaneros, ni con sus descalificaciones al pasado, ni con la sorna con la que suele dirigirse a quienes no comparten sus puntos de vista.

Y es que el empobrecimiento colosal que se nos viene requiere de un plan de reformas que hagan sostenible a largo plazo el nivel de deuda pública que ya está adquiriendo su gobierno y cuyo pago corre por cuenta de las futuras generaciones, y que es fecha que no se tiene.

Tampoco se ha preparado para el desempleo masivo que va a la alza, y que no se resuelve con el reparto indiscriminado de asistencialismo electorero; en su visión cerrada de primero los pobres, está matando a los que generan recursos para que exista riqueza económica, es decir a la clase media.

Asimismo, sus ideas arcaicas, contrarias a la realidad del siglo que hoy discurre, le impiden concebir un país más ecologista, no dependiente ya de energías contaminantes y caras. Su incapacidad natural para reconocer lo que se hizo bien y para vislumbrar lo que sí tiene que cambiarse, nos va dejando a los mexicanos en el peor de los mundos.

Su famosa lucha contra la corrupción y la impunidad no ha pasado más que del discurso, porque está rodeado de verdaderos pillos con nombre y apellido, ha devuelto libertad con todo y bienes a personajetes podridos hasta el tuétano de sinvergüenzadas y pillerías, a más de licitaciones al margen de la ley y nepotismo y favoritismo desvergonzados.

Y la austeridad de la que tanto alardea, nada más existe en su diatriba. Y el mínimo que le debe el Estado a sus gobernados, que es garantizar la seguridad pública, pues nos va quedando claro que el «abrazos y no balazos», no es una frase hueca, es una perversa política pública cien por ciento implementada.

Y todo esto sumado, nos vuelve menos atractivos para la inversión que genera empleos, y con ello desarrollo y crecimiento social y económico.

Estamos ante un asfixiante ejercicio autoritario del poder por parte de un gobierno encabezado por uno de los personajes más arrogantes de la historia de nuestra democracia, que para acabarla de rematar, cuenta con la obediencia supina de una mayoría legislativa que se ha convertido en aliada y alcahueta de todos los abusos en que puede incurrir en el ejercicio de sus funciones políticas, jurídicas y administrativas.

Y la última de sus dispersiones, querer convertirse en «guardián para que se respete la libertad de los ciudadanos a elegir libremente a sus autoridades», confirma que de estadista no tiene ni un pelo. México le importa un rábano, México es solo el instrumento para satisfacer su ego desbordado y su cauda de complejos existenciales.

Y si el año próximo no salimos a votar en conciencia y como mexicanos, no tendremos cara para explicar nuestra irresponsabilidad y cobardía antes nuestros hijos y nietos.

 
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