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  Edición 641
  El fuego prometido
 
Marcos Durán
   
  Desde el principio de los tiempos, los seres humanos hemos luchado contra la ignorancia, esa sombra que ante la falta de luz se niega a desaparecer. La ignorancia ha sido la causa de que por siglos nos hayamos devorado y que nos prohíbe superar los dogmas, las religiones y los terribles males que nos separan como especie. Ha sido gracias a la ignorancia, que nos hemos matado por cosas tan absurdas como el intentar imponer un dios o una ideología sobre otra, o por estupideces como el color de piel.

Para el autor de la novela La última tentación de Cristo, el escritor griego Nikos Kazantzakis, no deberíamos amar a los hombres sino a la «llama que transforma en fuego a esa paja húmeda, inquieta, ridícula, a la que llamamos Humanidad».

Esa llama, que es el conocimiento, ha luchado desde tiempos inmemoriales contra la ignorancia. Prometeo intentó hacerlo y su castigo fue brutal. El pintor español Gregorio Martínez lo describe en un cuadro exhibido en el Museo del Prado y que tiene una belleza aterradora. El artista pintó a «Prometeo encadenado» padeciendo eternamente el castigo de Zeus: un águila devorándole las entrañas. Era el castigo que el Olimpo creía como el adecuado para aquel que osaba con levantar el velo en los hombres.

Prometeo nos amaba pues él mismo nos había esculpido haciéndonos barro y diseñándonos en posición erecta para que pudiéramos mirar a los dioses de frente. Prometeo pedía a Zeus que nos diera vida y este lo hizo de un soplo.

Los primeros hombres, vivieron, pero primitivos y salvajes. Sin ningún tipo de conocimientos, sufrían fríos y con frecuencia padecían hambre. Zeus (como todos los dioses) se mostraba satisfecho por esa condición pues ninguno alcanzaba a rivalizar con él. Prometeo le insistía en que los humanos tenían, a diferencia de los animales, las condiciones para progresar y con frecuencia decía a Zeus: «Que aprendan el secreto del fuego». El dios del Olimpo se negaba y respondía «Déjalos, ellos así son felices».

Fue entonces que el Titán comprendió que Zeus jamás cedería, condenándolos con esa decisión a vivir en la oscuridad. Decidió subir en secreto al monte Olimpo, lugar en donde el fuego ardía y lo robó para entregarlo a los hombres. Una vez con el fuego, éstos aprendieron metalurgia con lo que utilizaron los metales para cazar y defenderse. También les mostró las matemáticas, la astronomía, la arquitectura, el arte de la escritura, el tratamiento de los animales domésticos, la navegación, medicina, música, danza y todas las otras formas de arte.

La raza humana por fin empezaba a alejarse de la ignorancia desafiando así el terreno que se vuelve perfecto para los dioses. Amenazado, Zeus se da cuenta del engaño de Prometeo y le dice: «Me traicionaste, te prohibí que entregaras a los hombres el secreto del fuego».

Zeus tenía miedo de que algún día los hombres desafiaran su reinado basado, como en cualquier religión, en la ignorancia humana. Fue así que como castigo Prometeo fue encadenado por 30 mil años en una roca con un águila que se alimentaba de su hígado, pero como le volvía a crecer durante la noche, la tortura empezaba de nuevo. De acuerdo con la mitología griega, fue el poderoso Hércules el encargado de liberarlo, pero Zeus, insatisfecho con su venganza por «la traición de Prometeo», hizo sufrir más a los hombres.

Pero era tarde, el fuego se había propagado y todos los días la ciencia, la tecnología y la innovación siguen haciendo la diferencia en nuestras vidas, aprendiendo que el regalo del «fuego prometido» aunque a cuentagotas, nos ha permitido mejorar la vida apartándonos poco a poco de nuestro destino fatal y elevándonos, gracias a una pequeña chispa, a un nivel superior de imaginación y creatividad, dones que al principio estaban destinados exclusivamente a los dioses.

Y a pesar de que cada vez que nuestro conocimiento crece también lo hace la ignorancia, recordemos que para identificarla, para saber que es posible, que para saber que queda mucho por aprender, convendría recordar a Copérnico que hace más de 500 años afirmaba: «Para saber que sabemos lo que sabemos, y saber que no sabemos lo que no sabemos, hay que tener cierto conocimiento».

 
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