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  Edición 642
  Es la salud lo que debemos cuidar
 
Esther Quintana Salinas
   
  Tengo tan presente esa frase de mi madre. Mi madre murió de ciento dos años y su muerte obedeció a su edad avanzada, como se dice coloquialmente, mi Rosario murió de vieja, igual que sus tías, las hermanas de su padre, 110, 106 y 104, mi abuelo fue quien falleció más «joven», de 98… Y esto viene a colación por este mal que ahora abate a la humanidad del siglo XXI. Está sirviendo la COVID-19 para recordarnos algunas verdades de ayer que siguen teniendo vigencia.

La alimentación quiere decir mucho, cuando de ser saludable se trata. Esta servidora suya, mientras viví con mi madre, comí muy sano, ya cuando salí de su jurisdicción empecé a comer porquerías que para lo que me «sirvieron» fue para engordar y generarme alergias.

En casa de mi madre nunca comí ni embutidos, ni enlatados, ni carne de puerco, ni refrescos embotellados, no tomé agua de garrafón pero sí escrupulosamente hervida, ni harinas blancas, huevos cada Corpus y San Juan, como decía mi tía Tinita, la comida en general con casi nada de grasa, los dulces no eran parte de mi dieta, salvo el arroz con leche y la calabaza con piloncillo que le quedaban exquisitos a mi mamá. Pescado y pollo —el pescado recién sacado del mar y los pollos de rancho engordados con maíz de milpa, y no más— eran la comida fuerte, eventualmente bistecs, leche bronca bien hervida, mangos, plátanos, papaya, caimitos, sandía, guanábana, coco y agua de coco, marañonas, zapote, chicozapote, naranjas, limones… en fin, la ricura del trópico hecha fruta y muchas verduras. Todos los días iba mi madre al mercado, comíamos fresco, en el congelador del refrigerador solo había hielo. Fui muy afortunada, como muchos otros de mi generación. No fui una niña enfermiza, y sin duda que no obstante los malos hábitos alimenticios que adquirí por mi cuenta y riesgo, algo de aquella alimentación sana me sigue dando para ser una persona sana. No tengo diabetes, no soy hipertensa, ni padezco cáncer.

Hoy día las tres principales causas de muerte en nuestro país tanto para hombres como para mujeres son las enfermedades del corazón, la diabetes mellitus y los tumores malignos. Lo ideal en estos tiempos sería que la salud pública dependiera menos de las medicinas, de la atención hospitalaria y de las cirugías y sí de la reserva inmunitaria de la sociedad, pero ésta no entra en el esquema. La fortaleza espontánea de los organismos vivos debiera ser nuestra principal defensa. Los gobiernos hoy día centran sus estrategias de salud pública en el mercado, según los cánones de éste la salud significa hospitalización, tratamientos paliativos, atención de urgencias y medicamentos. Confunden tratamiento de la enfermedad con salud.

Salud significa prevenir la enfermedad antes que poner todos los recursos para curarla. Salud es tomar medidas para mantenerla y reforzar el sistema inmunológico de las personas que están en contacto continuo con microbios, con virus, con bacterias, con gérmenes que producen las enfermedades. Un sistema de salud preventiva debiera ser prioritario en México. Y no me refiero únicamente a las vacunas, que han sido sin duda un avance importantísimo en este ámbito.

La salud es agua potable y aire limpio. ¿Qué estamos haciendo por ambos? Pues contaminarlos, estamos destruyendo esa reserva vital y tristemente con la complicidad de la propia autoridad. El vertido de desechos industriales sin tratamiento, la descarga de desechos municipales (aguas residuales) sin tratar también, el aumento en la temperatura del agua que ocasiona la disminución de oxígeno en su composición, la deforestación y erosión del suelo, el uso de pesticidas y fertilizantes y el arrojar desechos sólidos a los cuerpos de agua.

El agua tiene gran capacidad de establecer enlaces de hidrógeno con otras moléculas. Debido a esto puede diluir un gran número de sustancias por lo que es considerada el «disolvente universal». Esta característica hace que los contaminantes, principalmente los químicos que llegan a este recurso, por vertidos o arrastre, alteren en forma significativa su calidad… ¿Y?

Por otro lado, tocante a la del aire, la exposición de las personas a partículas PM2.5 –una serie de diminutos cuerpos sólidos o de gotitas de líquidos dispersos en la atmósfera– generadas a partir de algunas actividades humanas, como la quema de carbón para producir electricidad, causan enfermedades cardiovasculares, respiratorias y cáncer… ¿Y?

La salud es, en primerísimo lugar, la alimentación. ¿Por qué hoy se están tirando por la borda tantos siglos de régimen alimenticio sano? Fruto de la historia gastronómica de nuestros ancestros. Rica en recetas que no solo alimentaban el cuerpo sino que también servían para curarse los males cuando no había médicos, sino curanderas, y que fueron pasando de generación en generación, y de la que partió la industria farmacéutica de nuestros días. Si me enfermaba de las anginas mi madre me ponía en los pies unas plantillas de manteca de puerco con sal en hojas para tamal. Las purgas con aceite de oliva y magnesia eran consuetudinarias para los chiquillos de mi tiempo, nunca tuve un grano, ni barro alguno en mi cara durante la adolescencia. La manzanilla y el carbonato hacían maravillas con el estómago.

En cada región de nuestro país se consumía lo que se daba en el entorno. La gente sabía lo que se estaba comiendo. Hoy sabrá Dios qué tiene el pollo que llevamos a la mesa ¿esteroides? ¿Qué antibióticos les inyectan a las carnes? ¿Qué químicos les agregan a los enlatados para conservarlos? ¿Qué diantres es el azúcar que ya no es azúcar pero sabe a...? ¿Qué carajos son los cereales procesados por la industria? De niña yo sabía que estaba comiendo avena con canela… ¿Y hoy?

Como han cambiado las cosas. Antes le decían a uno sus padres que debía alimentarse para estar sano, ahora la alimentación se ha convertido en motivo de enfermedad, de diabetes, de males del corazón, de obesidad. A la par crece el consumo de complementos vitamínicos, de antiácidos, de pastillas para adelgazar y para todo género de males estomacales, respiratorios, etc., etc., etc.

Dicen que el coronavirus nació en China… ¿cómo? Que lo más probable es que salió de uno de esos mercados grandotes y sucios. Los chinos son un pueblo milenario ¿cómo es que antes sí supieron alimentarse y se multiplicaron hasta convertirse en una de las sociedades más pobladas del orbe? La salud está vinculada a la educación y al conocimiento y por supuesto a la higiene. Y este trío, estos procesos están importantemente vinculados a las tradiciones aprendidas en casa, al respeto a las mismas, al medio en que se mueven las personas, a los espacios públicos, a las vendimias en la calle —tan afectos que somos los mexicanos—, a las costumbres alimentarias, a las condiciones laborales.

Y es que más allá de que el aire que respiremos sea limpio, potable el agua, la alimentación sana, sin que esto signifique que sea costosa, de que la educación sea de calidad, también se requiere para que la gente esté sana y echada para adelante, que tenga un modo digno de ganarse la vida. Y es que el no tener empleo, el carecer de ingresos que te permitan vivir acorde a tu jerarquía de persona, genera un ambiente de discordia, de inseguridad, de angustia para quien lo padece, y este estado anímico es fuente de enfermedades reales o imaginarias que congestiona las salas de urgencia de los hospitales.

Un gobierno que no cuida esta armonización difícilmente puede darle a la sociedad que dirige un entorno sereno, una vida comunitaria vinculada por la cordialidad, la solidaridad y la ansiada confianza que un pueblo espera tener en sus gobernantes. Y los resultados son absolutamente adversos a la generación de un bienestar generalizado, tan importante para que una nación sea exitosa.

Hoy, de cara a esta pandemia del siglo XXI, lo que va a salvar al mundo, más allá de la entrega heroica de ese cuerpo de médicos, enfermeras y todo el personal que labora en los hospitales, será la inmunidad que desarrollemos los seres humanos y el acervo de la cultura ancestral de quienes estuvieron antes que nosotros para enfrentar las crisis de su tiempo.

Fortalecer la inmunidad debe convertirse para los gobiernos actuales en una política de salud pública sine qua non. Los expertos ya lo han dicho, vendrán más virus, y es mejor e inteligente que estemos preparados y que las generaciones que vendrán después aprendan la lección. Le hemos faltado al respeto al medio ambiente, lo hemos dañado de todas las formas posibles y hoy nos está contestando. Nos está recordando que solo somos una parte más del Universo, perecederos e imperfectos. Nos vendría bien ir aprendiendo a ser humildes y estar conscientes de nuestra pequeñez y vulnerabilidad.

 
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