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  Salud vs. dinero
 
Edgar London
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  «No cambies salud por dinero», reza el dicho, pero en México no se cumple para nada. El gobierno ya empieza a levantar las restricciones propuestas por las autoridades sanitarias, a pesar de que la curva de contagios por coronavirus sigue en alza, al menos a nivel nacional. Todo parece indicar que las responsabilidades recaerán ahora en las 32 entidades federativas. Las cuales, según sus propias características y criterio de sus gobernantes, definirán las medidas a seguir. Algunas, evidentemente, serán más restrictivas que otras con respecto a las medidas de seguridad, lo cual, a la larga, no es otra cosa que un eufemismo para evitar decir que algunas serán más o menos mortales que otras.

Y sí. Habrá muchas más muertes. Nadie lo dude. Al momento de escribir estas líneas, el país ocupa el lugar 17 dentro del triste ranking de naciones con más personas afectadas y el cuarto puesto en toda Latinoamérica —lo superan únicamente Brasil, Perú y Chile—. En cuanto a la cantidad de fallecidos, la cifra, al menos hoy, asciende a siete mil 633, pero sin duda alguna, al momento que usted lea esta columna, esos números habrán cambiado y no para bien.

Un detalle a destacar, que la mayoría de los informadores oficiales han pasado por alto, quién sabe si de forma voluntaria o no: es importante medir el índice de mortalidad y compararlo con otras naciones. No sólo se trata de la cantidad de personas que pierden la vida a causa del virus, sino cuán propensos a morir están una vez que se infectan. Por ejemplo, según los datos más recientes a la fecha, Chile y México comparten un número similar de contagiados. Mientras el primero tiene 73 mil 997 casos, el segundo posee 71 mil 105. O sea, la nación sudamericana supera a México por dos mil 892 contagiados, pero allá han fallecido 761 personas, seis mil 872 menos que en México. La diferencia es abrumadora y resulta más que un llamado de atención, un bofetón al sistema de salud mexicano. ¿Por qué tantos decesos? ¿Lo podría explicar el doctor Hugo López-Gatell? En realidad, estoy convencido de que sí está capacitado para ello, pero ¿autorizado? Lo dudo mucho. El gobierno de López Obrador no puede ser evidenciado por su incapacidad para evitar que los enfermos por el COVID-19 terminen en un ataúd.

Sin embargo, démosle un repaso a la contraparte de este dilema. Plantar bandera en patio ajeno y afirmar categóricamente que se debe preservar la salud a toda costa y a cualquier precio no representa tampoco un camino que muchos estén dispuestos a seguir. Y, esta vez, no señalo a las autoridades sino a las personas que han visto mermados —o cortados de cuajo— sus ingresos y no encuentran cómo pagar sus servicios básicos ni tampoco hayan los recursos para alimentar a su familia.

Casi todos los que apoyan cuidarse en términos de salud, cueste lo que cueste, lo dicen porque, en esencia, no les cuesta o, mínimo, no les cuesta tanto. Quizás sus profesiones o negocios permitan laborar a distancia o poseen un fondo de ahorro lo suficientemente privilegiado como para sortear esta peligrosa etapa.

El problema son los otros. Y esos otros, huelga decirlo, conforman la mayoría. Aquellos que se quedaron sin empleo o tuvieron que firmar a regañadientes un acuerdo donde aceptan que se les rebaje el salario. Para ellos, la fórmula a discusión es otra muy distinta. No se trata, exclusivamente, de la pregunta ¿me arriesgo a salir y contagiarme? Sino de la cuestión ¿me arriesgo a salir y contagiarme o a quedarme y morir de inanición? No se trata de una hipérbole ni de ninguna otra figura retórica. El peligro está ahí. No podemos culpar a ciegas a quienes no cumplen con la disciplina establecida o no siguen al pie de la letra las prescripciones de los médicos. Nos guste o no. Entre la posibilidad de contraer una enfermedad o la seguridad de una muerte por hambruna, la solución a la ecuación cae por sí misma. Cuando el pellejo está en juego —y no sólo el propio, también el de nuestros hijos— las disposiciones oficiales, las inquietudes morales, la solidaridad y el respeto por la salud ajena quedan en un segundo plano. Es duro, quizás injusto, pero es real.

Se supone que el gobierno debiera paliar las consecuencias económicas de este mal. Y no sugiero que empiece a repartir dineros, aunque mínimo podría haber aplazado el cobro de impuestos y servicios. Del mismo modo, impedir, que las entidades privadas, especialmente, los mercados, catapulten a su antojo los precios. Las situaciones extremas se enfrentan con medidas extremas… y bien pensadas.

Nada de eso sucederá. Obrador ya dejó bien claro que no piensa echar a un lado los cobros porque luego, y cito, «la gente se acostumbra a no pagar». Con relación a los precios que se incrementan. Los crítica, sí, pero no mueve un dedo al respecto.

Así pues, este es el escenario que nos toca vivir. En parte, acaecido; en parte, impuesto. Y que nos quede bien claro: el vitoreado y polémico anuncio a la normalidad, no tendrá nada de normal. Eso es un hecho.

 
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