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  Edición 641
  ¿Dónde está la oposición que México necesita ahora?
 
Esther Quintana Salinas
   
  Hay un número muy importante de políticos en nuestro país que se han profesionalizado, sí, se han profesionalizado para convertirse en una plaga endémica. Les llevó tiempo llegar a este punto, pero vaya que han logrado perfeccionar su instinto depredador.

Son una especie que ni remotamente tiene entre sus prioridades servirle a la sociedad de donde salieron y que los eligió para ello. Ellos llegaron para servirse a sí mismos y la gente se acostumbró a esa rapiña descarada e impune, porque siempre están en el primer círculo de la inmundicia. No tienen empacho en brincar de un partido a otro, muchos de ellos. Saben «venderse» y el comprador los ubica en puestos «clave», incluso les «perdona» el pasado turbio que llevan como lastre y los «santifica», a otros (as) nada más les devuelve sus bienes… y como dice mi amiga Laurita ¿«pa» qué quieren más?

Hoy día, México está sometido a un régimen representado por un déspota al que eligieron treinta millones de compatriotas en 2018. Porfió durante 18 años para convertirse en presidente de la República hasta que lo consiguió y no ha habido candidato más votado que él. El hombre está convencido que es el redentor de nuestro país, que ha venido a salvarlo del infausto neoliberalismo y a instaurar un paraíso llamado comunismo, donde todos van a ser felices.

La corrupción que dijo vendría a erradicar, sigue viento en popa, ha aumentado. La inseguridad está llegando a niveles escalofriantes, ha tenido que recurrir al auxilio del ejército que tanto le criticó a Calderón por haberlo sacado a las calles a encargarse de una tarea que no le correspondía ni le sigue correspondiendo. Impuso por sus… una Guardia Nacional, que hasta ahora ha servido para exhibir su incompetencia —la de López— y es uno más de sus «arrebatos» cotidianos. Hizo polvo la única posibilidad que había de cambiar la mentalidad de millones de niños y jóvenes, echando abajo la reforma educativa. Pero todas las mañanas en su diatriba cansina, monótona hasta la saciedad, afirma que México es la sucursal del paraíso terrenal… y hay un montón de mexicanos que le creen.

¿La Cuarta Transformación?... Pues está del nabo… Cada vez estamos más lejos, los lastres del pasado no se desdibujan, sino todo lo contrario, se acentúan. Sigue sin aparecer en el marasmo de sus inconsistencias, mentiras y rapacerías, el estadista que México necesita para ser parte de un mundo que ni por asomo es el que él mantiene vivo en su cabeza. Cada vez le voy encontrando más similitudes con Nicolás Maduro, aunque algo me dice que él quisiera parecerse a Fidel o de perdida a Hugo…

¿Y la oposición, dónde está? Porque debiera haberla. Lo que hay son partidos políticos que no comulgan con Morena y su tlatoani, pero no se ven, dice Juan Pueblo, y mire que me duele hasta el alma expresarlo, yo pertenezco a uno de ellos.

Me eché un clavado a Venezuela, por aquello de que ellos tienen a su dictador y es fecha que no lo mueven, primero a Chávez y ahora a Maduro. La historia de ellos está así: Venezuela tiene, según sus registros electorales, 52 partidos políticos, la mayoría de ellos contrarios al gobierno. Algunos son de larga data, como Acción Democrática (AD), Unión Republicana Democrática (URD) y COPEI, los tres fueron los artífices de la democracia en 1958 tras la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, hoy día están muy desintegrados.

A muchos venezolanos es factible que cuando nombran a sus fundadores no sepan ni de quién se trata: Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera. Y no está mejor Movimiento al Socialismo (MAS) y su fundador, Teodoro Petkoff, aunque su actuación fue posterior a la de los tres tradicionales. El MAS al principio estuvo apoyando a Chávez, y le retiró el respaldo en su reelección del 2000, y al pasar a la oposición se dividió.

La misma suerte han corrido los demás partidos opositores. Intentaron trazar una estrategia común en la llamada Mesa de Unidad Democrática (MUD), pero al fallar se dividieron, primero en dos grupos y luego en tres, sin encontrar una alternativa para enfrentársele con éxito al Partido Socialista Unificado de Venezuela, puntal del gobierno.

Y lo mismo ha venido pasando con otros partidos políticos que se proclaman socialdemócratas, como AD y Un Nuevo Tiempo (UNT), o socialistas como Causa Radical (Causa R), de centro como Primero Justicia (PJ) y de derecha como Voluntad Popular (VP). En semanas recientes se conformó una coalición bautizada como el G-4, constituida por los de mayor representación en la Asamblea Nacional: VP, AD, PJ y UNT. Pero tampoco funcionó, porque el sector más radical del antichavismo abrió una nueva fisura entre los partidos que antagonizan con Maduro. Su debilidad está expuesta, y tiene un nombre: falta de unidad. Es uno de los requisitos sine qua non para que la oposición se fortalezca y convoque a ir juntos contra un régimen dañino. Y también un liderazgo inteligente y honesto que aglutine las fuerzas en pro de un mismo objetivo aceptado por todos los aliados. Es lo que le ha faltado a Guaidó.

En un sistema democrático tener un gobierno malo es verdaderamente desventajoso, pero constituye lo mismo no contar con una oposición fuerte, organizada, propositiva, convincente, con liderazgos, que al margen de sus colores partidistas sepan conjugar en plural y transmitan con sus hechos la decisión de sacar a México adelante.

López Obrador lleva un año cinco meses en el gobierno, ha hecho y deshecho lo que le ha dado su regalada gana, con el viento a favor, dada su mayoría parlamentaria. Cuando se pierde una elección con los números que se perdió la presidencia de la República en 2018, la responsabilidad de los perdedores se quintuplica, tienen que revertir con inteligencia, con estrategia, con acciones ad hoc el desdén de la ciudadanía que los rechazó y cuidar la confianza de quienes sí se las dispensaron en las urnas. Y nadie dijo que esto fuera fácil, se necesitan cabeza y corazón… ah… y mucha humildad. El acuerdo genuino y las sumas de verdad entre opositores fue lo que le permitió a los chilenos acabar con la dictadura de Pinochet, en su momento.

La oposición que tanto desdeña y vilipendia con su lengua ladina, su cortedad de entendimiento y arrogancia desbordada, López Obrador, no debe ser echada a un lado, por la simple y llana razón de que las minorías también tienen derecho a voz y representación en nuestro país, y a manifestar desacuerdos e inconformidades respecto a la actuación del gobierno. Es cierto que la oposición incomoda al gobierno en turno, sobre todo a este tan proclive a solo darle cabida a su visión de país y manera de resolver los problemas que nos atañen a todos porque aquí vivimos. López Obrador se niega a entender que erradicar a la oposición como él pretende, es un atentado al régimen democrático que le permitió a él mismo llegar a la presidencia. Él mejor que nadie debiera comprender el daño que con su actitud de cerrazón y soberbia le está haciendo a la de por sí enteca democracia mexicana.

Pero la oposición tampoco está haciendo su parte como debiera y el costo va a ser muy alto para nuestro país. Si no convencen al electorado de que son opción para el 2021 la gente no va a salir a votar y Morena volverá a ganar de calle la mayoría en la Cámara de Diputados federal, y eso coadyuvará para llevar a México, como es el objetivo del actual gobierno, a un régimen despreciable como el que hoy lacera a Venezuela.

México hoy, como nunca, necesita de líderes que tengan la capacidad de homologar fuerzas interpartidistas y ponerle un contrapeso a López Obrador, desde el Congreso de la Unión, gubernaturas, legislaturas locales y municipios.

La oposición partidista tiene que demostrar en los hechos que es capaz, a través de sus legisladores de ejercer sus facultades de control y revisión de leyes y actos gubernamentales, de comunicar a través de éstos, de gobernadores y alcaldes, de manera sencilla, con peras y manzanas, a la ciudadanía, propuestas viables que conduzcan a la realización de un bienestar generalizado, y también esforzarse por ofrecerle al electorado liderazgos frescos con formación partidista y sobre todo con conocimientos de la realidad del México del siglo XXI.

Están surgiendo fuerzas desde la sociedad civil, esperemos que sean para fortalecer a nuestra democracia, no catapulta para liderazgos mezquinos y manipuladores, porque de esos hay por centenas en México, y ya sabemos cómo se las gastan para desgraciar cuanto tocan y hacerse groseramente ricos a costa de la miseria y la marginación de millones de mexicanos a los que siempre les ha tocado ver el sol por una rendija. Es tiempo de que los mexicanos dejen de pensar que la política es sólo asunto de los políticos. México es de todos.

 
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