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  Edición 641
  Mundos en fusión
 
Eduardo Caccia
Twitter: @eduardo_caccia
   
  Quienes somos testigos vivenciales de estos tiempos de pandemia, también lo somos de una era de posibilidades. Nunca antes en la historia de la humanidad hubo tantas mentes tratando de encontrar caminos abiertos, nuevos caminos o inéditas formas de avanzar. Es una especie de época fusión donde aceleradamente se unen las realidades que hemos sido capaces de crear, en forma material o a través de la imaginación.

Las distintas etapas del progreso muestran que lo que se imagina puede crearse. La epopeya contada en «De la Tierra a la Luna» fue ciencia ficción hasta el año de 1969, cuando —de acuerdo con los periódicos de la época— el hombre «conquistó la Luna».

El coronavirus, omnipresente, revoluciona el paso del avance. Hablamos de un «mundo virtual» o «digital» como una realidad paralela, siendo que cada vez es más fuerte su influencia en lo que llamamos «mundo real». Estos «dos mundos» se fusionan para tener simplemente una realidad. Lo mismo podemos decir de la ciencia ficción y la ciencia.

Algo que ha puesto en jaque a los sistemas de seguridad sanitaria es la incapacidad para ver quién es portador asintomático. Esta invisibilidad es un arma formidable del enemigo; se revela hasta después de ciertos días o, incluso, no se manifiesta; mientras tanto, se multiplica en otros cuerpos.

La fragilidad del oponente, es decir, nosotros los humanos, es vivir en un estado de ignorancia, de aquí que una batalla fundamental, mientras se encuentra una vacuna de uso generalizado, son las pruebas para luego actuar en consecuencia. Necesitamos revelar lo invisible.

Otras enfermedades dan pistas inequívocas de su presencia, la naturaleza avisa en forma de manchas sospechosas, bubones, pústulas supurantes, heces anormales, vómito, esputos nauseabundos y excreciones no habituales. Se trata de advertencias que provocan asco, alarma, para que el sano no se acerque y el enfermo actúe. Del mismo modo experimentamos repugnancia al sentir las seis patas de una cucaracha caminándonos por el cuello.

En el caso del SARS-CoV-2, los avisos llegan demasiado tarde, somos, sin saberlo, un caballo de Troya. Esta aparente normalidad, avanzada silenciosa del virus, facilita su propagación.

Dos gigantes tecnológicos —hace poco antagónicos—, Apple y Google, trabajan de la mano para darle visibilidad al villano. A través del llamado «rastreo de contacto» muy pronto tendremos la posibilidad de saber si estuvimos cerca de alguien con COVID-19.

Nuestros teléfonos inteligentes serán la clave al detectar, vía bluetooth, la inmediatez de otros celulares. Un registro —que promete ser encriptado y confidencial— guardará el historial de nuestras proximidades, de modo que cuando una persona resulte contagiada, el sistema nos notificará que «alguien» con quien tuvimos proximidad los últimos 14 días dio positivo.

Esta forma de revelar lo hasta hoy invisible implica que haya pruebas adecuadas disponibles y que la persona infectada notifique de su enfermedad —creo que el mismo sistema detectará el dato y lo difundirá—.

Entramos, sin duda, a otra fusión de mundos, se borra el umbral privado para mezclarse con lo público. ¿Implicará esta transparencia la posibilidad de una ansiada revolución moral de la sociedad?, ¿el ser transparente es la posibilidad de un mejor ser humano?

Hace no mucho di cuenta de un episodio de la serie distópica «Black Mirror» donde las personas viven con un artefacto, especie de memoria externa USB, en la que queda registrado todo lo que viven, de manera que pueden proyectar, en su mente o en una pantalla, la repetición de sus vivencias. De la misma forma, las autoridades examinan los contactos recientes de uno, para saber si tuvimos proximidad con algún sospechoso o delincuente.

Este tipo de vida orwelliana está más cerca de lo que pensamos. El precio de la seguridad (física y sanitaria) parece ser nuestra privacidad. Un gran sistema, a modo del Gran Hermano, nos vigilará. En las manos correctas no causará problemas; inquieta, sin embargo, su uso para fines perversos.

Añoraremos un pasado idílico mientras aprendemos a usar el futuro. El ritmo del avance tecnológico es tan vertiginoso que junto al suspiro de la nostalgia habitará la exclamación por el asombro, mientras sentimos que un algoritmo nos persigue.

Fuente: Reforma

 
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