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  Edición 641
  Caminante no hay camino...
 
Abraham Álvarez Ramírez
   
  Aún tiembla con los motores, las muchachas y las flores, con Vivaldi y el Flamenco. Tiene de un niño la ternura y de un poeta la locura y aún sabe sonreír.

Tío Alberto

Joan Manuel Serrat

En la preparatoria, yo quería ser antropólogo, sociólogo, economista, psicólogo o abogado. Definitivamente —como todos los jóvenes pueriles a esa edad— me sentía distraído sobre a qué carajos me quería dedicar durante toda mi vida —hoy sé qué se supone, y eso es relativo—.

Siempre fui un niño, puberto y un joven un tanto reflexivo, en ocasiones quizá, hasta el grado de la timidez. Recuerdo mi primer semestre en la preparatoria Liceo Alberto del Canto. Escuela a la que, sutil y elegantemente, mi padre se oponía. Él quería que yo fuera estudiante del glorioso Ateneo Fuente —del que se enorgullece y yo también, y me halago y aprovecho: fue estudiante, presidente de la sociedad de alumnos e integrante de la comisión redactora del primer reglamento de la UAdeC—.

Me encontraba en uno de los recesos, el destino me acercó con un tal Raúl de la Peña. Él iba un año más arriba. Con la confianza que da cuando conoces a alguien por mucho tiempo, me pidió que lo acompañara después a un mandado en uno de los autos «Grand Marquis» color crema, como color cacahuate, de su padre. Ahí comenzó una gran amistad que no ha terminado. Platicamos y platicamos con muy buena empatía. Meses después de convivencia y de trajines, no sabía lo que me esperaba. Raúl me invita a comer a su casa y, conozco a su familia. Su madre, una excelente pintora y al «Don» Raúl de la Peña Flores.

Dicen algunas personas que de alguna manera estamos predestinados a conocer a ciertas personas para nunca alejarse. A pesar de las bifurcaciones, seremos espíritus que siempre nos encontraremos. Y creo que éste es un caso. Don Raúl de la Peña ya había influido —yo sin saberlo— en lo que yo quería estudiar: la Abogacía o la Licenciatura en Derecho, como le quieran llamar. Y es que resulta que aquel caballero fue notario público de mi abuelo. Mi abuelo, un viejo bragado, con cadencia curra, pero al final ranchera. Don Chema, entre sus pláticas conmigo de niño estaban los oficios y la estampa de Don Raúl de la Peña.

Sea también por la gran influencia humanista que he recibido de mis padres y por el carácter solidario fuerte de mis abuelos; pero el tipo de personajes como el «Caminante» inconscientemente se convirtieron en referente personal.

Jamás tuve largas charlas con Don Raúl; ciertamente hablé con él, pero poco. La calidad humana del personaje que me relataba mi abuelo Chema, la bondad de mi amigo Raúl y el corazón gigante de sus hermanas, en especial el de Ana «Nanis» —compañera de estudio y amiga mía— me orillaban a la estima y a la admiración por ese hombre. En resumen, fue el arquetipo de mi construcción mental de un verdadero abogado. Buena estampa, culto, honorable, humilde, solidario, recto y con un amor por las leyes y lo justo.

Por mi abuelo, también supe que fue notario muy joven, también supe que desde estudiante era muy diligente y proactivo por la sociedad. Preocupado por su natal Saltillo. Interesado por tenderle la mano al que menos tiene. No se sabe, pero yo le bauticé el «Notario de los pobres». Yo de pequeño iba con mi abuelo, hacíamos fila para que nos atendiera Don Raúl. A nadie le decía que no. Hace un par de semanas recordaba esto con un colega y le decía que en ocasiones parecía casa de gestión, pero principalmente yo sabía que ahí, aunque tuvieras poco, podías regularizar legalmente tus propiedades, pagando en cómodas mensualidades.

«Escalera al cielo» —Stairway to haven— del grupo Inglés Led Zepelin, fue una canción que salió a la luz en el año de 1971 en su disco Led Zepelin IV. Algunos dicen que esta canción habla de una mujer que consigue lo que quiere y hace lo que quiere sin medir las consecuencias. Lo cierto es que todo es relativo. Saquen sus conclusiones. A mí me gusta más la teoría de que la letra trata sobre el materialismo, sobre aquellos que creen que las posesiones pueden llevarnos a la salvación. A todo el que cree que todo lo que brilla es oro y que le sirve para comprar una escalera al cielo.

La escalera al cielo fue uno de tantos proyectos que Don Raúl dejó para la posteridad, desde un punto de vista solidario en el que todo es de todos, no para trascender de manera materialista. A pesar de sus muchos detractores, la escalera al cielo lleva a un paraje hermoso en contacto con la naturaleza. La gente la quiere y hay que aprovecharla, cuidarla y regalarle a su entorno árboles y cuidado, es pecata minuta.

Don Raúl de la Peña Flores, con su venia: «por ti balsea en re bemol. Agradecido el tibio sol, de este sueño que hiciste primavera. El vaso de mi juventud, yo lo levanto a tu salud. Rey del país del sueño y la quimera». Hasta ahora…

 
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