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  Edición 642
  Quejas
 
Jaime Torres Mendoza
   
  Desde que participo en este medio de opinión, no he podido elevar mi número de lectores a los que habitualmente tengo: tres. Pero para mí está bien. Los tres son amigos y sostengo con ellos un constante intercambio de ideas.

Sin embargo, hoy quiero quejarme públicamente porque todo iba bien hasta que AMLO llegó al poder, pues son fieles seguidores de las ideas de ese personaje, aunque admitan, no sin dolor, que no siempre son acertadas.

Al parecer, mis amigos han encontrado en los contenidos de mis artículos, según el decir de ellos, una crítica desproporcionada, sin argumentos y de mala fe que, piensan ellos, resulta gratuita, innecesaria y dañina para la conciencia ciudadana.

Yo, naturalmente, no creo que sea así, pero como no es propósito perder su amistad, hoy no escribiré un artículo de esos que tanto incomodan a mis amigos. Me limitaré a quejarme, a la manera como me quejo a solas en el silencio de mi biblioteca y, permítanme, que por hoy me dirija sólo a ellos.

Mis estimados tres lectores y amigos: lamento mucho que hayan encontrado todo eso que dicen que hay en mis artículos. Quizá sea cierto, pero me hubiera gustado que, en efecto, el presidente no fuera igual que los que nos han gobernado en el pasado, y cuya canción tanto le gusta entonar frente a las cámaras durante las mañaneras.

Me hubiera gustado tener un presidente que, en la práctica de todos los días, fuera un verdadero interlocutor con todas las fuerzas políticas que integran la sociedad mexicana, capaz de dialogar con todos, buscando encontrar el justo medio para la solución de los problemas y no padecer a ese personaje beligerante que ve enemigos en todo aquello que se mueve y cuya sombra no coincide con el trazo de su propia sombra.

Me hubiera gustado tener un presidente ocupado por hacer de la justicia el sello más distintivo de todos sus afanes durante su gestión y no la venganza en contra de sus adversarios políticos del pasado utilizando como pretexto cuestiones de corrupción, robo, engaño; entiendo que gobernar es algo mucho mayor y con mejores causas que eso.

Me hubiera gustado tener un presidente que gastara sus energías en concebir, y luego ejercer, políticas públicas que desembocaran en el bien común y no a un jefe del Ejecutivo dedicado sólo a hacer clientismo político de la forma más grosera, superando, incluso, a la más grosera forma que practicaban los romanos en el auge de su imperio.

Me hubiera gustado tener un presidente que no militarizara el país porque eso me dice que, en efecto, el crimen organizado rebasó a las instituciones del Estado mexicano y sus políticas que sobre ese tema desplegó para contrarrestarlo. No me gusta eso porque significa en los hechos que sus políticas contra la violencia fueron un rotundo fracaso y ahora tiene que reconocer lo acertado de las políticas de quien él considera su acérrimo enemigo: don Felipe Calderón, y ahora él tiene que hacer lo mismo porque no le queda de otra.

Me hubiera gustado tener un presidente que no ejerciera el terrorismo fiscal para hacerse de recursos financieros que no veo canalizados en obra pública y social que no sea otra más que los «apoyos» otorgados a ciegas; debe haber otras formas para hacer que las leyes, en materia fiscal, se cumplan.

Me hubiera gustado tener un presidente responsable y respetuoso de la vida humana y que también se quedara en casa, que usara cubrebocas, como lo hicimos millones de mexicanos, para no mandar mensajes contrarios a sus propias disposiciones.

Me hubiera gustado tener un presidente que no le hubiera dado la espalda a los migrantes, que no se hiciera chiquito ante el presidente gringo, que saliera a atender las relaciones internacionales, que cumpliera sus promesas, que tuviera la jerarquía intelectual de reconocer que sí puede haber quien gane más que el presidente porque ¿si no, dónde queda el conocimiento?, que no vea una estantigua en todo lo que se mueva, queriendo perjudicar su transformación.

En fin, puras quejas, cierto, pero tengo muchos años a cuestas y más de medio siglo de agitada vida me han dado la visión de un México tremendamente desgarrado por una serie de luchas internas que reflejan los estirones que se dan los distintos poderes que se disputan la supremacía de un poder mayor e irracional.

En ese estira y afloja terrenal, el pueblo mexicano ha sido perseguido, minado, humillado y depredado hasta dejarlo en la más absoluta de las indefensiones. Y todo eso ha hecho que hoy estemos en trance de disolución debido a la anarquía y al derrumbe moral de los hombres y las instituciones en que se pretende cifrar su estabilidad y desarrollo.

Este catálogo de quejas son mis pensamientos más perturbadores, forjados durante las horas de estudio que paso en mi biblioteca; son mis pesadillas en mis noches de horror ante la desolación que percibo en el futuro de mi país.

No son acusaciones, porque nada puedo probar —y además, ¿para qué?: se prueban solas—. Pero tengo derecho a pensar lo que veo a diario, lo que enfrento a diario, lo que la calle me dice a diario, lo que el trabajo me grita a diario, lo que las formas de organización de la sociedad a la que pertenezco me comunican a diario.

Este es mi memorial privado, sólo mío, a nadie se lo impongo como una verdad que debieran tener todos, pero cabe la posibilidad de que esto, que es sólo pensamiento en mi cabeza y sueños malos en mis noches de pesadillas, pudiera ser la verdadera realidad.

Y los he enumerado para agradar a mis tres amigos lectores, para que no sigan viendo críticas gratuitas, negativas y de mala fe hacia un presidente que ellos ven con otros ojos. Públicamente les digo que respeto su percepción, aunque no la comparto.

Espero que ellos no encuentren en este artículo eso de que me acusan cada vez que aparece este medio de opinión. Lo que aquí he comunicado son sólo quejas dichas en silencio y en la soledad de una biblioteca encerrada entre cuatro paredes.

Que así conste.

 
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